La taberna

Un pantalán de 50 metros permitía el acceso al vapor Cabo Machichaco desde el muelle, donde los habituales del puerto iban y venían según sus oficios y los curiosos se detenían a observar las tareas de descarga del buque. A estos últimos el buen tiempo los sustraía de las calles que daban la espalda al mar. Existe un vértigo en el barco amarrado al puerto que excita la imaginación de los hombres de tierra: la nave que descansa antes de partir hacia lugares remotos es la huida, la aventura, la posibilidad irresistible de una vida nueva. He ahí el poder evocador del barco, piedra imán de los soñadores. 

Los marineros, que conocen el percal, saben que la realidad es mucho más incómoda y llevan escrito el desengaño en las pieles curtidas y los huesos reumáticos. 

Después de seis horas de trabajo los hombres del Machichaco suspiraban por las tabernas del puerto y sus alrededores, pero el primer oficial no parecía dispuesto a concederles el beneficio de una mesa con mantel mientras quedara una caja por descargar en las bodegas del buque. 

En una de aquellas tabernas, algo más angosta y antigua que las demás, donde solían ir a comer los prácticos del puerto y por afinidad los capitanes, oficiales y marineros de paso, servía las mesas una muchacha menuda que tenía unos ojos muy oscuros, en los que resultaba casi imposible distinguir el iris de la pupila, unos ojos que poseían la cualidad misteriosa de los espacios sin fondo. Se llamaba Marina y había pasado toda su vida en la media docena de calles que separaban el puerto de la catedral. Conocía su oficio desde los 14 años y cuando los marineros, sobreexcitados por la estancia en tierra y la bebida, formaban alboroto, a ella le bastaba su voz suave y su mirada, que hundía un peso en el corazón de los endemoniados para conjurar el peligro y los vasos rotos.

En la estancia mal iluminada donde se mezclaban los olores del serrín, los salazones y las ristras de ajos, Marina iba y venía diligente, capitana, piloto y grumete de su barco sin velamen. Trataba con la misma delicadeza cálida a los habituales y a los desconocidos. Toleraba al ciego que recitaba poemas por unas monedas y servía gaseosas a cuenta de la casa al boticario jubilado que leía los periódicos en voz alta.

En una de las mesas uno de los hombres, un práctico que se llamaba Zacarías Bustamante, contertulio frecuente y bebedor de licores franceses, alzó la mano para requerir la presencia de la muchacha que, conocedora del personaje, se llevó consigo la botella de Pernod Ricard. Después de una breve conversación anodina el práctico señaló al Machichaco, atracado en la distancia.

- ¿Ves ese vapor de allí, el que están descargando? 

- ¿Y no he de verlo? ¿Acaso no tengo ojos? 

- Pues es un barco de mal agüero y acabará mal. Igual o peor que el 'Cabo Mayor', que embarrancó ahí detrás hace siete años. Tú a lo mejor eres muy joven y no lo recuerdas, pero pertenecía a la misma compañía, hacía la misma ruta y era igualito que ese otro de ahí delante. Todo los hermana, hasta la maldición que los caza.  

Marina recordaba perfectamente el accidente del Cabo Mayor que, por una simetría caprichosa, fue a deshacerse, precisamente, en el mismo accidente geográfico del que había tomado su nombre. Era un vapor de dos palos, idéntico al Machichaco, fabricado como este en Newcastle y como este bautizado con un nombre francés, en este caso Lavrion. Venía de Bilbao y embarrancó a cuatro millas del faro en un día de niebla, con cuatro pasajeros que se salvaron y una carga que se perdió para siempre.

- Debe de llevar arriba de mil toneladas de carga y me juego el puesto, y no lo pierdo, a que ni siquiera una décima parte se ha declarado en forma a las autoridades. 

- Es la norma, no se haga usted sangre. 

- Bien lo sé, pero da la casualidad de que yo tengo la certeza, como la tienen muchos, de que ese buque bastardo carga dinamita. ¡Y ahí enfrente lo tienen como si lloviera! 

- Nunca pasa nada. Los barcos entran, cargan, descargan y zarpan. Así se hizo siempre. Y aquí seguimos. Y esas cosas del nombre, don Zacarías, son brujería de marineros. No me dirá usted que no serían estrafalarios unos buques vizcaínos con nombres de París…

- Pero hay unas reglas, chiquilla, unos procedimientos. Lo que ocurre es que todos se encogen de hombros. Trileros, eso es lo que son. Se comprende viendo el ejemplo de Madrid. Fíjate que dicen las malas lenguas que don Antonio Cánovas del Castillo conspira con los ingleses para entregarles los planos de la máquina de don Isaac Peral. 

- ¿Y qué máquina es esa?

- Un submarino. 

- Como el del capitán Nemo? Usted delira. No debería beber más. 

- Exacto, como el de la novela. Pero este es de verdad. ¿Tú te imaginas tener semejante cachivache en la Armada? Ir por debajo del agua y 'pum', hundir las fragatas a los franceses o a los americanos o a los pérfidos como quien le dice zape al gato? Pues el viejo puto prefiere regalárselo al enemigo. A partir de ahí, ¿a quién le importa lo que se declare o se deje de declarar en los puertos viendo cómo se comporta el Gobierno? A nadie le interesan las reglas, ni las formas, ni el fondo, ni el pliego de condiciones, ni el honor. Y ese barco, Marina, se irá un día a pique como se van a pique todos los barcos a los que se les usurpa el nombre, y nadie será responsable, como nadie fue responsable cuando se fue al guano el 'Cabo Mayor', porque esto nos hemos vuelto: luciferes, ángeles caídos. Es la molicie, que lo pudre todo…

Marina dejó la botella en la mesa del práctico, que no debía de tener muchos buques que maniobrar en lo que quedaba de día, a juzgar por el ritmo con que vaciaba los vasos, y salió a la calle para respirar el aire fresco que venía del mar y descalzarse. Había comenzado su turno casi a la misma hora en que los hombres del Machichaco se disponían a descargar el buque y todavía le quedaban por delante dos horas. Para entonces el dolor en los pies sería insoportable. Regresaría al día siguiente. Y al otro. A diferencia de los marineros que en aquellos momentos se afanaban en las bodegas y en la cubierta del vapor ella no dejaría la ciudad en la siguiente pleamar.

Volvió a la taberna al rebufo de dos desconocidos que entraron en la taberna al tiempo que ella se calzaba y se adentró en la penumbra de la cocina ignorando las voces y los gestos que la reclamaban desde las mesas. Se entretuvo bromeando con la cocinera, una viuda que pasaba de los 40 y no terminaba de decidirse a contraer segundas nupcias con un remendón viejísimo, vecino suyo, que la pretendía. En días así le gustaba retrasarse a propósito. Los años de experiencia le habían enseñado que el exceso de diligencia provoca insomnio, taquicardias y ralentiza el paso ya de por sí cansino del tiempo.

Cuando regresó al comedor dispuesta a lidiar con una tormenta de quejas encontró las mesas vacías. Se abrió paso hasta la calle haciendo uso de los codos, aprovechando su cuerpo menudo y escurridizo. Había quejas, lamentos, indignación, arrebato. Algunos hombres se persignaban.

El práctico Zacarías, tan pálido que parecía irradiar luz, como una luna llena, la sacó del tumulto.

- Es el barco condenado. Yo ya lo dije. 

Marina miró hacia el lugar donde permanecía atracado el Machichaco. Una humareda oscura se elevaba desde la cubierta y al menos una docena de hombres corrían por el pantalán en dirección al buque. 

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[La cronología de los acontecimientos, los nombres de los personajes y los hechos narrados en esta historia novelada son reales y el autor recrea las conversaciones y los detalles en este reportaje especial por el 130 aniversario de la explosión del vapor 'Cabo Machichaco' en Santander]