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Sobre este blog

Íñigo Jáuregui Ezquibela es docente de profesión y antropólogo de vocación. El mayor legado que heredó de su padre fue la pasión por las montañas. Una pasión inmune al paso del tiempo y que revive cada vez que las visita o escribe sobre ellas y quienes las frecuentan o habitan.

El monte Athos

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Íñigo Jáuregui Ezquibela es docente de profesión y antropólogo de vocación. El mayor legado que heredó de su padre fue la pasión por las montañas. Una pasión inmune al paso del tiempo y que revive cada vez que las visita o escribe sobre ellas y quienes las frecuentan o habitan.

Antes de comenzar a describir las peculiaridades de este rincón del Mediterráneo, debemos aclarar dos cuestiones para que ningún lector se llame a engaño. La primera tiene que ver con el hecho de que el Monte Athos, o Monte Sagrado (Agion Oros), dista mucho de ser una meca o un destino montañero capaz de atraer la atención de los excursionistas y de los practicantes de este deporte. La segunda guarda relación con el nombre por el que es conocido en todo el mundo. En realidad, Athos es mucho más que una montaña griega del montón, es una península, una lengua de tierra próxima a Tesalónica de más de 300 kilómetros cuadrados de superficie que se adentra en las aguas del mar Egeo. Su relieve, coronado por el Ormos Vatopiedou y sus 2.033 metros, es tan abrupto y tortuoso que los accesos terrestres siempre han brillado por su ausencia si exceptuamos cuatro o cinco caminos sin asfaltar. De ahí que, desde siempre, las comunicaciones se hayan venido realizando por vía marítima, a través de los puertos de Uranopolis y Dafni.

La singularidad de este territorio no está relacionada con su escarpada geografía ni con una historia plagada de asedios y ataques por parte de los piratas sarracenos, berberiscos y turcos que frecuentaban sus costas. El Monte Athos es un lugar único en el planeta porque alberga una veintena de monasterios ortodoxos rodeados de almenas, torreones y murallas inexpugnables y porque en esta república monástica rige un tabú que afecta y excluye a todas las mujeres y, en general, a las hembras de cualquier especie. Las féminas, además de no ser bienvenidas y tener prohibido el acceso, deben mantenerse alejadas de sus límites territoriales respetando una distancia mínima de seguridad. Las infractoras, quienes osen acercarse a menos de 500 metros de sus costas o de su frontera terrestre se exponen a una condena que oscila entre los dos y los doce meses de prisión. La única excepción a esta regla la constituyen las gatas. Según los cerca de 2.000 monjes que residen en alguno de estos cenobios, las gatas fueron un don que Dios les otorgó con el propósito de controlar la población de roedores, un don al que no pueden renunciar.

Los defensores de este veto a las mujeres o avatón defienden la legitimidad de esta medida escudándose en un argumento. Afirman que los 335 km2 que integran esta jurisdicción son sagrados o forman parte del mismo y único monasterio masculino, por consiguiente, tienen todo el derecho del mundo a adoptar las mismas medidas que se toman en muchos otros conventos de Rusia, Georgia, Bulgaria, Serbia, Grecia o Rumanía en los que las mujeres son repudiadas. Este reglamento rebosante de misoginia, además de estar amparado por la constitución y las leyes griegas, roza lo absurdo porque el Monte Athos, la totalidad del mismo, está consagrado a la Virgen María o Theotokos. La devoción que los monjes sienten por la Virgen dista mucho de ser retórica. Es una devoción real que se expresa a través de los centenares de iconos, tallas, esculturas, bajorrelieves y frescos que decoran las iglesias y monasterios de esta institución teocrática y de la historia legendaria que trata de explicar sus orígenes. Según esta leyenda, tanto la Virgen como San Juan Evangelista decidieron emprender un viaje por mar con el fin de visitar a un amigo común que, por aquel entonces, residía en la isla de Chipre. Antes de alcanzar su destino, una tormenta les obligó a desembarcar en la costa este de esta península, muy cerca de un templo consagrado al dios Apolo. Al parecer, los genios paganos que poblaban la región convocaron a los habitantes de los alrededores para que acudieran a honrar a María y, tras obedecer, abandonaron sus viejas creencias convirtiéndose a la nueva fe. Impresionada por estos acontecimientos y por la belleza de sus paisajes, María rezó a Dios para que se la regalara. La respuesta del Todopoderoso fue, más o menos, la siguiente: “que este lugar sea tu patrimonio, tu jardín y tu paraíso, además de la salvación y el refugio de quienes buscan amparo”.

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