Argentina, Milei, el rotulador y yo
Patético este Javier Milei, che. A cada actuación suya, cada actuación más patética, más nos sorprendemos quienes habitamos en este hemisferio y sentimos a la Argentina emocionalmente como propia, y eso que aquí hay mil cien motivos para sorprenderse apenas despegas por la mañana la cabeza de la almohada. No entro en el tema de las medidas económicas que impone, sin pestañear, a la ciudadanía a base de motosierra y demagogia. Me refiero a los rotuladores que obsequiaba a diestro y siniestro días atrás Donald Trump, sentado en su trono nerónico, a líderes latinoamericanos después de una de esas firmas públicas y llenas de espectáculo que hace el estadounidense. Milei intentaba prender (no puedo, en este contexto, escribir coger, lo sé) uno de esos rotuladores que pasaban por delante de sus narices y temía, como un crío al que se le escatima un Sugus, que a él no le iba tocar ninguno. Cuando lo vi, pensé: ¿cómo es posible que un sujeto así ocupe la presidencia de un país como es la República Argentina? Se le salían los ojos detrás de cada rotulador que volaba a otras manos. ¿Qué ha hecho la Argentina para encajar a un tipo tan ridículo en la Casa Rosada? Ya es muy viejo mencionar eso de que hablaba con su perro, Conan, un perro muerto (yo lo he hecho con los míos, pero vivos), o aquel primer plano de sus pies desnudos que nos mostró entrelazados con los de la novia de entonces, o el saber que era practicante de sexo tántrico (¿es necesaria esa exhibición?), o cómo se descansa las gafas hasta las aletas de la nariz y mira fijo a la cámara fotográfica con gesto paranoide, intentando esconder la papada. Qué sé. Terrible.
¿Por qué la Argentina no ha podido encontrar su acomodo y estabilidad en el mundo desde la época de José Evaristo Uriburu, su escaque, con todo ese potencial de país que es?A finales del siglo XIX y principios del XX, el emigrante europeo, embarcado a América con los bolsillos vueltos, se planteaba la disyuntiva de ingresar en el continente por abajo, por Puerto Madero, o por arriba, por Ellis Island. Buenos Aires y Nueva York, dos núcleos polarizantes e igualmente atractivos. Tanto la Argentina como los EE UU eran espacios de seducción y prosperidad, un aliciente de oportunidad sociolaboral para italianos, españoles o rusos, alemanes, polacos y turcos. Hay un dato que siempre me ha impactado relativo a esa época, y es la cantidad de cabeceras de periódicos, con tiradas que superaban los cien mil ejemplares, que se editaba solo en Buenos Aires. Cabe en este instante ese fraseo de Ortega y Gasset, por el cosmopolitismo que proyectaba la capital federal pero también por el espléndido interior del país (pienso en la belleza rural descrita por W. H. Hudson), cuando allí mismo dijo que Buenos Aires «era la capital de un imperio que no existió», sentencia en la que queremos observar más su toque melancólico que una supremacista burla del español. Me gusta recurrir al fotógrafo Horacio Coppola, y es solo un ejemplo, a sus testimonios dejados de la ciudad con sus avenidas, edificios, teatros, calles, cafés, parques. Basta caminar por allí, visualizar sus imágenes, para apreciar la paradoja de hallarte en una América que es Europa.
Entre 1930 y 1976, la Argentina sufrió seis golpes de estado, y en la crisis furiosa de diciembre de 2001, cuando el verano más recalentaba, cinco presidentes pasaron por la Casa Rosada en once perplejos días. Terrible también. Hay que destacar, más allá de que no me parece ético calibrar los autoritarismos según el grado de violencia ejercido sobre la sociedad, ya que todos son abominables, lo que supuso la última dictadura, la de Videla, Massera y Agosti. Su crueldad desaforada. ¿Se encuentra ahí el origen de cuándo se desordenó el país? ¿Esa es la razón de que el país se mueva en ese bucle en el que un simple rotulador de punta gruesa sea motivo de indignidad? Porque, si en vez del rotulador, hubiera sido un sanwichito de miga o una milanesa con papa frita o un tarro de dulce de leche Chimbote o una fría Quilmes o una caja de corazoncitos de frutilla Dorin´s, aún lo habría entendido.