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Tiempos de interrupción

Puede que la interrupción que ha provocado el virus nos permita poner pie en pared contra esa “enfermedad de la prisa” que nos roba tanto.

España, el segundo país europeo con más casos de coronavirus tras Italia

España, el segundo país europeo con más casos de coronavirus tras Italia. EFE

Tal vez haya tenido que llegar el “distanciamiento social” que impone la lucha contra un virus sin vacuna para sentirnos más cerca. Tal vez haya tenido que ser un evento que nos muestra nuestra radical finitud y vulnerabilidad el que nos haga fuertes redescubriendo el placer de apoyar y ser apoyado. Tal vez hayan tenido que llegar tiempos de redoblar las medidas inmunitarias para sentirnos más comunidad. Tal vez haya tenido que llegar este parón para cuestionar el carácter patológico de nuestra prisa.

Ante la situación que se nos presenta hay muchas parejas de opciones, pero nos vamos a tener que aguantar y soportar lo que Silvia Rivera Cusicanqui llama lo ch’ixi: lo contradictorio, lo abigarrado, lo que no es blanco ni negro ni mestizo siquiera, sólo mezclado, formando un gris desigual. Nadie lo va a hacer del todo bien, a nadie con un mínimo de interés podremos acusarlo de todo mal. No hay una teoría de la conspiración que calme nuestra sed de certezas… sin que deje de haber conspiradores que se aprovechen. Es un mal que puede traer bienes… y otros males también. Es una interrupción que invita a pensar… pero también un shock que nos anega y desactiva, que nubla nuestra capacidad de reacción. Malos tiempos para quien quiere tenerlo todo claro, seguro, dominado. Vivir en los tiempos interesantes de los que hablaba la maldición china — “Ojalá te toque vivir tiempos interesantes”— tiene la particularidad de resistirse al cálculo y el control al que estamos tan mal acostumbradas. Hay que cabalgar la incertidumbre y ahora no es un “capricho de posmodernas”.

Y, sobre todo, toca esperar, estar mayormente quietas, tener paciencia. No hay tarjeta de crédito que pague ni servicio de mensajería que traiga de inmediato una solución. No hay coach ni corredor de bolsa —tanto monta, monta tanto— que consiga ofrecer “activos seguros” en los que refugiarse. Quisimos aceleración, crecimiento, productividad infinitos… y, ahora, contemplamos atónitos el cotidiano incremento de velocidad de expansión de una enfermedad para la que no tenemos vacuna, mientras tenemos que quedarnos, por toda respuesta, quietas en casa, aplaudiendo a un porcentaje mínimo de la población que hace lo básico por la supervivencia de todos y todas. Por fortuna, poco a poco, vamos encontrando cosas que aportar las demás: coser máscaras, hacer recados para quien no puede, imprimir respiradores… ¿Ya conocen la Red cántabra de apoyo mutuo? Tal vez sobren —a mí, sí— quienes quieren hacer de policías y jueces de balcón de personas que salen a la calle, a veces por una dolencia psiquiátrica o un motivo de peso excepcional. Y no digo esto porque se me escape que hay más idiotas —esto es, que sólo se ocupan de lo propio— de los que podemos permitirnos.

Como hay tantos vectores y lo que sobra —pero hace falta— es tiempo para pensarlos, me detendría hoy en este: la prisa. ¿Recordáis cómo éramos antes de la semana pasada? Acabar un trabajo, llegar a una cita, contestar los mails, recibir un paquete… hasta cambiar la sociedad: queríamos todo y lo queríamos ya, a golpe de tarjeta de crédito, de llamada telefónica, de chat con servicio al cliente, de firma en change.org. La prisa, una de las enfermedades clave del siglo. Si el XIX fue llamado “siglo largo” por todo lo ocurrido desde 1789 a 1914, y el XX, el siglo corto, por los eventos determinantes concentrados entre 1914 y 1987, el XXI podría ser llamado “el rápido”, y parece bastante probable que nos traiga, a distante golpe de clic y deslizamiento de pantalla, el arranque del colapso. Y en cambiar esto, hasta ahora, ha habido poca prisa o ninguna. Veremos en adelante, porque estamos comprobando que se pueden hacer cambios drásticos cuando hay voluntad política, y habrá que hacer algo con tal enseñanza. 

Vivimos —vivíamos— sin tiempo, teniéndolo. En 1975, los cardiólogos Friedman, Rosenman, Brand y Jenkins, detectaron la llamada “enfermedad de la prisa” —Hurry Sickness—: "un patrón de comportamiento caracterizado por una lucha continua y un intento incesante de lograr hacer más y más cosas en cada vez menos tiempo”. Hoy se puede decir que todos y todas somos susceptibles de este trastorno, de esta prisa patológica y su correspondiente servidumbre a la gratificación instantánea. Y sus efectos no son sólo psíquicos, no es sólo que produzca una constante infelicidad, frustración y malestar generales; son también biológicos, pues al parecer aumenta la producción de cortisol, que suprime el sistema inmunológico y se relaciona con enfermedades coronarias. No afirmo que al coronavirus lo haya traído la prisa, pero se ha expandido gracias a los dispositivos que la sostienen.

¿Recordáis cuando sentíamos ese ridículo orgullo de agenda llena? Antes de la semana pasada, sin ir más lejos. Cuanta más actividad, más productividad, más cosas hechas, más por hacer… mejor. Cantidad, aún al precio de una escasa calidad. Trabajo, gimnasio, clase de ruso, curso de cocina, charla… visita al psicólogo, al dietista, al dentista, al fisioterapeuta, a la curandera… Y que no quede tiempo para aburrirse, que no quede tiempo para pensar. Así se perpetúan las rutinas: si no paras, no interrumpes, no cuestionas, no cambias, no tienes tiempo de imaginar situaciones y soluciones nuevas. En esa línea, con toda la buena intención, fue decretarse el confinamiento y las redes se llenaron de recomendaciones para “llenar” el tiempo: qué hacer con tus hijos, qué leer, qué ver, qué deporte practicar… Y venga psicólogos a decirnos como pasar el día… ¿Suena muy loco plantear que mirando al techo es como se nos ocurren nuevas ideas, no haciendo cosas sin parar? ¿Que puede bastar con vivir? ¿Que no está mal pegarse unas buenas sesiones de sofá? ¿Que podemos no hacer nada? ¿Y que viene bien pararnos a pensar con un poco de creatividad para salir de esta siendo mejores? 

Otra cosa que nos caracterizaba, ¡ah en los tiempos antes del Coronavirus!, era la incapacidad para soportar la espera en el médico o la cola de la compra… Ahora, toca guardar un metro y medio de distancia y soportar colas notables, y comprobamos que no se muere en el intento. Deberíamos aprender a disfrutarlo incluso: aprovechar para dejar vacía la mente —¡Mindfulness gratuito!— o para hablar con la vecina, esa que ahora te sonríe mientras aplaude frente a tu ventana, en vez de odiarla porque compra mucho y ralentiza tu carrera. ¡Que son unos pocos minutos! Porque esa actitud acelerada, autoimpuesta e improductiva, que no deja hueco al aburrimiento, la atención y el cuidado al hacer las cosas nos ha estado comiendo terreno día a día. El capitalismo emocional tiene como rasgo clave la autoexigencia de rendimiento.

En La sociedad del cansancio, Byung Chul Han plantea que ya no vivimos en una sociedad disciplinaria, de la que cárceles, colegios, cuarteles o fábricas sean los emblemas, sino en una “sociedad del rendimiento”, en la que los edificios insignia son los gimnasios, las grandes torres de oficinas, los bancos, los centros comerciales o los terminales de aeropuertos. Esa que se ha parado ahora, cuya vigorexia emocional ha quedado interrumpida, la que favoreció la transmisión del virus: la sociedad de la carrera sin pausa, de la hipermovilidad agobiante, de la autoimposición de la multitarea…  Sería ¡tan interesante! repensar esto en los días de parón obligado…

Producimos sin control, con una prisa patológica. El crecimiento es el más arraigado dogma del capitalismo que es, en esencia, aceleración. Y no parecemos estar dispuestos a parar hasta que la Tierra reviente. Pero la actividad económica de la empresa humana, el uso de recursos naturales, el empleo de transportes, la hipermovilidad e hipercomunicación, la urbanización cada vez más aceleradas… entran en competición directa con la supervivencia del resto del planeta y, hoy tal vez lo veamos más claro, también con la nuestra, porque somos parte de lo vivo. Eso, entre otras muchas cosas, nos puede estar gritando un virus en expansión.

Quién sabe si, obligadas a detener nuestra prisa, no quede dañado el ídolo de la aceleración que arrasa con las relaciones y la naturaleza, que no deja tiempo a la atención y los cuidados, a todo lo que merece la pena. Pasear, perder el tiempo, aburrirse, saltarse una cita de trabajo para quedar con una amiga: hacernos soberanas de nuestro tiempo puede cambiarlo todo y hacerlo a un ritmo lento y sólido, responsable con el presente, el pasado y el futuro, que impida que el consumo nos consuma y acabe con el planeta entero. Hay muchos problemas acuciantes estos días, sin duda, pero la obligación de parar nos puede servir para pensar: tal vez parar sea, paradójicamente, la movilización que necesitamos, con efectos a largo plazo, calmos, serenos, sosegados… poderosos, esenciales, tectónicos.

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