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Opinión La Trastienda

Las “gallardadas” pasan factura

El vicepresidente de la Junta de Castilla y León, Juan García-Gallardo, este miércoles.

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Me había causado extrañeza el discreto segundo plano en el que había permanecido el vicepresidente de la Junta de Castilla y León con ocasión del lanzamiento de la Ley de la Discordia. No era normal que Juan García-Gallardo, que se apunta a un bombardeo israelí en Gaza con tal de salir en la foto, no hubiera protagonizado la escena, sacando pecho ante semejante hazaña. Sin tener ninguna confidencia al respecto, me malicié que en la calle Bambú, sede nacional de Vox, alguien se había percatado de que, cada vez que el número dos de la Junta hace una “gallardada”, el PP de Alfonso Fernández Mañueco, lejos de ruborizarse de los continuos exabruptos de su vergonzante socio, se frota las manos ante el trasvase de votos de la extrema derecha a la derecha extrema.

Y dicho y hecho. A comienzos de semana, un “tuit” del propio Gallardo confirmaba que en el minarete nacional de Vox están hasta la coronilla de las continuas salidas de pata de banco de su máximo representante en Castilla y León. El supuesto líder autonómico del partido (no se tiene noticia de que la formación ultraderechista haya celebrado aquí ni en ninguna parte cónclave alguno para elegir a sus dirigentes regionales) retaba a la dirección que encabeza Santiago Abascal a que saliera al paso de determinadas informaciones publicadas en la “fachosfera” acerca del malestar del mencionado minarete con la cabeza visible de Vox en Castilla y León.

Las aludidas informaciones han metido en un compromiso al presidente de las Cortes, Carlos Pollán, al que han presentado como una especie de contrapunto a los excesos verbales que caracterizan a Gallardo y sus “gallardadas”. De repente, el titular del Parlamento Autonómico pasa por ser un político sensato que evita las innecesarias fricciones provocadas por el vicepresidente de la Junta. Resulta que en Vox de Castilla y León había un político moderado y no nos habíamos enterado. Y no solo eso, se ha sugerido que existen dos estilos muy diferenciados, el de los “gallardos” y los “pollanes”. Casi me parto del ataque de risa.

Cierto es que Pollán no tiene el perfil agresivo y pirómano de Gallardo ni incurre en el grotesco extremismo de Mariano Veganzones, el consejero de Industria y Empleo. Pero el presidente de las Cortes ha acreditado un alto nivel de sectarismo político desde que llegó al cargo, en el que se estrenó demorando durante varias semanas sin ninguna justificación la convocatoria de la sesión de investidura, maniobra partidista que permitió a Vox arrancar del PP compromisos que no figuraban en el Acuerdo de Legislatura inicial firmado por ambos socios deprisa y corriendo horas antes de que se constituyeran las Cortes surgidas de las elecciones autonómicas anticipadas. Y a partir de ahí, y valiéndose del letrado mayor de la Cámara, ha adoptado decisiones no ya controvertidas sino descaradamente sesgadas a favor del bipartito constituido por la derecha extrema y la extrema derecha.

A nivel discursivo, Pollán no pierde ocasión de enseñar la patita, cuando no directamente de meterla. Me viene a la memoria su intervención durante la entrega del último premio de Periodismo ‘Miguel Delibes’, donde acabó pifiándola con una improcedente alusión a la política nacional que no venía en absoluto a cuento. Y ahí está la reacción de un grupo de participantes en el Congreso de la Asociación de Constitucionalistas de España, celebrado este mes de marzo en la propia sede de las Cortes, que abandonaron la sala en protesta con el discurso, plagado de invectivas encubiertas al gobierno de Pedro Sánchez, que se largó el presidente del Parlamento Autonómico.

Manda narices que la ultraderecha heredera de Fuerza Nueva, partido que abominó de la Constitución de 1978, pretenda erigirse en máxima defensora y garante de la Carta Magna. Lo dije no hace mucho: “Aquí las liebres corren a los galgos” o, si se prefiere, “los pájaros disparan a las escopetas”. Y esto mismo cabe aplicar en buena medida al PP, cuyo máximo icono político, José María Aznar, se desmarcó abiertamente del texto constitucional en un artículo publicado en La Rioja que le perseguirá mientras viva (casi tanto como su apoyo a la guerra de Irak basándose en la amenaza de unas “armas de destrucción masiva” que nunca aparecieron; “puede estar usted seguro”, le dijo en Antena 3 TV a uno de sus periodistas de cámara, el burgalés Ernesto Sáez de Buruaga, antiguo socio del inefable Miguel Ángel Rodríguez).

En todo caso, parece que ha empezado a remitir es el hiperliderazgo ejercido hasta ahora por García-Gallardo, quien puede que a partir de ahora no esté en condiciones de controlar tan férreamente a los tres consejeros de que dispone Vox en el gobierno Mañueco. Dicho control fue leonino en la etapa en la que tuvo como mano derecha en la Vicepresidencia a Monserrat Lluis, quien llegó al extremo no solo de autorizar o vetar las comparecencias informativas, sino que hasta se permitió prohibir (sin ir más lejos a Pollán) los almuerzos con periodistas.

El consejero de Cultura y Taurinismo (no confundir con Tauromaquia), Gonzalo Santonja, tiene la bula de haber llegado al cargo por decisión personal de Abascal, quien atendió la petición realizada en su día por su íntimo amigo y biógrafo Fernando Sánchez Dragó, no en vano distinguido después a póstumo con el Premio Castilla y León a las Letras. Todo lo cual no exime al ínclito Santonja del papelón que supone para un personaje de su trayectoria política asumir el neofascismo que rodea a Vox. Quién le ha visto y quién le ve...

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