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Los 519 días que Dolores Vázquez estuvo en la cárcel siendo inocente por el asesinato de Rocío Wanninkhof

Dolores Vázquez, a su llegada al Juzgado de Instrucción número 6 de Fuengirola una vez ya Toni King estaba acusado.

Marta Borraz

25 de abril de 2026 22:30 h

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Estuvo en la cárcel 519 días por un asesinato que no cometió. Cuando su abogado, Pedro Apalategui, iba a ver a Dolores Vázquez a la cárcel de Alhaurín de la Torre (Málaga) y se anunciaba por la megafonía de prisión para que ella acudiera, otras reclusas gritaban “bollera”, “lesbiana” y “asesina” desde sus celdas. Aún no había sentencia, pero ya estaba escrito injustamente que Vázquez, natural de la localidad gallega de Betanzos, había matado a Rocío Wanninkhof, una joven de 19 años desaparecida el 9 de octubre de 1999 cerca de Mijas. Dos años después, un jurado popular la condenó sin pruebas tras una investigación plagada de errores y un linchamiento mediático sin precedentes.

Pero Dolores Vázquez no había matado a Rocío, que era la hija de su expareja, Alicia Hornos. El autor real del crimen fue Toni Alexander King, un británico residente en la Costa del Sol con un largo historial delictivo, autor de varias agresiones sexuales y que mató a Sonia Carabantes en agosto de 2003. Dolores, sin embargo, quedó marcada por lo ocurrido, un caso paradigmático de error judicial agravado por la presión mediática y los prejuicios sociales. El estigma era tal que, aún ya declarada inocente, se fue a vivir fuera de España. Nadie le pidió perdón.

Este lunes, Dolores estará en Madrid para recibir de la mano del Ministerio de Igualdad la Medalla de Promoción de los Valores de Igualdad, tal y como adelantó elDiario.es. Se tratará de un acto de homenaje y reparación con el que el Gobierno quiere reconocer el daño que sufrió y condenar la lesbofobia que atravesó el caso aprovechando que este domingo es el Día de la Visibilidad Lésbica. Durante el encuentro, habrá una mesa redonda con distintas especialistas, entre ellas Beatriz Gimeno, autora de La construcción de la lesbiana perversa (Gedisa, 2008).

El libro es un exhaustivo análisis de cómo la lesbofobia y la misoginia fueron clave en la condena de Dolores Vázquez y la convirtieron en una asesina pese a ser inocente. “Difundieron una imagen de mí que no era yo. Era como si lo dieran por hecho, que era culpable y ya, no había nada más. Yo no tenía ni voz ni palabra”, decía ella en el documental de HBO Dolores, la verdad sobre el caso Wanninkhof, estrenado en 2021 y en el que, por primera vez, la mujer rompía su silencio. En uno de los capítulos, aseguraba que, tras lo ocurrido, su vida cambió para siempre y lo perdió “todo”.

“Fue un caso paradigmático y clarísimo. Se usaron todos los estereotipos atribuidos tradicionalmente a las lesbianas contra ella, desde el análisis de su físico a su supuesta personalidad. Se la masculinizaba y se decía que era desagradable, celosa, maltratadora y despiadada”, explica Gimeno, que en la introducción del libro escribe: “A Dolores Vázquez se la acusó, procesó y condenó por ser lesbiana y nada de lo que sucedió hubiera podido suceder de la misma manera de haber sido ella heterosexual”.

Dolores, Loli para sus allegados, fue detenida el 7 de septiembre del año 2000 y entró en prisión preventiva tras una investigación en la que casi desde el inicio tanto la Guardia Civil como la familia de Rocío apuntaron a que el culpable era alguien conocido y del entorno de la víctima. Desde entonces, los medios de comunicación y la investigación oficial construyeron el retrato de una mujer amenazante y vengativa, de carácter “frío”, “varonil” y “dominador”. Se difundieron bulos como que hacía kárate y corría –para justificar que ella sola habría podido arrastrar el cuerpo sin vida de la víctima– o interpretaron sus reacciones de entereza ante las cámaras como una falta de empatía.

Esta imagen llenó horas y páginas de televisión, agitada por la familia de Rocío y especialmente por su madre, con la que Dolores había tenido una relación de varios años. El móvil inventado que se difundió en los medios y también sostuvieron la Guardia Civil y la Fiscalía fue que habría actuado por venganza contra la hija de su expareja por supuestamente considerarla el motivo de la ruptura. Es lo que Gimeno denomina el arquetipo de la “mujer vampiro”, que retrató a la mujer como una lesbiana “depredadora” que controlaba y dominaba a la “víctima pasiva y femenina”, una teoría que la madre de Rocío también sostuvo con sus declaraciones en medios.

La entonces acusada mantuvo siempre su inocencia: repitió una y otra vez que aquella noche estuvo en casa cuidando de su madre y de la hija de su sobrina, y que solo salió a comprar tabaco.“

Condenada sin pruebas

Dolores Vázquez ingresó en prisión preventiva a pesar de que no había pruebas, solo indicios insostenibles. Entre ellos, estaba el hallazgo de dos fibras en el cadáver de Rocío que coincidía con el color y composición de una prenda encontrada en casa de Dolores. Esta supuesta evidencia fue anunciada a bombo y platillo en una rueda de prensa, pero luego el informe toxicológico admitió que esas fibras eran extremadamente comunes en el mercado. Tampoco se llegó a probar nunca que Dolores hubiera alquilado un coche de neumáticos pequeños que encajaran con las huellas halladas en la escena del crimen. Su Toyota era de ruedas anchas, por lo que la policía dedujo que debía haberse hecho con otro automóvil de alguna manera.

La investigación dio validez al testimonio de una vidente que aseguró que Dolores había acudido tiempo atrás y le había dicho que se vengaría de Alicia Hornos. También al de una exempleada que no hablaba español que afirmó que la había visto “apuñalar” una fotografía de Rocío. Pero no tuvo en cuenta los registros de llamadas telefónicas desde su casa, que aquella noche se produjeron a las 20.45, a las 22.34 y a las 23.17 –se calculó que Rocío había desaparecido sobre las 21.30–. Nada de ello sirvió para hacer dudar a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado de que quizá Dolores no había sido, a pesar de que no había ninguna prueba física, ni rastro de ADN ni testimonio que la situara en la escena del crimen.

Su abogado siempre denunció las deficiencias del proceso e intentó sacarla de prisión en varias ocasiones, pero el juez lo rechazó en todas ellas. Fue ahí cuando apareció el primer artículo crítico en prensa, firmado por el constitucionalista y hoy colaborador de este medio, Javier Pérez Royo, que en El País Andalucía denunció el uso que el magistrado estaba haciendo de la prisión provisional: “No solo no dispone de ni una prueba”, afirmaba después de llamar la atención sobre que los pasos del proceso “han ido siempre en la dirección de que no se confirmaban los indicios que inicialmente existían” contra Dolores.

A pesar de ello, siguió en la cárcel hasta la fecha del juicio, que se celebró del 3 al 17 de septiembre de 2001. Ese mismo mes, el jurado popular, convencido de su culpabilidad y alimentado por las teorías mediáticas, alcanzó su veredicto y Dolores Vázquez fue condenada injustamente a 15 años de prisión y al pago de una indemnización de 18 millones de pesetas.

Su defensa recurrió y, en febrero de 2002, el Tribunal Superior de Justicia de Andalucía anuló la sentencia y ordenó repetir el juicio apuntando a que el fallo “no plasmó las bases lógicas para construir la conclusión inculpatoria” hasta el punto de que las explicaciones incluidas “no cumplen la exigencia con respecto a la prueba de los hechos”. “En modo alguno puede reputarse suficiente la motivación del veredicto, insuficiencia que implica una clara indefensión para la acusada”, esgrimió el tribunal, que reprochó al magistrado no haber devuelto el acta al jurado o haber él mismo motivado la condena que firmó, cayendo así en un “incumplimiento legal” de su exigencia.

Esta sentencia acreditó que el la condena no se basaba en “pruebas directas” sobre Dolores Vázquez sino en “una prueba indiciaria o de inferencias”, que añadió “ni siquiera podemos conocer, ya que no fueron debidamente reseñadas de forma alguna”. Tras el dictamen, Dolores Vázquez salió de la cárcel a la espera de una nueva fecha de juicio y, en este margen temporal, el verdadero asesino de Rocío volvió a matar. La víctima fue Sonia Carabantes, otra joven de 17 años desaparecida el 14 de agosto de 2003 en la localidad malagueña de Coín, muy cerca de Mijas. El ADN del británico estaba presente en las uñas de la chica y también en la colilla encontrada junto al cuerpo de Rocío Wanninkhof.

Ya entonces el exministro del Interior, Ángel Acebes (PP), compareció en una comisión del Congreso para dar explicaciones sobre la investigación llevada a cabo en el caso de Rocío. El ministro alabó la labor de la Guardia Civil, aseguró que hizo un trabajo “exhaustivo y profundo” y que fue liderado “por los mejores especialistas en la materia, hombres de repetidos éxitos y gran eficacia”. “Se trata de una de las investigaciones más complejas y esforzadas de las realizadas modernamente por la Guardia Civil”, defendió frente a una oposición que ya le reclamaba un 'perdón' para Dolores Vázquez.

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