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Salamanca

Nos han vuelto a servir garrafón a las tres de la mañana después de sellarnos la mano.

Me he despertado despeinada y me he parado en unas veinte mesas de pisos con pósters y notas, cubiertas con ceniceros llenos y botellas vacías.

Amanezco con calma en mi facultad.

Me he despistado del trabajo que había que entregar para mañana.

Me han dado sesenta consejos mientras me tomaba un café.

Después, unos años.

He vuelto a la residencia de Dan que ya tiene alguna que otra arruga, el calimocho de primero de carrera, Calixto y Melibea, la cerveza del Molly, ese camino que tiene María Auxiliadora bien recto hasta encontrar la mano de Boa Mistura y el calor de Javi.

He cruzado el camino cronológico del puente romano al parque de los Jesuitas.

He ido a los bares donde empezó todo, pero ahora tienen otro nombre.

Estoy en la Plaza Mayor, rodeada de chicos de 18 años que empiezan la universidad y tienen la edad de mi sobrino.

De mí en ese instante ya van ocho años y mil aprendizajes.

Cerca de los arcos del Ayuntamiento casi lloro, mientras me miran de reojo.

Este abrazo que te doy sí que suena a despedida.

Y vuelvo al ordenador con tu foto. De este despertar extraño que tienen a veces los domingos.

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