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Antonio Ontañón: la justa memoria de los vencidos

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Lo más normal es que si una se encuentra con Antonio Ontañón, tras el saludo de cortesía, este hombre grande, de voz grave y barba en ristre, lance un “a las aladas almas de las rosas/ del almendro de nata te requiero,/ que tenemos que hablar de muchas cosas,/ compañera del alma, compañera”. Y así, como quien no se da cuenta, Miguel Hernández participa de la conversación y de los anhelos de Antonio.

Un día como hoy Ontañón ya estará preparando su insignia con la bandera republicana para conmemorar el 14 de abril en el cementerio de Ciriego en Santander, donde lleva décadas acompañando y rescatando del olvido a las víctimas de la represión franquista que se agolpan en la inmensa fosa común en la que, de 100 en 100, los cuerpos ya tienen nombre aunque no consuelo. Pero la historia de Antonio empieza mucho antes.

Antonio Ontañón Toca nació el 25 de septiembre de 1934 —10 días antes de que los obreros de Cantabria se sumaran al intento revolucionario que cristalizó y fracasó en Asturias— en una casa situada en la travesía de la calle del Sol, en Santander. Creció en un entorno humilde junto a dos hermanas y un hermano, hijo de Federico Ontañón Velasco y Teresa Toca Diego, ambos panaderos de la panadería Hermosilla, en la calle Santa Lucía. A los cinco años, la familia se mudó a Canalejas, a una vivienda frente al conocido Cine Popular Victoria, donde la calle fue escuela y las pandillas, compañía.

Sus primeros años escolares los pasó entre el colegio de niños de San Martín y la escuela del Sardinero. Y entre 1946 y 1949, estudió y fue monaguillo en las escuelas gratuitas del Colegio de los Padres Escolapios donde tuvo una experiencia que le hizo “perder la fe” y apostatar en su adultez.

La Guerra Civil española marcó la infancia de Antonio, quien recuerda los bombardeos, las sirenas y las carreras hacia los refugios. En 1937, su padre solicitó la evacuación marítima al Frente Popular de Santander, buscando el exilio en Francia, pero no lograron embarcar. Esta experiencia, junto con las cicatrices que la guerra dejó en su familia, con miembros encarcelados o forzados al exilio, dejó una huella profunda en su entorno. 

En 1956, realizó el servicio militar durante año y medio en el Cuartel de Instrucción de Artillería de Costa, ubicado en Bilbao, en la estación de Dos Caminos, de Basauri, Vizcaya.

Profesionalmente, Antonio comenzó su carrera en la banca tras formarse brevemente como electricista en la Escuela de Artes y Oficios. A los 17 años aprobó los exámenes y comenzó a trabajar en el Banco de Bilbao (actual BBVA), donde desempeñó su vida laboral durante 40 años hasta prejubilarse a los 57 años. 

Su compromiso sindical fue notable; como secretario general de la UGT en Santander, lideró la primera huelga de la banca privada sucedida en Santander en 1979. También fue secretario general de UGT de Jubilados y participó activamente en CCOO. Su militancia obrera, en defensa de la libertad de huelga y los derechos sindicales, le llevó a repartir octavillas en su Vespa '20660' y a participar en diversas acciones que resultaron en varias detenciones a lo largo de los años.

Entre 1959 y finales de los años 70 su vida también se sostuvo en lo familiar: junto a Marta Peredo tuvo dos hijas y dos hijos. Durante este periodo, fue miembro activo de la Hermandad Obrera de Acción Católica (HOAC), una experiencia que le proporcionó formación para “actuar con conocimiento”. En los años 70, fue miembro activo de Amnistía Internacional, donde representó a la organización a nivel regional en la Comisión contra la Pena de Muerte.

También se presentó como candidato independiente a la Alcaldía de Santander por la ORT (Organización Revolucionaria de Trabajadores) y, en otra ocasión, integró una candidatura junto a J.R Saiz Viadero; sin embargo, sus propuestas no lograron materializarse en una victoria electoral.

Durante dos décadas y hasta hace unos meses, Antonio Ontañón ha presidido la Asociación Héroes de la República y la Libertad, dedicando su tiempo tras la jubilación a investigar y dar visibilidad “a las personas que sufrieron la represión franquista en Cantabria”. 

Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 víctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948. Su labor, centrada en “evitar que cientos de víctimas anónimas fueran olvidadas”, culminó en la publicación de 'Rescatados del olvido' en 2004, una obra clave en la memoria histórica de la comunidad. A lo largo de los años, Antonio continuó su labor investigadora, luchó por la financiación de monumentos conmemorativos e, incluso, utilizó su libro como prueba documental en el juicio ante el Tribunal Supremo con el juez Baltasar Garzón, donde denunciaba los crímenes franquistas. 

Ha logrado recuperar la identidad y memoria de 1.207 víctimas, entre ellos 850 fusilados en la tapia del cementerio de Ciriego, en Santander, cuyos restos fueron enterrados en fosas comunes entre 1937 y 1948

En 1980, participó en el movimiento colectivo de construcción de un trilito en Ciriego y, en 2001, erigió nueve monolitos con los nombres de casi 900 personas fusiladas. Posteriormente, erigió tres más en la manzana 52 del mismo cementerio. Así como un monolito en el pueblo de Polaciones, que fue destruido pocos días después de su inauguración. En 2021, donó documentación histórica a la Fundación Bruno Alonso, contribuyendo así a la preservación y divulgación de la memoria histórica en la comunidad.

En la primera década de los 2000, Ontañón Toca colaboró con Francisco Etxeberria Gabilondo, miembro de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, en la exhumación de fosas comunes, como la de Talledo (2005) y Caranceja (2009), aunque en esta última no se hallaron restos. Además, investigó la fosa en el cementerio de la finca Valdecilla, en Solares, donde dejó constancia de los nombres de las personas “paseadas” en una lápida conmemorativa. 

En 2005, la Asociación Manuel Azaña de Madrid reconoció la labor y el compromiso de Ontañón Toca con la memoria histórica al concederle el Premio a la Lealtad Republicana. A lo largo de su vida, participó en la lucha por la justicia social y estuvo en contacto con figuras clave como Ramón Peredo, Julio Vázquez y Felipe Matarranz. Así como destaca encuentros como el que tuvo con el escritor José Saramago, Dolores Ibárruri o Eulalio Ferrer.

La historia de España está por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de España por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todavía no se conoce, ni se ha hecho justicia

Al repasar su historia de vida concluye que se siente satisfecho al ver cómo su trabajo ha dejado un legado tangible, especialmente al recibir el agradecimiento de las personas que se han beneficiado de su dedicación. Como él mismo afirma: “He dedicado años de mi vida, lo he pasado mejor o peor, pero siempre tratando de ser consecuente con lo que creía”. Así se lo reconoció la Delegación del Gobierno de España en diciembre de 2024, cuando destacó su trabajo de investigación para identificar las fosas comunes en Cantabria o el homenaje que recibió de la asociación memorialista que lideró con motivo de su 90 cumpleaños.

A sus 91 años, Antonio destaca que hay una asignatura que sigue pendiente para la sociedad en la que habita: “La historia de España está por escribir porque hasta ahora la han escrito los que ganaron la Guerra. Falta escribir la historia de España por nosotros, por los vencidos. Falta por escribir... Porque la realidad todavía no se conoce, ni se ha hecho justicia”. Hoy vive frente al mar, entre el humor, las canciones en Bodegas Mazón y las poesías que regala porque, como él dice, debe hacerlo “por reciprocidad: dar y recibir, y porque es bello envejecer amando”.