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Interregno

Ilustración de Daniel Diaz Trigo

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Durante las últimas noches de agosto coleccioné en un cuaderno máximas latinas por si las necesitaba en el futuro. Cápsulas de lenguaje que uno se toma con un buen armañac y revelan una luz azul en la conciencia. La vitamina D y E de la ética, y no de la moral, que es sólo un invento demasiado humano, de ahí esas frases memorables de Friedrich Nietzsche mofándose de la moral, y que desde hace años me acompañan siempre en el interregno de septiembre, mientras dura el tiempo suspendido. Cuánto más nos elevamos, más pequeños parecemos a quienes no saben volar. Soportamos más fácilmente la mala conciencia que la mala reputación. Yo no creería más que en un dios que supiese bailar. 

Cansado de las Alea iacta est, Alma mater, Amor omnia vincit, el Beatus ille y el Carpe diem llenas de moral pontificia, me decidí a componer y a escribir mis propias máximas sólo para divertirme durante del interregno, que es el tiempo de la admonición, o de la espera a que ocurra algo grande en este lugar del mundo donde nada ocurre. Esta se la hice llegar al señor F.F.: El que tenga demasiada existencia que se bañe en polvo; esta otra a un amigo que trabaja en la alta política regional: El pret a porter del lenguaje político está lleno de tacos y de mentiras.

Algunas las escribí ya un poco borracho. –Acupuntura a los cerdos, en los cartílagos de las grandes orejas al menos tres agujas para el no dolor–, o esta otra de carácter místico: El frío espacial de la eternidad a pesar de la abundancia de soles, la radiación en superficie como la escritura es raspar en los orígenes. Intenté algunas más de carácter fluvial o líquido; si eres un río y te secas, suda subiendo la montaña. Me la tradujo al latín P.X. y sonaba eclesial, litúrgica, a sentencia final, a vida dura.

Algunas de estas frases cortas o máximas latinas te ayudan durante un tiempo, entonces te eriges y caminas erguido mirando las cosas en su justa medida. Lo entrañas todo. Esta de Marco Aurelio es definitiva y nos engrandece en el caso de admitirla como muleta para caminar por las calles demasiado feas de T.  «Un hombre no debería tener miedo a la muerte, debería tener miedo a no empezar nunca a vivir.» En estos días del interregno he vuelto a los viejos ritos, tomo el café de la mañana en las terrazas de la Tropical. En esa plaza desemboca todo, si quieres ver a alguien importante, esperas sentado a que aparezca, lo saludas y lo despides, todo es muy rápido.

La ciudad está llena de rápidos y remolinos humanos allí donde está el meollo de la existencia, pero falta el ágora donde las sensibilidades se encaucen, y la discusión germine. T. tiene más de 126 bares 16. Quid pro quo+Semper fidelis; leo la prensa local, que no llego a comprender del todo, a la vez y para compensar tomo notas en cuadernos que nadie llegará a comprender nunca. El nunca y el nadie se complementan muy bien con el todo y el siempre. Hago barcos de papel con las páginas más divertidas de la prensa local, y al final del día dejó estos barquitos llenos de miles de palabras impresas como flotas a la deriva en las aguas del río.

Otra máxima absurda escrita en el balcón con la ayuda del vino –nunca bajes al fondo de las cosas, flota en ellas– y otras más –Tu vida llena de impulsos, un alma de muelles. Saltos para no pisar el mundo– o –huele a esperanza sólo cuando se pudre– La pasada noche leía a Ernest Jünger y de pronto saltó la frase. “Los nuevos valores aún no están vigentes, los viejos ya no lo están” Ese es el interregno de nuestro tiempo. Un discontinuo donde lo que ha muerto aún no ha dado paso a lo que está a punto de vivir. Tu hijo aún no es mayor, pero ya no es joven, tu madre no es anciana, pero ya es vieja. Tu mascota de nombre difuso vive sus últimos días pero tú la acunas como a un niño. Un río siempre es una discontinuidad, un interregno de agua, la única medida de eternidad que conozco.

¿Cómo saber exactamente la  edad del río si siempre te miras en él? Cuando era niño, después del 8 de septiembre nadie se bañaba en el río; las orillas se despoblaban de bañistas, y quedaba en el aire una luz de membrillo muy pálida cargada de melancolía. Comenzaba el interregno, un espacio sin tiempo, suspendido, eterno. Los últimos bañistas entraban en el agua muy lentamente y desaparecían en el río para siempre; la orilla después del verano se había llenado de vidrios y basura. Existían también los recalcitrantes del agua, héroes fluviales que apuraban la temporada hasta San Mateo y se bañaban desnudos de noche en los Sifones.

Estaba a punto de morir aquel dictador sangriento, y una forma discreta de protestar, de ir a contracorriente de aquel personaje y de aquella sociedad púdica y enferma de moral católica era bañarse desnudos más allá de septiembre en el río. Efectivamente, una sociedad sin ética y llena de moral. Como la de ahora. En este interregno, pide que este tiempo suspendido sea eterno, para que nada ocurra. Yo, al menos como el bigotudo de Röcken no creería más que en un dios que supiese bailar.

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Publicado el
29 de agosto de 2020 - 18:36 h

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