Si no estás en la mesa, estás en el menú
Se atribuye a Voltaire este aforismo político: “Si no estás en la mesa, estás en el menú”. ¿Quién quiere ser el menú de los demás? Creo que nadie. Pero ser el menú es el triste y realista corolario a la negativa de uno a tomar decisiones, o mejor dicho y aplicado al tablero político, a negarse a negociar.
En el caso de Cantabria, este aforismo se puede aplicar a todo tipo negociaciones de calado con el Estado, pero sobre todo en dos casos: el modelo de financiación y la quita de la deuda.
Cantabria, al igual que otras comunidades del Partido Popular, no entra en negociaciones para la renovación de los criterios y cálculos de estas dos importantísimas cuestiones, que afectan a la financiación autonómica y al cálculo de los intereses de la deuda. Negociar es mucho más que plantear exigencias y dejarlo ahí, ya que por lo general las cosas no funcionan así. La renuncia a negociar es la aceptación tácita de convertirse en menú de otros que sí negocian, que sí se sientan a la mesa.
Renunciar a negociar, a cooperar, supone asumir el vergonzante papel de formar parte del menú en la mesa de los poderosos y perjudicarse a uno mismo, que es lo que por lo general suele acabar ocurriendo
Renunciar a acuerdos para erosionar políticamente al Partido Socialista, que gobierna en La Moncloa, como se está viendo, lo único que produce es el mantenimiento de los sistemas existentes y la inexistencia de mejoras, es decir, renunciar a sentarse la mesa para ser el menú.
Es cierto que, dadas las declaraciones del Ejecutivo central, las cosas quedan como están: el modelo vigente y los intereses de la deuda actuales son discrecionales: si quieres los coges, si no te quedas como estás. Pero independientemente de que debiera ser explicada esta renuncia a la defensa de los intereses cántabros, más allá del socorrido comodín de “cortina de humo de la corrupción sanchista”, la desigualdad entre autonomías irá a más (por la mejora financiera de aquellas que sí negocian) y con la incertidumbre de si un Gobierno del PP a nivel nacional mejoraría los modelos para pequeñas autonomías como Cantabria, en detrimento de pesos pesados como Valencia, Madrid o Andalucía, por ejemplo, con más población, más capacidad de presión y otros criterios que perjudicarán a Cantabria. Ponerse a negociar entonces, cuando uno se ha contentado a ser menú de los demás durante dos años, tal vez sea demasiado tarde.
Esto también tiene relación con otro concepto que se ha traspasado a la Teoría de Juegos: el dilema del prisionero. Dicho pedestremente, el dilema supone que dos prisioneros se perjudican a sí mismos si se niegan a cooperar. Renunciar a negociar, a cooperar, supone asumir el vergonzante papel de formar parte del menú en la mesa de los poderosos y perjudicarse a uno mismo, que es lo que por lo general suele acabar ocurriendo.