Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.
Lo que nos puede salvar en 2026
Nadie leerá esta tribuna. Quién lo haría en un día de resaca o de silencio, en una jornada de buenos deseos olvidados, en unas horas en las que lo único que resta es repetir gestos, comenzar propósitos que suelen agonizar antes de madurar, mirar hacia delante para que la historia que arrastramos no nos queme la vista.
Y es una lástima, porque en estas pocas palabras se contiene el germen de lo (im)posible: un despertar colectivo que ayude a re-humanizar lo que está profundamente deshumanizado.
Rasco en la realidad para detectar lo que nos puede salvar en 2026 de la indiferencia criminal en la que estamos instaladas. Lo hago porque me aturde esta mezcla de irresponsabilidad social y de individualismo patológico que nos arroja al lado más oscuro de la historia. Me cuesta digerir la desaparición forzada de Gaza y de las y los gazatíes de los medios de comunicación —lo que supone alimentar el genocidio en silencio, sin tan siquiera un ápice de indignación—, es difícil entender cómo medimos el ascenso de la ultraderecha en nuestro organismo en cuatro memes ramplones, es abrumador constatar cómo gastamos cientos de millones de euros en armamento mientras las vidas precarizadas se convierten en el paisaje habitual de nuestras calles.
Pero rascando me conmuevo. Lo hago al constatar la terquedad resistente de las gentes de Cabezón por Gaza y su incapacidad para quedarse en el sofá mientras la humanidad agoniza en el territorio colonizado y arrasado por Israel. No importa el pequeño lugar que habitamos en el mundo si en él sembramos dignidad. Me conmueve el activismo insistente de Interpueblos, la organización que, desde hace décadas, agita en las calles lo que nos queda de empatía humana con los pueblos oprimidos en el planeta.
Me conmueve que haya creadoras y creadores que, más allá de alimentar el ego ante el público o los micrófonos, sigan utilizando su voz, sus instrumentos, su arte, para señalizar los caminos más humanos que podemos y debemos transitar.
Rasco y encuentro a vecinas y vecinos organizados para evitar el avance de los polígonos eólicos o para tratar de contrarrestar la gentrificación y la turistificación. Y sueño que trascienden las luchas puntuales para aprovechar el impulso y construir comunidad al margen de los ritmos del dinero y sus miserias.
Sigo buscando y pongo el foco los centros comunitarios donde personas mayores de municipios mínimos hacen lo máximo por sostener la vida allá donde parece que muchas instituciones han renunciado a invertir en algo que no sea el turismo. También me alegra —siempre lo ha hecho— conocer a concejales y líderes locales que siguen trabajando generosamente por sus territorios al margen de la sucia y alta política que mancha la realidad y allana el camino a los que nos quieren imponer su moralidad.
Me alegra saber que al terminar este texto, lo enviaré a una redacción realmente independiente que lleva ya una década abriendo ventanas propias a la realidad cántabra para que corra el viento y se nos oxigenen las neuronas.
Y me gusta pensar que esta pequeña muestra de lo que nos puede salvar es solo germen, solo punto de arranque para un gran movimiento colectivo tan necesario como imprevisto, tan remolón como posible, tan utópico como probable.
Cierro 2025 con la espalda arqueada por el peso de su mochila de dolor, pero abro 2026 erguido por el rastreo de lo que nos puede salvar. Y repito una frase que suele ser mi antídoto ante el desaliento: que el devenir no condicione el porvenir. Salud y re-humanización.