Las orejas
Me parece siniestro, tan primitivo y elemental, eso de que el torero, con una chulería atávica, alce las manos al final de una corrida con sendas orejas de un toro en cada una de ellas. He visto una foto de esas a raíz de la cogida del torero Morante de la Puebla. A mí, más que una heroicidad, eso se me antoja de una cutrez sin fondo. ¿Cómo no le produce arcadas, allí mismo, con eso que llaman en plan ostentoso el traje de luces manchado de sangre, mostrar esos trozos de carne cercenados de su dueño natural, un animal que nada ha hecho para merecer ese castigo mortal, que es un herbívoro y que lo que pretendía media hora antes, en su ansiedad, no era más que intentar huir del ruedo? La verdad es que es tan viejo este viejo debate que aburre, si no fuese porque hablamos de crueldad gratuita y diversión a costa de la vida de un ser vivo. Por eso hay que insistir e insistir.
La única esperanza, para quienes nos hallamos a este lado de la denuncia del maltrato animal, radica en que vamos ganando la partida y que las corridas tienen sus días contados. Algún forofo taurómaco (no conozco muchos, lo confieso) ha llegado a reconocérmelo en privado. Según encuestas fiables, de entre ellas las ofrecidas bajo el amparo de la Humane World for Animals, cerca del ochenta por ciento de los españoles muestra rechazo o indiferencia a ese sangriento espectáculo (y su subvención con dinero público), pero de cualquier modo nunca apoyo al mismo; ese sangriento espectáculo en el que sus momentos más elevados, o los aplausos más entusiastas emanados desde el tendido, arrancan cuando el toro agoniza y vomita sangre, cuando el animal se ahoga por el empuje de la sangre, en sus últimos estertores. Y se acabó. Luego suena un pasodoble.
Los defensores de este despropósito (me veo tentado de escribir carnicería, pero para qué polemizar), que ciertamente en España goza de blindaje legal, replican para su defensa que hay que preservar el cumplimiento de la tradición y de la cultura. A ver: se puede atesorar una tradición social como es el cultivo de champiñones en el sótano de tu chalet, o leerle cuentos de fantasmas a la familia en Navidad, o preparar un tiramisú cada uno del mes de mayo porque te apetece, pero hay tradiciones que deben desaparecer porque con el tiempo el ser humano se ha percatado de que arrojar gansos vivos desde un torreón es una locura, como también lo son los crímenes de honor, la mutilación genital femenina, o las ceremonias de iniciación consistentes en amputarte, sin un solo quejido, el dedo meñique de un pie porque eso demuestra hombría. Ocurre lo mismo con los facilones argumentos que esgrimen los taurinos cuando vinculan la denominada fiesta con la cultura, que si García Lorca, que si Picasso, que si Hemingway, que si Patatín. Antes incluían también a Goya, hasta que los biógrafos del pintor aragonés demostraron que en realidad era antitaurino, nada extraño por su pensamiento de base ilustrada. Recordemos que la tauromaquia fue eliminada con buen criterio en la Europa de La Ilustración y que acá la mantuvo y apoyó el inenarrable Fernando VII, todo él un patriota. Lo mismo que semanas atrás hizo el rey emérito, a su manera, en esa foto patética en la que aparece rodeado de matadores de toros. En esta, añado, no llevaban ninguna oreja necrosada ni blandían estoques.
No es necesario recurrir a la Declaración de Cambridge de 2012, refrendada, entre otras personalidades, por Stephen Hawking (lo señalo por el elemento cientifista), ni a las lúcidas reflexiones sobre el merecido respeto para con los animales denunciado por el antropólogo Jesús Mosterín, o las no menos profundas y clásicas deliberaciones de Peter Singer, para determinar que los animales poseen sustratos neurológicos que son el fundamento de su conciencia; tampoco es preciso que recurramos al Parlamento español, que modificó el código civil en 2021, para reconocer legalmente que un animal es un ser sintiente. Solo hay que hacer el ejercicio de observar esa foto a la que me refiero al principio de esta columna: ¿qué hay de reseñable, más allá de un estúpido y pretendido rito supremacista, en ese tipo con los dos órganos del toro entre los dedos? Dejemos que lo responda Jorge Luis Borges: “una de las formas vigentes de la barbarie”. Se dice que esta última sentencia es apócrifa. Me da lo mismo. Hoy la asumimos y la expresamos la inmensa mayoría de la sociedad española en este ya asentado y confuso siglo XXI. Ocho de cada diez empujamos a nuestra manera.