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Espacio de opinión de La Palma Ahora

Esa blanca y ciega luz

Irene Suárez Cortés

Genio se resiente.

Se estira el gato en su butaca, hebras se desprenden de su pelaje. A punto de que la gravedad decida emprender la misión de hacer que se mantengan en el espacio, suspendidos entre su propietario y el suelo helado, la gravedad se cansa y los deja caer lentamente.

-¿Porque al final de un camino inacabado con niebla arbitraria y siempre venida del este recojo las partes que un día me parecieron geniales pero ridículas ahora las empujo al fondo del armario en cajones de costillas donde se acumula el polvo que no sopló en invierno?

Con el paso del tiempo nada parece lo suficientemente relevante como para quedarse unos meses más, un poco más... Miro cómo el carácter del ignorante inteligente se levanta de su silla de plástico, sin tambalearse, sin derramar lágrimas por el desastre venidero que cambiará todo y grita algo sobre que merecía más nota, que había hecho la media de sus exámenes y le había salido otra calificación mucho más alta. Qué estúpido, qué idiotas. Desde una esquina Literatura escupe en el suelo y luego ríe. Giro la cabeza para ver cómo sus palabras se deslizan entre sus dientes puntiagudos y su lengua, Sibila de su alma encadenada que transcribe en sonidos lo que canta, serpentea entre sus piezas de marfil. Sé lo que le hace tanta gracia.

Desde mi propia silla de plástico gastado por el tiempo y el espacio que nos estruja cada vez más, que nos hace más pequeños.

“Nada tiene sentido. Nada importa. Estás condenado al fracaso. Lo he repetido tantas veces...” Me lamento. Vuelvo a tirar de mi cabeza como si mi cuerpo de trapo fuera literal. Arranco pellejo viejo. Genio dice tanto y yo casi no puedo seguirlo. Es un juez y yo tomo notas de manera enfermiza. Se me ha vuelto a soltar el mechón de pelo que nunca quiso ser de donde pertenecía. El corazón bombea a la misma velocidad que la consciencia se cuela entre mis categorías... Confundo mis bordes con los suyos; ya no sé donde termino yo y donde empieza el resto de mí, los otros reflejos...

Un crítico desde otra silla dos filas por detrás de mí, se queja que hay un hombre que solo escribe sobre la nostalgia de su pasado. Puede que sea de lo único que tenga que escribir, puede que su anamnesis florezca en forma de tulipán rojo en el sótano oscuro de su memoria incapaz de romper con el recuerdo, entre maletas destartaladas por los viajes del ayer y baúles enmohecidos del rocío de cada mañana.

“Se elije en el manicomio la droga que te prefieras pinchar, se coloca la aguja en una vena y se inyecta el líquido; obsesiones, ideas, monstruos, recuerdos, futuro, números, letras, historias... ¿A quién le importa? ¿A qué mundo le interesa lo suficiente?”

Mi voz retumba en la sala de luz blanca artificial. Los demás, absortos, miran al aire y a sus partículas buscando... perdidos.

Un hombre le pregunta a un poeta cuánto es el precio por su sensibilidad mientras acaricia la cartera repleta de billetes. El poeta responde y accede al intercambio. Decide empaquetar en explicaciones y prólogos lo que sentía al hablar sobre el premio de la soledad, sobre la belleza de la muerte y lo hermosa que parece la idea a principios de septiembre, a comienzos de un final... Sobre el dolor de las agujas abriendo profundos y boqueantes huecos cutáneos, cuevas de delitos, de constituciones que por falta de acuerdo jamás llegaron a terminarse. Archivadas quedan las opciones correctas.

Bocas abiertas, fauces desplegadas, lamen el mundo en busca de pasiones que desgarrar y tragar. Sus pulmones necesitados se escabullen de los desiertos desangelados de las tripas deshidratadas. Los últimos suspiros acaban enterrados debajo de barcos encallados en arenas profundas de un mar gris... Absorben las bestias las últimas gotas de amor, dolor, pasión, placer, desolación, pérdida, amanecer.

Aparto la mirada.

Noto cómo el rojo se escabulle de mí, se desparrama creando grandes lagunas de líquido escarlata. Intento recogerlo, lo bebo y lamo como si fuera un perro sediento en una fuente. Llevo tanto tiempo bajo el terror de perderlo que mis labios ya no responden, y mi lengua cansada solo espera que las gotas caigan por sí solas... No hay más madrugadas. Genio ya no habla, y yo ya no tomo notas... Me quedé en medio de alguna pregunta pasada sobre la lactosa y un probable futuro en el que tenga que afirmar que pensar en positivo no es que vaya a salir bien. 

Al rey le pesa la corona. Sus ojos vendados y su cráneo cada vez con menos piel y más hueso me recuerdan a la decadencia de esta gran obra. El guión es bueno, el director también, y las actuaciones, inmejorables, ¿qué es lo que falla, entonces? Cuando el telón baja no hay suficientes tramoyistas para hacerlo subir de nuevo.

Seguimos sentados, esperando, mirando, aplaudiendo de vez en cuando. El rey deja resbalar su rifle, esa guerra perdida... la prostitución del arte... y aún así dice mi amor platónico que es la única posibilidad de trascendencia.

Escribo con tiza en el respaldo de mi silla que Genio me ha escupido y luego se ha marchado. Sé que volverá, pero esta indiferencia que crece, la nada absorbiéndolo todo de mí, pero de ti también.

Rugen de nuevo los leones. Dice Literatura que está cansada de estar de pie. “Siéntate en mis piernas, rompe mis rodillas bajo el peso de tu armadura, luego léeme algo que no haya escuchado antes  y déjame creer”. Mis ojos de pez se inyectan de sangre, más espesa, más lenta, más agotada...Se pelean los gusanos por una parcela de piel, el rey no puede recuperar sus dominios... el egoísmo pudre la tierra, mata la vida y el orgullo guarda sequías... 

-Perdónalos a ellos que conforman una humanidad decadente porque no saben lo que hacen. Llora la vieja.

Perdidos y abandonados a su suerte en los infiernos de la conciencia. Errantes condenados a buscar desesperados un reflejo que reconozcamos. Persiguiendo una blanca luz ciega.

 

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