La montaña no es un producto
Sobre este blog
Íñigo Jáuregui Ezquibela es docente de profesión y antropólogo de vocación. El mayor legado que heredó de su padre fue la pasión por las montañas. Una pasión inmune al paso del tiempo y que revive cada vez que las visita o escribe sobre ellas y quienes las frecuentan o habitan.
Tal vez sea un iluso o tal vez un nostálgico. También cabe la posibilidad de que sea ambas cosas a la vez y, además, un vestigio o una víctima de las supuestas glorias del pasado. A pesar de todo ello, me resisto a aceptar que la montaña sea un producto, uno más en este mundo en el que casi todo puede comprarse o venderse. Es cierto que no debería confundir ni mis deseos ni mis convicciones con la realidad, pero, a pesar de ello, creo que todavía seguimos siendo muchos los que, como yo, pensamos que las montañas deberían permanecer ajenas a la mercantilización y monetización de las que están siendo objeto otros espacios naturales.
¿Cómo hemos llegado a esta situación? Aunque resulte difícil reconocerlo, es evidente que ninguno de nosotros es inocente, que todos los que nos definimos como montañeros hemos sido parte activa en un proceso que, en buena medida, está determinado por el sistema económico del que formamos parte y en el que nos hallamos felizmente instalados. Es inevitable. Los espacios y los deportes de montaña, al igual de lo que sucede con tantas y tantas otras cosas, son víctimas de una dinámica que se inició a mediados del siglo XIX y que no ha parado de crecer y expandirse desde entonces. Una dinámica determinada por la especulación, el consumismo, la iniciativa privada y la obtención de beneficios. A lo largo de todo ese tiempo, nuestra participación en este tinglado se ha materializado a través de la adquisición de prendas y material deportivo; la contratación de servicios especializados destinados a proporcionar alojamiento, transporte, manutención o asesoramiento; la compra de inmuebles; la demanda de más y mejores medios mecánicos o infraestructuras destinadas a facilitar el acceso a las cumbres o la difusión de las bondades de la actividad que realizamos y que, querámoslo o no, genera un efecto llamada.
La suma de esos y otros factores ha hecho que muchas montañas, sobre todo las más accesibles o más próximas a áreas de gran densidad demográfica, se hayan convertido en auténticos parques de aventura. Esta tendencia, que ha colonizado y no deja de extenderse por los Alpes, Pirineos, Cáucaso o Rocosas americanas es probable que no tarde en llegar a lugares que, por sus dificultades de acceso, parecían inmunes a ese virus desarrollista y depredador. En este sentido, la próxima frontera es probable que sea el Himalaya porque no solamente atesora un encanto/exotismo muy superior al de otras cordilleras, sino que, además, cuenta con una clientela potencial integrada por cientos de millones de indios y otros tantos millones de chinos.
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