Agencia espacial, territorio federal

0

Quienes pertenecemos a una generación que vio al primer astronauta pisar la Luna un día de julio de 1969, intuyendo el riesgo que implicaba debido al amargo regusto de la tragedia del Apolo I ocurrida dos años antes, y siguió una década después con fascinación a Carl Sagan en sus programas televisivos de divulgación sobre el Cosmos, sabemos desde muy jóvenes que la conquista del espacio es, a la vez, una epopeya del conocimiento humano y el reflejo de las contradicciones de la civilización y sus conflictos. En la escala geopolítica, por ejemplo, la carrera espacial vino marcada por la Guerra Fría, que empujaba a Estados Unidos y la Unión Soviética a una competición de tintes épicos debido a sus implicaciones militares y de defensa. En la escala cultural, las anécdotas sobre el desfase entre la ciencia y la tecnología, por una parte, y los prejuicios y las mentalidades, por otra, son variadas. Vimos despegar la sonda Pioneer 10 a principios de los años setenta del siglo pasado con destino a los confines del universo, con una placa a modo de mensaje para potenciales inteligencias extraterrestres que incluía el dibujo de una pareja de humanos desnuda, objeto de polémica entonces por la acusación de sectores conservadores de que tal representación resultaba pornográfica. Despegó años después la sonda Voyager, equipada ya con un disco que contenía frases en 55 idiomas, sonidos de la Tierra, piezas de música y la imagen de una mujer embarazada, mientras la Pioneer se perdía más allá del sistema solar tras enviar impactantes imágenes de Júpiter.

Pese al shock por el accidente del transbordador Columbia en 2003, que frenó ese programa de la NASA, hemos experimentado la curiosidad de ver construir pieza a pieza la Estación Espacial Internacional, fruto de una colaboración entre países en otro tiempo impensable y ahora amenazada por la deriva de Rusia al convertirse en un Estado villano. Asistimos a los parsimoniosos recorridos de los primeros rover por la superficie de Marte y nos dejaron atónitos las increíbles galaxias enfocadas por el telescopio Hubble, mientras Europa se incorporaba a la exploración espacial y nuevas potencias como la India y, sobre todo, China desarrollaban por su cuenta proyectos con la Luna de nuevo en el punto de mira.

En estas primeras décadas del siglo XXI, la industria aeroespacial se ha diversificado tanto que empresas privadas compiten por la construcción de nuevos cohetes y el lanzamiento de satélites se ha convertido en práctica habitual. También ocurre en España, donde una compañía radicada en Elche denominada PLD Space, una de las tres de su tipo en Europa, usa el aeropuerto de Teruel para los ensayos de motores en estático y prevé lanzar desde un puerto espacial en la Guayana francesa un cohete reutilizable llamado Miura 5 que pondrá en órbita satélites comerciales. Cuenta la ciudad ilicitana con otra compañía, denominada Embedded Instruments & Systems (Emxys), centrada en la fabricación de satélites con tecnología de comunicación óptica. Es lógico, por eso y porque tiene un edificio preparado, así como un campus tecnológico y un moderno polígono industrial, que la capital del Baix Vinalopó sea una de la veintena de candidatas a acoger la sede de la Agencia Espacial Española. De Canarias a Catalunya, pasando por Andalucía, Castilla-La Mancha y Castilla y León, Murcia, la Comunidad Valenciana, Madrid o Aragón, una constelación de ciudades opta a protagonizar la llegada a la “nueva frontera” de un país que se ha ido incorporando con discreción a la actividad aeroespacial, como si en apariencia no tuviera más relación con ella que la clásica estación de seguimiento de Robledo de Chavela y la fama de Pedro Duque en su condición de primer astronauta español.

Apoyada en el denominado PERTE aeroespacial (Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica) con el que el Gobierno quiere movilizar 4.500 millones de euros hasta 2025, la puesta en marcha de la Agencia Espacial Española, que coincide con la selección por la Agencia Espacial Europea de dos nuevos astronautas españoles, Pablo Álvarez Fernández y Sara García Alonso (curiosamente, ambos de León), se proyecta con un movimiento político descentralizador hacia una concepción federalizante del territorio, pese a las resistencias de quienes persisten en la mentalidad centralista de un Estado que, sin embargo, está obligado a evolucionar. La futura Agencia Espacial Española, dijo esta semana el ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, “culminará la arquitectura institucional en el ámbito del espacio y servirá de cauce y semillero de ideas”. Y no es la única palanca para esa otra arquitectura institucional de España acorde con su modelo autonómico y su diversidad real, porque en paralelo también se decidirá la sede de la Agencia Española para la Supervisión de la Inteligencia Artificial, concurso al que optan ciudades como Alicante, Barcelona, A Coruña, Gijón, Zaragoza, Segovia, Salamanca, Guadalajara, Palma, Tenerife o Granada. La gestión de la ciencia y la tecnología más punteras viene así a romper, también, ciertos tabús políticos.

El astrónomo Frank Drake advirtió de que tanto la placa adosada a la Pioneer como el disco de la Voyager, en sus viajes hacia el espacio profundo, “durarán más que nuestro planeta” porque en 4.000 millones de años el Sol, convertido en una estrella supergigante, se tragará la Tierra y “destruirá todo lo que conocemos”. De momento, la aventura espacial nos desafía a avanzar en todos los sentidos.

Quienes pertenecemos a una generación que vio al primer astronauta pisar la Luna un día de julio de 1969, intuyendo el riesgo que implicaba debido al amargo regusto de la tragedia del Apolo I ocurrida dos años antes, y siguió una década después con fascinación a Carl Sagan en sus programas televisivos de divulgación sobre el Cosmos, sabemos desde muy jóvenes que la conquista del espacio es, a la vez, una epopeya del conocimiento humano y el reflejo de las contradicciones de la civilización y sus conflictos. En la escala geopolítica, por ejemplo, la carrera espacial vino marcada por la Guerra Fría, que empujaba a Estados Unidos y la Unión Soviética a una competición de tintes épicos debido a sus implicaciones militares y de defensa. En la escala cultural, las anécdotas sobre el desfase entre la ciencia y la tecnología, por una parte, y los prejuicios y las mentalidades, por otra, son variadas. Vimos despegar la sonda Pioneer 10 a principios de los años setenta del siglo pasado con destino a los confines del universo, con una placa a modo de mensaje para potenciales inteligencias extraterrestres que incluía el dibujo de una pareja de humanos desnuda, objeto de polémica entonces por la acusación de sectores conservadores de que tal representación resultaba pornográfica. Despegó años después la sonda Voyager, equipada ya con un disco que contenía frases en 55 idiomas, sonidos de la Tierra, piezas de música y la imagen de una mujer embarazada, mientras la Pioneer se perdía más allá del sistema solar tras enviar impactantes imágenes de Júpiter.

Pese al shock por el accidente del transbordador Columbia en 2003, que frenó ese programa de la NASA, hemos experimentado la curiosidad de ver construir pieza a pieza la Estación Espacial Internacional, fruto de una colaboración entre países en otro tiempo impensable y ahora amenazada por la deriva de Rusia al convertirse en un Estado villano. Asistimos a los parsimoniosos recorridos de los primeros rover por la superficie de Marte y nos dejaron atónitos las increíbles galaxias enfocadas por el telescopio Hubble, mientras Europa se incorporaba a la exploración espacial y nuevas potencias como la India y, sobre todo, China desarrollaban por su cuenta proyectos con la Luna de nuevo en el punto de mira.

En estas primeras décadas del siglo XXI, la industria aeroespacial se ha diversificado tanto que empresas privadas compiten por la construcción de nuevos cohetes y el lanzamiento de satélites se ha convertido en práctica habitual. También ocurre en España, donde una compañía radicada en Elche denominada PLD Space, una de las tres de su tipo en Europa, usa el aeropuerto de Teruel para los ensayos de motores en estático y prevé lanzar desde un puerto espacial en la Guayana francesa un cohete reutilizable llamado Miura 5 que pondrá en órbita satélites comerciales. Cuenta la ciudad ilicitana con otra compañía, denominada Embedded Instruments & Systems (Emxys), centrada en la fabricación de satélites con tecnología de comunicación óptica. Es lógico, por eso y porque tiene un edificio preparado, así como un campus tecnológico y un moderno polígono industrial, que la capital del Baix Vinalopó sea una de la veintena de candidatas a acoger la sede de la Agencia Espacial Española. De Canarias a Catalunya, pasando por Andalucía, Castilla-La Mancha y Castilla y León, Murcia, la Comunidad Valenciana, Madrid o Aragón, una constelación de ciudades opta a protagonizar la llegada a la “nueva frontera” de un país que se ha ido incorporando con discreción a la actividad aeroespacial, como si en apariencia no tuviera más relación con ella que la clásica estación de seguimiento de Robledo de Chavela y la fama de Pedro Duque en su condición de primer astronauta español.

Apoyada en el denominado PERTE aeroespacial (Proyecto Estratégico para la Recuperación y Transformación Económica) con el que el Gobierno quiere movilizar 4.500 millones de euros hasta 2025, la puesta en marcha de la Agencia Espacial Española, que coincide con la selección por la Agencia Espacial Europea de dos nuevos astronautas españoles, Pablo Álvarez Fernández y Sara García Alonso (curiosamente, ambos de León), se proyecta con un movimiento político descentralizador hacia una concepción federalizante del territorio, pese a las resistencias de quienes persisten en la mentalidad centralista de un Estado que, sin embargo, está obligado a evolucionar. La futura Agencia Espacial Española, dijo esta semana el ministro de Asuntos Exteriores, Unión Europea y Cooperación, José Manuel Albares, “culminará la arquitectura institucional en el ámbito del espacio y servirá de cauce y semillero de ideas”. Y no es la única palanca para esa otra arquitectura institucional de España acorde con su modelo autonómico y su diversidad real, porque en paralelo también se decidirá la sede de la Agencia Española para la Supervisión de la Inteligencia Artificial, concurso al que optan ciudades como Alicante, Barcelona, A Coruña, Gijón, Zaragoza, Segovia, Salamanca, Guadalajara, Palma, Tenerife o Granada. La gestión de la ciencia y la tecnología más punteras viene así a romper, también, ciertos tabús políticos.

El astrónomo Frank Drake advirtió de que tanto la placa adosada a la Pioneer como el disco de la Voyager, en sus viajes hacia el espacio profundo, “durarán más que nuestro planeta” porque en 4.000 millones de años el Sol, convertido en una estrella supergigante, se tragará la Tierra y “destruirá todo lo que conocemos”. De momento, la aventura espacial nos desafía a avanzar en todos los sentidos.

Quienes pertenecemos a una generación que vio al primer astronauta pisar la Luna un día de julio de 1969, intuyendo el riesgo que implicaba debido al amargo regusto de la tragedia del Apolo I ocurrida dos años antes, y siguió una década después con fascinación a Carl Sagan en sus programas televisivos de divulgación sobre el Cosmos, sabemos desde muy jóvenes que la conquista del espacio es, a la vez, una epopeya del conocimiento humano y el reflejo de las contradicciones de la civilización y sus conflictos. En la escala geopolítica, por ejemplo, la carrera espacial vino marcada por la Guerra Fría, que empujaba a Estados Unidos y la Unión Soviética a una competición de tintes épicos debido a sus implicaciones militares y de defensa. En la escala cultural, las anécdotas sobre el desfase entre la ciencia y la tecnología, por una parte, y los prejuicios y las mentalidades, por otra, son variadas. Vimos despegar la sonda Pioneer 10 a principios de los años setenta del siglo pasado con destino a los confines del universo, con una placa a modo de mensaje para potenciales inteligencias extraterrestres que incluía el dibujo de una pareja de humanos desnuda, objeto de polémica entonces por la acusación de sectores conservadores de que tal representación resultaba pornográfica. Despegó años después la sonda Voyager, equipada ya con un disco que contenía frases en 55 idiomas, sonidos de la Tierra, piezas de música y la imagen de una mujer embarazada, mientras la Pioneer se perdía más allá del sistema solar tras enviar impactantes imágenes de Júpiter.

Pese al shock por el accidente del transbordador Columbia en 2003, que frenó ese programa de la NASA, hemos experimentado la curiosidad de ver construir pieza a pieza la Estación Espacial Internacional, fruto de una colaboración entre países en otro tiempo impensable y ahora amenazada por la deriva de Rusia al convertirse en un Estado villano. Asistimos a los parsimoniosos recorridos de los primeros rover por la superficie de Marte y nos dejaron atónitos las increíbles galaxias enfocadas por el telescopio Hubble, mientras Europa se incorporaba a la exploración espacial y nuevas potencias como la India y, sobre todo, China desarrollaban por su cuenta proyectos con la Luna de nuevo en el punto de mira.