Opinión Botón de ancla
Alemania, 1933
Cuando yo era joven —el siglo pasado, para más señas— era habitual negar la realidad sobre el ascenso de Hitler preguntándose qué llevó a Alemania a abrazar el nazismo, como si una sociedad (encima, de alemanes) necesitara mucho estímulo para echarse en manos de su peor enemigo con alegría. La excusa era que la República de Weimar, con la losa del Tratado de Versalles que imponía condiciones draconianas y paralizó la economía, había sido el caldo de cultivo idóneo para el ascenso del nazismo. Es más influyó, no se puede negar, pero ni Europa ni Estados Unidos viven algo ni remotamente parecido y vemos que, una vez más, la historia tiene la mala costumbre de rimar. Y es que hay gente pa’tó, y eso explica muchas cosas.
Evidentemente, para pesar de más de uno, las probabilidades de acabar como Alemania en 1933 son nulas. Pero algunos procesos son muy similares. Esa izquierda que prefirió el caos a defender lo que quedaba de Weimar recuerda mucho a esos que, si sale nublado, no votan porque son más listos que nadie. Pero, más importante resultó el cómo la derecha moderada se fue deslizando por la pendiente hasta darle todo el poder a un pintor fracasado con un discurso que rezumaba odio.
Feijóo tenía algo de razón cuando dijo que no era presidente porque no quería. Más acertado sería si hubiera dicho “por tonto”. Si Sánchez y la izquierda salvaron el partido en 2023 fue, en parte, porque funcionó el “¡que viene el coco!”. Si el PP, en lugar de intentar pescar en el caladero de Vox hubiera luchado por el centro con el PSOE, disfrazado de moderado como hizo en Galicia con la complicidad de una prensa comprada a peso, igual otro gallo hubiera cantado.
Hay dos autonomías en las que el PP le ha sonado los mocos a Abascal sin excesivo esfuerzo. En Madrid, Díaz Ayuso se ha inventado su propia ultraderecha y, en 2023, no solo cosechó cinco diputados más que en las anteriores, sino que Vox perdió dos por el camino. En Andalucía, Juanma Moreno gobierna en solitario después de sumar 32 diputados y de mandar a Ciudadanos a la papelera de la historia (perdió los 21 que tenía). Hay dos modelos que Feijóo podría seguir, pero prefiere el tercero, el fácil, el del fracasado que sabe que cada día que pasa se acerca más a que la Wikipedia le recuerde como el candidato que nunca llegó a presidente: echarse en brazos de Vox.
Un buen paso, como en Alemania, es buscar un enemigo que no se pueda defender para ocultar las miserias propias. Hay muchas formas de calificar las palabras que el gallego ha dicho sobre el proceso de regularización de inmigrantes que está en marcha. Todas se resumen en una: vomitivas. Racismo y xenofobia en estado puro, sin matices y, lo peor, sin vergüenza. Ni siquiera se esconde tras el bulo del fraude electoral: esos que sueñan con la nacionalidad española —una ambición más bien modesta— son criminales hasta que no se demuestre lo contrario.
Y los menas, peor: criadillas de chorizos. Da igual que sean niños separados de sus familias en una sociedad que no conocen y donde algunos los ponen en el punto de mira, y lo que menos ayuda son los mensajes de un salvapatrias de Hacendado. Y no es que lo diga yo, que no es poco, es que lo dice la Conferencia Episcopal. Curioso que, en este tema, el PP prefiera estar del lado de Abascal que del Papa. El dato habla por sí solo.
El error del presidente del PP nacional es, probablemente, informarse únicamente por los medios que reciben palas de dinero público de la administración del PP. Se olvida que muchos de sus votantes no tienen nada de radicales y que practican la curiosa costumbre de pisar la calle. Viven rodeados de inmigrantes, y no los ven como enemigos ni como una amenaza. Están en un país que, lo dicen los datos, al mismo tiempo que aumenta el número de los venidos de fuera baja el de la criminalidad. A esos votantes del PP me los imagino ojipláticos al ver a un diputado subirse la Mesa del Congreso y ponerse a pegar gritos a los camisas parda —o verdes— de Abascal, o saltarse un cordón policial —votantes suyos la mayoría, seguro— y liarse a palos con unos manifestantes.
En España hemos tenido delincuentes toda la vida y de toda calaña —desde el robaperas al vendedor de preferentes— así que, los que vengan de fuera con malas intenciones, a lo más a lo que pueden aspirar es a aprender de nosotros. ¿Se colarán algunos indeseables en el proceso? No hay duda, pero si se usa tan falaz argumento para oponerse es por racismo mal disimulado. Más que un argumento es un rebuzno.
Con una foto de Xi Jinping sonriente, The Economist ilustró esta semana una portada con el titular “Nunca interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo un error”, en alusión a la incursión ilegal de Trump en Irán. Lo mismo se podría decir de Feijóo ahora que ha cruzada la raya (¿blanca?) de la decencia con su diatriba racista en un momento, tras la derrota de Orbán y el tropiezo de Meloni en su plan de reforma de la Justicia, que parece que el discurso más ultra, como el pescado fuera de la nevera, cada vez huele más a podrido. Igual hay suerte y el año que viene las urnas le dicen que no es presidente, no porque no quiera, sino porque no puede.