El renacimiento de la Montaña del Cedro: historia de un éxito

Plantas protegidas por malla metálica en la Montaña del Cedro.

José J. Jiménez


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La Cañada de Las vacas asciende desde el camino de Cuermeja describiendo un zigzag de idas y vueltas con el que se gana altura con sorprendente facilidad. Cuando se llega a la Degollada de Peñón Bermejo, a casi 710 metros de altitud, se descubre un mundo nuevo. La Cuenca de Guguy, con sus 2.920 hectáreas, cubre el 1,59% de la superficie de toda Gran Canaria. Una porción pequeña y salvaje. Desde aquí, el terreno se desploma en barrancos que en pocos kilómetros llegan al mar a través de acantilados de vértigo. Este es un espacio marcado por el aislamiento y lo vertical. Siete montañas (siempre el número siete aparece en los lugares especiales) forman una auténtica muralla en forma de medialuna que separa Guguy del resto de la isla; del resto del mundo.

Guguy: ¿un Parque Nacional para Gran Canaria?

Guguy: ¿un Parque Nacional para Gran Canaria?

El camino hasta acá arriba es una auténtica clase de geología. Las tripas de Gran Canaria se muestran al aire en forma de depósitos de basalto, restos de antiguos volcanes y caprichosos diseños formados por columnas de piedra. El fenómeno se llama disyunción columnar y se ve por todas partes. En algunos lugares parecen las columnas de grandes catedrales; en otros lágrimas que caen de los techos de grandes cuevas; más allá hay verdaderos frisos kilométricos de flores de piedra… Una maravilla. La Montaña de Los Cedros es la cima de este complejo laberinto de arribas y abajos. Un lugar especial por varias razones. El más importante le viene por sus más de 1.000 metros de altitud. Aquí se enredan las nubes del alisio que descargan sus humedades. Aquí se recarga el acuífero que, por ejemplo, hace que Guguy Chico y Guguy Grande sean de los últimos barrancos grancanarios que corren durante casi todo el año.

“En El Cedro quedaban 42 árboles”, recuerda Isabel Nogales, bióloga del Cabildo de Gran Canaria y una de las responsables del milagro. Isabel se crió entre sachos, palas, mangueras de riego y plantones. Su padre, el mítico Juan Nogales, fue uno de los máximos responsables de la repoblación de las cumbres de la isla. “Mi padre restauró el pinar y a mí me tocó el bosque termófilo”, bromea. Nos habíamos quedado con el número 42. Esos eran los únicos cedros silvestres que quedaban en Gran Canaria. Todos concentrados en los andenes de la Montaña de Los Cedros. Hoy hay más de 1.100 y subiendo; y son sólo una mínima parte de los más de 20.000 árboles plantados que empiezan a convertirse ya en un bosque de entidad en las alturas de este picacho imponente. Almácigos, acebuches, sabinas, tajinastes negros, madroños, hasta laureles en las pequeñas zonas dónde las condiciones de humedad permiten recrear las condiciones de nuestra mítica laurisilva. “Aún no se puede hablar de bosques consolidados. No hay árboles de gran porte, pero sí plantas de metro y medio que gracias a los esfuerzos de los técnicos sobreviven a la presión de las cabras asilvestradas”, comenta.

Entre ese punto de partida y las más de 20.000 plantas de hoy pasaron ocho años, casi dos millones de euros de inversión (aún en curso a través de un proyecto ‘postlife’) y la combinación de dos palabras: Life Guguy. En 2013 se dio inicio a este proyecto cofinanciado por la Unión Europea, el Cabildo de Gran Canaria y el Gobierno de Canarias a través de la empresa pública Gesplan. Tras cuatro años de trabajo, el Gobierno insular ha decidido prorrogar los trabajos para consolidar y extender los logros obtenidos. Resultados que son, sencillamente, espectaculares. El elemento estrella de la actuación ha sido recuperar una población viable de cedros (se han instalado viveros en otras partes de la isla para introducir la especie en nuevos espacios) pero también ha servido para actuar de urgencia sobre las poblaciones de Drago de Gran Canaria, que se encuentra en un estado crítico previo a la extinción o para estudiar los beneficios de la instalación de captadores de niebla en los escenarios de repoblación. “Los objetivos se han podido materializar gracias a que contamos con un equipo humano fantástico: inmejorable”, indica la bióloga. Un grupo liderado por la propia Nogales y Marta Martínez, por parte del Cabildo Insular de Gran Canaria; Gustavo Viera, por la empresa pública Gesplan y José Naranjo, del Jardín Canario.

“Salpicaduras de biodiversidad”. La Montaña de Los Cedros es un auténtico reservorio de genética vegetal de primer nivel. Aquí se refugiaron esos cedros que formaron parte del antiguo bosque endémico de juniperus spp, un ecosistema dominado por la sabina y, en menor medida, el cedro pero con presencia de otras especies que mezclan árboles, arbustos y plantas de tres de los cuatro grandes ecosistemas de la isla: el pinar, el bosque termófilo y el Monteverde o Laurisilva. La actuación se centró en 41 hectáreas de difícil acceso de la Montaña de Los Cedros; apenas un 17% del hábitat potencial de este ‘bosque mixto’ que podría abarcar todo el corredor cumbrero que media entre Los Cedros y la Montaña de Los Horgazos y la cabecera de los barrancos de la Reserva Natural Especial de Guguy (en torno a las 250 hectáreas en total). La importancia ecológica de la zona es tal que se descubrió que cedros y almácigos, tras siglos de aislamiento, empiezan a contar con perfiles genéticos propios que empiezan a alejarlos de sus vecinos de otras islas y de la propia Gran Canaria. El índice de supervivencia de las nuevas plantas en esta ‘punta de lanza’ de la restauración medioambiental en la zona es del 59,28%.  En las dos especies dominantes, los números arrojan un 82,7% de éxito en el caso de los cedros (de aquellos 42 a 1.120 –se plantaron 1.298-) y 67,4% en el caso de las sabinas (3.707 supervivientes de 5.500 plantadas). El éxito es, sencillamente, brutal. Otro ejemplo es numéricamente más modesto, pero igual de importante. El Drago de Gran Canaria es un endemismo insular en riesgo extremo de extinción. Como prueba piloto se seleccionaron 22 ejemplares que se plantaron en la zona. Todos siguen ahí como un canto a la esperanza. 100% de supervivencia.

 “Life Guguy demuestra que sí se puede. Que tenemos muchos elementos en contra. Pero que sí se puede. Y todo ello con un esfuerzo económico mínimo. Si comparamos los costes de restauración ambiental con los de cualquier infraestructura mediana, estamos hablando de un chiste”, describe Francisco González, biólogo de la Consejería de Medio Ambiente del Cabildo de Gran Canaria y encargado de la propuesta técnica del Parque Nacional de Guguy. Según González, hay una realidad que se acentúa con el cambio climático: el 92% del suelo de Gran Canaria está en riesgo de desertización. “Y aquí vemos como unas acciones llevadas a cabo dentro del marco del proyecto Life empiezan a revertir ese proceso”. Esta primera experiencia en el espacio, asegura, servirá para futuras intervenciones cuando se consiga la declaración de parque nacional. Un futuro mucho más verde que el actual pronostican los promotores del proyecto. Todos los expertos coinciden en que esta parte de la isla reúne las condiciones para protagonizar un nuevo milagro como el que experimentaron los pinares cumbreros hace ya algunas décadas o el que está experimentando la laurisilva en la actualidad.

Todo es cuestión de fe, compromiso y tiempo. Pero los técnicos coinciden en que Guguy puede ser el escenario de una transformación radical del territorio para bien: un regreso a esos orígenes míticos que hablan de un auténtico vergel. “Esto toda la vida ha sido así”. La frase es uno de los muros que Life Guguy ha derribado. “Cuando planteamos este Life, los aldeanos decían que estábamos chalados al plantear la recuperación de bosques dentro de la reserva”, rememora Gustavo Viera, técnico de Gesplan y responsable de varios proyectos Life en Gran Canaria entre ellos el propio Life Guguy. “Dicen que esto toda la vida ha sido así y lo que hay que preguntar es quien hace esa observación; porque se pueden vivir 30, 50 o 100 años. Y la verdad es que cuando los castellanos llegaron a la isla, toda esta parte que hoy es la reserva estaba cubierta de bosques. Y el resultado del Life Guguy lo ha demostrado. Es posible recuperar la vegetación potencial de la isla y en relativamente poco tiempo”, expone Viera.

La cabra, la cabra…

La presencia de cabras asilvestradas en lugares como Guguy pone en riesgo su recuperación medioambiental. En eso coinciden todos los expertos y este Life es un ejemplo de ello. Tanto para lo bueno, como para lo malo. Y lo malo es que las cabras sigan ahí. Y ahí siguen unas doscientas (se han conseguido retirar unas 150 a lo largo de estos años). “Los juniperus (cedros y sabinas) casi habían desaparecido de Gran Canaria y se han puesto las bases para recuperarlos en una parte importante del territorio y recuperar linajes genéticos de muchas especies que estaban en peligro. Guguy se va a cubrir de bosques siempre que eliminemos las cabras de la ecuación”, observa Gustavo Viera. “En los parques nacionales se aborda este problema de forma mucho más tajante y  eso se ve en otros espacios en los que existe este mismo problema. Ahí si se actúa para controlar de manera efectiva a los herbívoros introducidos. Y está claro que este es gran talón de Aquiles de Guguy. Tenemos que trabajar socialmente porque lo que está claro es que no va a haber parque nacional si no ponemos el acento en este problema y le damos una solución”, explica el biólogo de Gesplan.

El vallado de una amplia zona de a Montaña de Los Cedros ha sido la clave que explica el éxito de las repoblaciones. “Y no sólo de las comunidades herbáceas y arbustivas sino de los propios árboles que estaban refugiados en el cantil”, comenta Francisco González. El biólogo del Cabildo grancanario señala que incluso en un ambiente sujeto a la combinación de aridez y bajas precipitaciones el Life Guguy “ha sido todo un éxito”. “Cuando cambias una pieza el paisaje cambia para mejor: y esa pieza ha sido impedir el acceso de las cabras”, señala.

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