Contra el fascismo, las mayores cotas de soberanía
El pasado 20 de noviembre se cumplieron 50 años de la desaparición física del dictador. Ese medio siglo coincide con la añoranza de gente que no lo conoció y que tampoco sabe lo que es vivir sin democracia. Algo ha fallado en el sistema educativo o mediático si eso se está dando. Este desprecio a la democracia, por cierto, se refleja en los datos extraídos del Sociobarómetro Juvenil que la Fundación Canaria Tamaimos sacó a la luz hace unas semanas.
Es duro y difícil reconocerlo, pero estamos en un momento de retroceso. El 6 de diciembre la Constitución de 1978 cumplió 47 años. El debate hace una década era la necesidad de reformarla para avanzar en derechos y profundizar en el Estado de las Autonomías en el que Canarias entró con un Estatuto asimilable al de La Rioja, pero ahora el momento es de repliegue. Bloque bajo, como dirían los entendidos en el fútbol. Se diluyeron los tiempos de revisar aquel proceso de Transición (que no fue un cuento de hadas) para profundizar en los derechos democráticos y atender nuevas realidades sociales, económicas y territoriales. “Acabaremos saliendo a la calle a defender la Autonomía”, bromeaba con un amigo el otro día, en pleno proceso de revisionismo del franquismo y de dudas de la memoria democrática, los derechos LGTBIQ+, la igualdad de las mujeres y la sospecha continua al inmigrante.
Francisco Franco fue un dictador sanguinario y oportunista que sometió a la población a base de represión y propaganda, siempre dejando las migajitas económicas que ocultaban la miseria y la desigualdad. Esto es literal, bro (hablo con su idioma por si alguna persona joven llega hasta aquí). La Transición no fue tampoco un reparto de rosas. De sobra es conocida la matanza de los abogados laboralistas de Atocha el 24 de enero de 1977 por aquellos trasnochados franquistas que, al no haberse vigilado correctamente, ahora resurgen en comandos violentos y reaccionarios en sitios como Torre Pacheco o, sin ir más lejos, generando una alarma demostradamente falsa para acusar a un pibe marroquí de prender fuego a una joven.
No me quiero desviar demostrando lo evidente: este fascismo de nuevo cuño, aunque se vista de seda, es tan peligroso como aquel que se dio por enterrado a finales de los 70, con pequeños resurgimientos como el golpe del 23 de febrero de 1981 o el asesinato en noviembre de 1989 del diputado vasco, elegido democráticamente, Josu Muguruza. Eso ya lo sabemos y es perentorio poner los medios para atajarlo. Pero no se ataja sacando las banderas y los símbolos del sistema actual, como veo a cierta izquierda acomplejada y deseosa de mantener el statu quo. El sistema debe avanzar en muchos aspectos y no perder esa perspectiva de reforma latente desde hace décadas, con mucha fuerza con el surgimiento de la llamada nueva política en torno a 2015.
La Transición en Canarias fue sangrienta. Murieron asesinados el obrero Antonio González, en 1975, el joven militante Bartolomé García Lorenzo Tanausú, en 1976, o el joven estudiante Javier Fernández Quesada, en las escaleras de la Universidad de La Laguna el 12 de diciembre de 1978. Como símbolos de aquella represión, podemos enmarcar la muerte atropellada de Belén María en una manifestación portuaria en el año 1980. Y por supuesto, el intento de asesinato del líder independentista Antonio Cubillo Ferreira, en 1978, que había conseguido el reconocimiento como territorio no autónomo por parte de la OUA y ya se estaba fijando el calendario de descolonización de Canarias. Un caso, por cierto, reconocido como terrorismo de estado y ejercido durante el Gobierno de Adolfo Suárez, a quien ahora políticos canarios que se denominan nacionalistas, halagan en público y en privado.
Ya hablamos claramente de que Canarias entró en el Estado de las Autonomías con un Estatuto de segunda división (porque de Tercera no había), hecho que en más de 40 años no se ha paliado, ni siquiera con la última reforma. Canarias, casi por necesidad de supervivencia, requiere de una profundización en su autogobierno. Los tiempos son extraños porque nuestros récords turísticos y económicos no se traducen en bienestar de nuestro pueblo, la sobrepoblación no se puede paliar porque no existen los mecanismos de soberanía para ello, y la vivienda la acamparan personas fuereñas, mientras nuestra gente hace lo indecible por pagar alquileres abusivos. Los intereses de Canarias contravienen con mucho los del Estado y nuestra única forma de defensa es tener voz, no pedir permiso. Pero no para defender nuestro ínclito REF, el fetiche de este regionalismo cobardica, sino para ganar cuotas de autogobierno que garanticen que los canarios no seremos víctimas de un apartheid en nuestra propia tierra.
Si agitamos en la coctelera la Transición sangrienta, lo nefasto para los derechos sociales y nacionales de la mayoría de nuestro pueblo la posible presencia de la extrema derecha en espacios de poder, y la foto fija de nuestro presente actual, absolutamente tensionado, me niego a replegarme en bloque bajo y aplaudir una mayoría absoluta de Feijóo porque Abascal se quedó fuera del Ministerio del Interior. Cometeríamos un nuevo error histórico si no somos ambiciosos y ponemos sobre la mesa unas necesidades a las que llegamos tarde, pero que tenemos que abordar en toda su amplitud si queremos seguir existiendo como pueblo que decide. Que no me hablen de la enésima ruptura del canarismo, que no me cuenten las historias de los pactos que hicieron unos y otros para mantenerse en el machito, ninguna confluencia vale nada si no hay valentía para luchar contra el fascismo y el españolismo presionando en campo propio, tomando las llaves de nuestro futuro. Duden de esa izquierda que quiere combatir el fascismo de nuevo cuño simplemente para que todo quede así. A la gente, a Canarias, no le vale este sistema.
0