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Música, cárcel y el antirracismo de Daura Mangara: "No es sano fingir ser buena persona para comodidad de los blancos"

Daura Mangara, cantante de rap de Banyoles (Girona) y protagonista de 'Negre de merda'

A Daura Mangara hay que imaginarlo con 14 años en una clase de Tercero de la ESO, sin entender apenas nada de lo que dice el profesor y volcando su monumental cabreo con el mundo en versos que se querían parecer a los de sus ídolos, desde Natch a Mucho Muchaho. O ya con veinte años en una celda de la cárcel Puig de les Basses (Figueres), también libreta y bolígrafo en mano. Sería un tópico decir que la música y el hip hop le han salvado, pero sí han dado continuidad y a veces combustible, como dice él, a una trayectoria errática, marcada por el racismo, la violencia y la tensión de querer ser catalán y gambiano a la vez y no pertenecer ni a un mundo ni al otro. 

Mangara es a sus 26 años un cantante de rap que quiere hacerse un hueco en el panorama musical catalán con su primer disco, Poesia per bandits, que va salir en diciembre y del que se conoce ya el tema, Sempre tornen, sobre el racismo institucional que siempre vuelve. Se prepara para la prueba de acceso a la universidad –quiere estudiar el grado de Filosofía– y encadena alguna charla sobre racismo –la última, en la Bienal de Pensamiento del Ayuntamiento de Barcelona– mientras espera que lleguen los conciertos, el más importante de todos en el Auditorio de Girona el próximo 6 de febrero. 

Pero la vida de este joven, relatada también en el documental Negre de merda, está lejos de la relativa placidez en la que parece haberse instalado por fin. Da cuenta de ello en su disco y también en sus entrevistas, donde habla sin tapujos de su etapa carcelaria y de la espiral de drogas y violencia en la que entró al cumplir 18 años y morirse su padre. Pero también del racismo sufrido en una ciudad pequeña de comarcas como la suya, Banyoles (Girona), o de cómo esto no le ha impedido ser también crítico con algunas conductas de su familia y de la comunidad gambiana que han condicionado su trayectoria.

Una de ellas tiene que ver con un episodio que marcó su salto a la adolescencia. Sus padres decidieron que antes de empezar la ESO tenía que irse a vivir a Gambia y atender a una escuela coránica para que no perdiese sus raíces, una práctica que llevan a cabo algunas familias de su comunidad. "Estaba muy cabreado, tenía ganas de estar aquí y cuando volví, a Tercero de la ESO, no me acordaba de nada, había quedado como suspendido en el aire", recuerda Mangara. 

Fue entonces cuando este joven empezó a experimentar la tensión que viven muchos hijos de inmigrantes, la de transitar entre dos mundos, el de casa y el del colegio y los amigos. "O te occidentalizas o absorbes la educación de tu familia, pero si no quieres renunciar a ninguno de los dos mundos no acabas de ser aceptado en ninguno de ellos", reflexiona. "Si escoges el primero, el racismo te lo vas a comer igual, con los problemas de vivienda o cuando te pare la policía por tu perfil étnico". 

Sus vivencias sobre la discriminación, que ha trasladado a sus letras, no las detectaba sin embargo cuando escribía desde los pupitres del instituto de Banyoles. Sus amigos blancos esperaban a que él se marchase para subir a casa a jugar a la Play porque sus familias no le querían en casa, pero él no se daba cuenta. Explica que la conciencia llegó cuando empezó a hacer más vida en la calle. O en su trabajo de camarero, después de dejar los estudios, cuando en según qué bodas en las que hacía el catering la gente le miraba mal por ser negro.

"Es ese tipo de racismo corrosivo que consiste en que no se sienten a tu lado en el bus, que te miren demasiado en el supermercado como si fueses a robar, no hace falta que te lo digan a la cara", argumenta. Y cuestiona la respuesta que muchos jóvenes como él se han visto obligados a dar antes estas situaciones. "Si nos miran mal, sonreímos y hacemos explícito que somos inofensivos para que no piensen que vamos a robar, pero no es sano fingir constantemente que eres buena persona para comodidad de las personas blancas", expresa. Tampoco es bueno todo lo contrario, actuar desde el enfado –añade–, aunque eso lo experimentaría más adelante. 

Lo que daría un vuelco a su vida sería la muerte de su padre, a sus 18 años. "Yo en esa época trabajaba y de golpe se me atribuyó un rol para el que no estaba preparado: ser el hombre de la casa, cuidar de mi madre y hermanas, llevar el dinero no solo a casa, sino enviarlo también a los familiares que están en África", relata. Aquella presión le quebró, en sus propias palabras, y empezó a descender por una pendiente de alcohol, drogas y peleas constantes en el pueblo. "A la mínima que venía la policía actuaba de forma despectiva; a veces creo que se aprovechaban de mi perfil étnico, pero otras se me giraba la olla y nos liábamos a hostias", reconoce Mangara. 

En ese punto empezó a coleccionar antecedentes penales, a menudo por atentado contra la autoridad. No lo esconde, al contrario. "No soy el mejor ejemplo para hablar de racismo institucional, porque he sido un liante", admite. Pero a la vez se muestra convencido de que si hubiese sido blanco y rico no hubiese tenido los mismos problemas con las autoridades y quizás, añade, hubiese tenido buenos abogados para no acabar en la cárcel, como le acabó ocurriendo en 2016. 

Mangara ingresó en el Centro Penitenciario Puig de les Basses por una condena de atentado contra la autoridad y por violencia de género. Esto último también lo reconoce. Amenazó y empujó a su expareja, en un momento en el que estaba borracho y drogado, y ella lo denunció. "Admitir las conductas machistas cuesta muchísimo; hablar de ello con compañeras feministas me ha ayudado muchísimo", explica sobre esta cuestión. 

De la cárcel salió a los 10 meses por buena conducta, pero volvió a entrar en 2017 al tener otros juicios pendientes. "Cuando entré en prisión alucinaba. Había decenas de nacionalidades distintas, lo que empezó a hacerme cuestionar que algo fallaba, que la ley no está especialmente a favor de las personas migradas", denuncia. En esa época seguía escribiendo canciones. Al principio estuvo en "un pozo bastante profundo y oscuro", relata, pero poco a poco logró aprovechar su encierro para dedicarlo a la música, la danza y la lectura. 

A su salida, temía no verse capaz de lidiar con la etiqueta de expresidiario en un pueblo relativamente pequeño. "Pero hay gente muy buena, dispuesta a darte oportunidades y a entender que las cagadas forman parte del itinerario de todos", celebra. Mangara es uno de los integrantes del Moviment Afrobanyolí Social (MAS), que trabaja por el acercamiento entre la comunidad africana de Banyoles y los vecinos de toda la vida.

En este sentido, defiende Mangara que hay que combatir el "privilegio blanco" y el racismo, pero sin renunciar ser crítico con aquello que no comparte de su comunidad. Algunas veces le han tachado de "traidor", dice, por haber cargado contra la presión que sufrió por parte de su familia y de su entorno o por el traslado a Gambia. "Hay cosas de mi cultura que rechazo, claro", explica, y pone como ejemplos extremos de ello los matrimonios forzosos o la ablación en el país que desde hace años combaten y que no se acaban de erradicar del todo. 

Mientras tanto, seguirá con su carrera musical, en la que sabe que todavía queda mucha piedra por picar, y usando el rap para "canalizar reivindicaciones". Y disfrutar de lo que más le llena: ver que hay chavales de su barrio que rapean como él, quedar con ellos y compartir letras juntos.

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Publicado el
23 de octubre de 2020 - 22:41 h

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