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Primera Página es la sección de opinión de eldiario.es Cantabria. En este espacio caben las opiniones y noticias de todos los ángulos y prismas de una sociedad compleja e interesante. Opinión, bien diferenciada de la información, para conocer las claves de un presente que está en continuo cambio.

Simplificando el lenguaje, complicando el mundo

Escultura de Marcelino Menéndez Pelayo en la biblioteca de la RAE.

Marcos Pereda

La Real Academia Española (la de la Lengua, que la de la Historia anda estos días a otras a cosas, bastante liada, ustedes ya saben...) es una institución que si peca de algo es de un cierto tufillo monolítico, poco amigo de las evoluciones. Que no es cosa que tenga que ser mala por sí misma, pero parece serlo cuando dicha institución reza como la conservadora y guardiana del correcto uso de un ser vivo como es la lengua. En otras palabras, el lenguaje muta, es dinámico, va siempre (afortunadamente) por delante de la norma, y si alguna crítica se le puede hacer a la RAE es el no haber tenido en ocasiones cintura para seguir dicha tendencia. Ojo, es una pega entre otras muchas virtudes, una de las cuales, y no la menos importante, es la de haber conservado cierto matiz de independencia aun en los momentos menos democráticos de España (que han sido, con excepciones, todos desde la creación de la Academia, hace más de 300 años).     

Vamos a remarcar algo que hemos dicho más arriba, porque de lo contrario el planteamiento quizá quede un poco difuso cuando entremos a fondo en él. La RAE se ocupa del lenguaje, y, como tal, tiene que recoger las inflexiones, usos y significados de dicha herramienta/regalo/arma. Dejo esto fijado para desmarcarnos de salida de ciertas polémicas estériles entre la Academia y algunos grupos sociales que vienen estrictamente por manejar diferentes idiomas. La RAE habla desde el punto de vista de la lingüística a ambos lados del Atlántico, y de esa forma es adecuado que incluya “gallego” como sinónimo de simple en ciertos sitios de América (estos días he estado leyendo una maravillosa novela del mexicano Guillermo Arriaga donde aparece frecuentemente “gallego” como insulto) o que diga que el género neutro (gramaticalmente idéntico al masculino) es suficientemente inclusivo como para incluir, valga la redundancia, a ambos sexos en su enunciado. Si los gallegos se sienten ofendidos por lo antes dispuesto o las mujeres piensan que un lenguaje más inclusivo es necesario para corregir irregularidades de género seguramente ambos colectivos tengan razón (no me cabe ninguna duda) pero, en realidad, apuntan mal la crítica cuando la dirigen a la RAE, sencillamente porque la institución y las asociaciones están hablando en distintos niveles. La una sobre el lenguaje, las otras sobre la sociedad. Y aunque influidas e influyentes, ambas realidades son distintas la una de la otra.

Hasta aquí el caramelo. Porque la RAE a veces también se rinde a presiones externas y deja algunas perlitas de las más delicadas chorradas en sus dictámenes y escritos. Esta semana se ha hecho público, por ejemplo, uno que recomienda a jueces y profesionales del Derecho el uso de un lenguaje “menos técnico y más claro” para hacer comprensibles a todo el mundo sentencias, autos y otros documentos en los procedimientos jurídicos. Y, ya ven, esto sí lo considero una sandez.

Nuevamente, empecemos por la aclaración. Algunos jueces y abogados escriben mal. Muy mal. Rematadamente mal. Entre otras cosas porque ese no es su trabajo. Es una virtud adicional, pero no un elemento decisivo, ni siquiera fundamental. No todo el mundo tiene la prosa florida, no cualquiera puede exponer los hechos de forma clara y con un cierto ritmo. Más aun, peor es cuando algunos jueces se ponen en plan Premio Nobel y empiezan a creerse literatos de categoría, enmarañando con metáforas sonrojantes sus reflexiones, y haciendo que el oscuro lenguaje jurídica acabe siendo totalmente opaco. Hasta en verso he visto yo sentencias. En verso. Joder.

Sentada esta base, hay que señalar dónde reside la estupidez de la recomendación de la RAE. Porque la tiene. Y gorda.

 La pega viene cuando se solicita que no se usen “expresiones netamente jurídicas” para hacer más comprensibles “las resoluciones”. Y claro, aquí se olvida que las expresiones jurídicas designan realidades jurídicas y que éstas, por lo tanto, vienen prescritas por aquellas, incluso en su misma existencia (sobre esto escribió bastante bien un chiflado del siglo XX que se llamaba Wittgenstein y que seguramente ya nadie conoce). O, por poner un ejemplo, que si se cita la “usucapión” no es por placer morboso en el lenguaje de los arcanos, sino porque dicha palabra acarrea un significado tan preciso, definido y marcado por su propia evolución histórico-normativa que resulta no la más adecuada para designar dicha realidad, sino, sencillamente, la única. Y si se obliga a un abogado a sustituir “usucapión” por la (presumiblemente) larga, farragosa y poco clara explicación de la figura jurídica realmente encerrada en esas nueve letras lo que vamos a conseguir no es un auto más diáfano, sino otro más largo e igual (o peor) en materia de claridad.

A nadie se le ocurriría pedir que un médico se expresase “claramente” renunciando a los términos propios de su profesión. Es más, seguramente se le tacharía de frívolo, de mal profesional. Pasaría lo mismo con un ingeniero, con un arquitecto. Hasta con el poeta a quien no se le exige explicar “con otras palabras” qué coño es eso de las aliteraciones o el hipérbaton. Cabe entender que el Derecho puede ser considerado, en cierta medida, una Ciencia más volcada en la sociedad que las otras citadas, y que, por lo tanto, debe de ser aprehendida por todos de una forma eficaz. Pero, en realidad, volvemos a hacernos trampas al solitario. Reducir la complejidad verbal jamás podrá rebajar la complejidad de las ideas. Al contrario, lo que estaremos haciendo es perder una parte de nuestro patrimonio común manteniendo el problema (si es que realmente existe tal problema) absolutamente inalterado. Y eso es algo que, parece, la RAE no ha terminado de comprender.

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