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TOMA DE TIERRA
El ruido como excusa para disputar los espacios de poder y el modelo de ciudad

Plaza de Santa Ana. Las Palmas de Gran Canaria.

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La calle es nuestra todavía, y por citar a Millares, pero no sabemos por cuánto tiempo. Al menos en aquellos distritos donde puede haber vecinos y vecinas, que, viviendo en zonas privilegiadas, pueden llegar a pensar que los espacios públicos también se pueden negociar. Sucedió en municipios como Telde, en sus zonas históricas San Juan y San Francisco y está pasando en Las Palmas de Gran Canaria en zonas como Triana, Vegueta o Guanarteme en aquellas calles donde el concepto barrio está en transformación por la expulsión de quien ya no puede pagar los disparatados alquileres, que asumen encantados extranjeros con sueldos de otra parte del mundo, debate de otra columna de opinión.

De modo que, podemos pensar que esta suerte de “vecinocracia”, cerrar locales por vía coercitiva amparándose en el derecho al descanso, derecho que existe, no va solamente de eso, sino del pulso que establecen los particulares para disponer de una determinada manera del espacio público.

Esta mañana nos despertábamos con la noticia de que Elena y Dácil han tenido que cerrar su galería de arte El Palmeral, porque un vecino las ha denunciado “por ruidos” - el ensordecedor ruido de un lienzo o una estructura- y supuestas fiestas, factores que nunca pudieron ser corroborados por la Policía Local que abrió un procedimiento administrativo. Más allá del debate superficial que esto tiene, cuánto poder puede tener un vecino o un grupo de vecinos, ya descrito por Henrik Ibsen en Un enemigo del pueblo, frente el derecho al arte, la cultura y la belleza, da pavor pensar en una generación que no va a tener referentes de espacios comunes compartidos fuera de aquellos dedicados al consumo. De la experiencia compartida del arte, del intercambio de impresiones tras una exposición grande o pequeña, de ensanchar el alma como dijo Robe y ser más que Homo sapiens sedentarios, ansiosos, que en sus días libres van al centro comercial a endeudarse a créditos con bancos que no tendrían ningún reparo en echarles de sus casas. La consecuencia de negar estos espacios, no es directa, pero ya ayer tuvimos que anunciar una legislación para restringir el uso de las rede sociales a los menores de 16 años, porque cada día se corrobora científicamente que funciona en el cerebro de todos como la droga más dura. ¿Qué accesos les estamos dejando? ¿De qué ejemplo hablamos? ¿Por dónde se va a desahogar la vida de la ciudad si no es a través de sus pequeños locales que apuestan por la cultura hecha en las islas?

Todo esto encuentra una paradoja abismal en el hecho de que políticamente sí se apuesta por el ruido en el carnaval, pero no encontrarán en esta columna una crítica a una fiesta del pueblo - que por cierto, a él debería volver íntegramente-, que además está estrechamente vinculada en las islas a factores como la identidad y el patrimonio, pero sí es interesante observar cómo en el Carnaval la medida política es más laxa en todos los sentidos, medida electoralmente, no se escatima en gastos, y si hay que traer a Maluma y escoltarle por la GC-1 adelantando a los trabajadores que se comen diariamente el atasco del sur al norte, se trae. Se asume el riesgo, el rédito es inmediato y popular.

Pero el precio por ignorar estas voces, voces pobres, pequeños empresarios que tuvieron el sueño de convertir un taller en una sala de conciertos y lo hicieron aunque se dejen la energía en mantener silencio en la puerta, grupos que debutan antes de tener caché, un recital de poesía en una plaza, que hace más falta que renovar el pavimento, será altísimo, y quizá, no lo sé, pero puede que estemos a tiempo, máxime si se quiere optar a la capitalidad cultural, de apostar por todas las ramificaciones de la cultura, todas necesarias, una cultura no elitista, espontánea, torpe, valiente, tierna. Necesitamos El Palmeral aunque no lo conozcamos, era importante para ensancharnos el alma que existiera y recordar que lo contrario al silencio, no siempre es ruido, en la gama de matices de en medio se nos pudre el arte.

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