Vicios montañeros (I)
Sobre este blog
Íñigo Jáuregui Ezquibela es docente de profesión y antropólogo de vocación. El mayor legado que heredó de su padre fue la pasión por las montañas. Una pasión inmune al paso del tiempo y que revive cada vez que las visita o escribe sobre ellas y quienes las frecuentan o habitan.
Las montañas y los montañeros siempre parecen haber estado rodeados de un halo de virtud como si nada malo o malvado pudiera proceder de unas y de otros. Ignoramos a qué se debe este prejuicio, tal vez tenga alguna relación con la idea atávica que establece un fortísimo vínculo, una conexión inquebrantable entre las montañas, la santidad y lo sagrado o divino. Al margen de este tipo de especulaciones, albergamos serias dudas de que, desde el punto de vista moral, los alpinistas sean mejores o más virtuosos que los practicantes de otros deportes. Entre ellos también tiene que haber individuos malos, individuos capaces de cometer cualquier tipo de bajeza.
Los ejemplos de montañeros particularmente malvados son escasos o inexistentes. No porque no los haya habido, sino porque, al parecer, nadie se ha atrevido jamás a evaluar la catadura moral de los grandes nombres del alpinismo y la exploración. De entrada, parece que existe un acuerdo no escrito entre biógrafos y especialistas diseñado para soslayar esta clase de cuestiones. Obviamente se trata de asuntos íntimos, pantanosos o extremadamente personales que, además de pertenecer a la esfera privada, pueden ser objeto de interpretaciones diversas y contradictorias. Al fin y al cabo, ¿qué o quién nos capacita para juzgar el comportamiento de los demás, para emitir juicios, para condenar o absolver a nuestros semejantes?
Con todo, la historia nos revela la existencia de montañeros que han coqueteado con las fuerzas oscuras y las tinieblas a través del esoterismo, la magia negra, las sociedades secretas, la teosofía o el extremismo político. Los protagonistas de este artículo militaron, precisamente, en una o varias de estas categorías. Sus nombres son Aleister Crowley (Royal Leamington Spa, 1875 – Hastings, 1947) y Gulio o Julius Evola (Roma, 1898 – Roma, 1974).
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