Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
La polilla del abedul y la rana de Chernóbil
La polilla del abedul descansa en su corteza de día por lo que suele mimetizarse con el color claro del mismo. Un prodigio de la evolución. Pero durante la revolución industrial los árboles se tiñeron con la contaminación ambiental y se oscurecieron. El blanco de la polilla, delatada sobre un fondo negro, se volvió llamativo para los pájaros y solo aquellos caprichos de la genética -la polilla negra- se desarrollaron y sobrevivieron. La polilla blanca prácticamente se extinguió, un caso que es un modelo clásico de darwinismo en un contexto industrial, producto de lo que se ha llamado “melanismo industrial”.
En Chernóbil, Ucrania, en donde hay dos o tres eternidades pendientes de que la radioactividad se extinga, ha pasado otro fenómeno muy llamativo. La especie humana está fuera de la zona de exclusión, pero la interior ha sido colonizada por fauna de todo tipo, entre ellas, las ranas. Han pasado casi cuatro décadas desde el estallido del reactor nuclear y las ranas de Chernóbil ya son negras, no verdes. Antes de la catástrofe eran verdes pero solo 'evolucionaron' las rarezas genéticas: aquellas ranas con más capacidad de pigmentarse con melanina como escudo ante la radiación ionizante. Ahora son las dominantes.
El ambiente político de la sociedad también ha cambiado. Se ha vuelto radioactivo. Bannon, Trump, Orban, Brexit, autócratas de todo tipo... ese vendaval que amenaza con arramblar con todo lo que es democracia se expande por todo el mundo. Los partidos de la ultraderecha son la polilla del abedul negra, la rana no menos negra de Chernóbil, la expresión política de una sociedad enferma, la mutación de pigmentación oscura y ADN antidemocrático que eclosiona en ambientes tóxicos y que en circunstancias normales no serían más que una rareza de la naturaleza política.
Pero no vivimos tiempos de normalidad política. Vox ha disparado la intención de voto en el último barómetro del CIS. En este mes de julio, el PSOE alcanzaría el 27% de estimación de voto, mientras que el Partido Popular obtendría el 26,5%, Vox un 18,9%, Sumar el 7,8% y Podemos el 4,4%. De aquellos polvos, estos lodos. El fallo sistémico lo están pagando demócratas de todo el mundo y no será porque no se advirtiera.
Y, con una derecha convencional que compra el argumentario y el 'know how' ultra, tarde o temprano habrá que ver cómo se pinan los bolos de los derechos y el estado del bienestar cuando se produzca un viraje sustancial en el Gobierno de España, como ya ha ocurrido en el mapa autonómico. Es cuestión de tiempo y no hay que esperar que el Partido Popular sea el antídoto de una ultraderecha que ya concita el voto de uno de cada cinco electores.
El problema del PP es que, en vez de marcar un perfil de derecha plenamente democrática e intolerante con los desmanes, quiere ser como la polilla blanca que se hace pasar por negra para sobrevivir cuando el abedul está negro de tanto hollín. Nunca lo conseguirá.
En Cantabria, como en otros territorios, el crecimiento de Vox está limitado por el voto del PP. Con un PP fuerte, Vox tiene poco que rascar, pero si el PP se debilita -y puede debilitarse por abandonar cualquier atisbo de derecha racional intolerante con la corrupción y los discursos de odio-, el sucedáneo cede espacio al original. Es lo que tiene asustar el voto moderado, si es que todavía existe. Porque el problema es de fondo, es de electorado, y el electorado se va escorando hacia los márgenes antidemocráticos.
Pueden volver las polillas blancas y las ranas verdes, pero para ello se requiere abedules blancos y ausencia de un ambiente tóxico. Es robusteciendo la salud democrática de una sociedad como se reduce a la mínima expresión a los agentes que la agreden. Pero plantearse ahora un robustecimiento democrático con la que está cayendo suena tan ingenuo como organizar un pícnic en Chernóbil.