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Llevo 20 años como DJ pero para un señor cualquiera en Internet sigo siendo una chica a la que explicarle la industria

Marta Fierro, Eme Dj

Marta Fierro (Eme DJ)

14 de marzo de 2026 22:36 h

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Me llamo Marta, aunque llevo unos veinte años subiéndome a las cabinas de discotecas, eventos y festivales bajo el nombre de Eme DJ. Me dedico a poner música para que la gente baile y sienta cosas, sin mucho más misterio. También invierto bastante tiempo en hablar de la cara B de esta profesión: la salud mental, la precariedad de los que no salen en letras grandes en los carteles y mi proyecto Depresión en la Cabina en el que visibilizamos los problemas derivados de ser DJ y funcionamos como grupo de apoyo online. 

Hace unos días, un clip de 40 segundos extraído de una entrevista de dos horas en un podcast me convirtió en el blanco de las redes. En ese fragmento me atrevía a cuestionar el turbocapitalismo de los macrofestivales y decía que no me parecía normal que un cabeza de cartel cobrase medio millón de euros mientras la clase obrera de la noche cobra mal, tarde o en “exposición”.

Supongo que quienes llenaron la sección de comentarios con cientos de insultos esperaban que me hiciera pequeñita, que cerrara la boca o que pidiera perdón por existir. Ha pasado justo lo contrario: leerlos ha sido jodidamente terapéutico.

Lejos de hundirme, me han dado la razón. Han demostrado, punto por punto, todo lo que está podrido en esta industria y cómo reacciona una parte de la sociedad cuando una mujer toca el chiringuito de los privilegios y habla de dinero. No les jode tanto lo que dices; les jode que seas tú quien lo dice. Y para intentar callarte, usan siempre el mismo manual de instrucciones. 

El primer paso es de cajón:

“Esta tía no sabe ni lo que habla. Mira, el deejay funciona así...”.

He pinchado en festivales inmensos, he hecho warm-ups para artistas internacionales y conozco bien las cabinas de los antros más oscuros. Pero da igual. Para un señor aleatorio en Internet, sigo siendo “esta tía” a la que hay que explicarle cómo funciona la industria en la que lleva media vida partiéndose la espalda. La condescendencia es la herramienta favorita para anular la experiencia femenina. Necesitan bajarte a la categoría de alumna para poder sentirse cómodos y mantener su autoridad intacta.

Cuando ven que no pueden darte lecciones técnicas porque tienes más horas de vuelo que ellos, atacan al físico.

“Solo con verle la cara de bollo...” o “Valiente escombro habéis puesto ahí”.

Cuando una mujer plantea un argumento estructural sobre economía o cultura de club y se quedan sin herramientas intelectuales para rebatirlo, atacan el cuerpo. Si no encajas en la fantasía de la “DJ florero” con poca ropa, te castigan por atreverte a ocupar espacio visual y sonoro. Tu opinión no vale porque, para ellos, tú no eres un producto consumible. No estás ahí para adornar su fiesta, así que te conviertes en una diana.

Y por si fallan las dos primeras, siempre les queda la vieja confiable:

“No pagues tu frustración con los demás”.

Si un hombre critica el sistema, es un visionario, un líder, un punk. Si lo hace una mujer, es una resentida o envidiosa. Invalidar una queja legítima reduciéndola a un arrebato emocional o a “envidia” es gaslighting de manual. Les aterra tanto que cuestiones su mundo perfecto de DJs millonarios y ley de la oferta y la demanda que prefieren convencerse de que simplemente estás frustrada.

Leer todo esto me reafirma.

Pienso en las chicas que están empezando ahora. En las que a lo mejor sienten pánico a subir sus mezclas, a pinchar delante de la gente o a opinar por miedo a que las llamen “escombros” o las traten con esta condescendencia. Y se me quitan las ganas de callarme.

La pista de baile siempre nació como un espacio de resistencia y disidencia para los que no encajábamos. Defenderla significa aguantar el ruido de estos señores hasta que, poco a poco, dejen de tener público.

Me habéis dado la razón en todo. Yo sigo a lo mío. Nos vemos en la pista.

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