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OPINIÓN | 'Europa, la hipocresía y la ofuscación', por Enric González

Trump y las mentiras otanistas

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Con el telón de fondo de la improbable, aunque no imposible, invasión de Groenlandia por parte de los Estados Unidos, voy a aprovecha esta mi atalaya para explicarle a la Humanidad lo que realmente está pasando y cómo salir airosos del trance. Hay quien me pedirá credenciales para ver de dónde saco tal seguridad para opinar, y que es este un bocadillo que me viene grande. Nada de eso. Los que me conocen saben que la humildad es la mayor de mis virtudes y que tampoco se me puede reprochar a mí que solo me entere yo mientras os demás están a por uvas.

Hechas las presentaciones, lo primero que hay que entender es lo que se conoce como el marco. Es lo que antes se llamaba el contexto, pero como la izquierda de hoy tiene estudios y se ha vuelto clasista (que me lo digan a mí) le gusta usar palabras técnicas para distinguirse del vulgo. Por eso ya nadie destroza estatuas, las vandaliza; ni defiende un postura, la romantiza; y por supuesto, no se va a la puta calle mientras, al casero, Hacienda le apaña la declaración; sufre de sinhogarismo por culpa de un problema habitacional.

Y, el contexto, es el del fin del mundo. Pero que nadie se deje llevar por el pesimismo, que la cosa seguramente irá a peor. Si no del mundo como planeta, sí de la sociedad tal y cómo la hemos conocido. Desde la Guerra Mundial hasta ahora, no hemos vivido en un mundo con reglas como nos quieren vender los palanganeros otanistas esos que, cual caca de perro, te los encuentras a cada paso cuando haces zapping. Hasta la disolución de la Unión Soviética, el mundo se dividía en dos zonas de influencia; luego, en una. Ese mundo con ‘reglas’ era uno en el que Estados Unidos dominaba el mundo —desde las organizaciones internacionales o a tiros— y Europa, feliz en su papel de comparsa, se hacía la ofendida pero no renunciaba a uno solo de sus privilegios. Es el famoso “vasallaje feliz” al que, a buenas horas mangas verdes, a algunos les ha dado por criticar.

Por lo visto, cuando Trump —que, como Obama, ya tiene su Nobel— decide invadir Venezuela con el noble propósito de robarle el petróleo y algunas toneladas de tierras raras— ha puesto en peligro esa arcadia feliz en la que vivíamos. Para entender cómo era vivir en Happylandia solo hay que viajar a Libia: operación de la OTAN (los buenos, se supone) actuó con un mandato de la ONU (los mejores, que dio luz verde a los ataques en el Consejo de Seguridad) para restaurar la democracia secuestrada por un sátrapa que, curiosamente, tenía oro para financiar una especie de dólar africano para sustituir al americano en la zona. Pero eso no tuvo nada que ver, había un resolución de 1973 que había que cumplir por el bien de la Humanidad, no como las que Israel se pasa por el forro, que son para coleccionistas. El resultado, pichí pichá: ya no hay un sátrapa, hay cientos, pero hay dos Libias para elegir. Es un ejemplo, pero hay cientos..

La segunda mentira otanista es lo de que viene el coco desde Beijín. Un miedo que es solo una actualización del peligro amarillo, una visión racista del chino-malo que nace con la guerra de los Boxers y aún colea. EEUU, con todo lo bueno que ha tenido y tiene (que es mucho, no lo olvidemos) es una nación en declive; China, el futuro. Los otanistas, a falta de argumentos, insisten en que es una dictadura, algo que sabe hasta el más tonto pero, —que no falte un ‘pero’—, tiene cero intenciones expansionistas o de influir en la política de los países con los que colabora. De otras democracias modélicas no se puede decir lo mismo.

No seré yo el que salga en defensa de Beijín, aunque me consta que a Xi Jinping le gustaría, pero el problema con China no es solo que su modelo de capitalismo funciona como un cañón sino que como no se puede exportar, solo se puede aprender de él. Y ahí es donde empiezan a flojear las piernas de nuestros expertos. Mientras nuestras democracias cada vez más censitarias se van hundiendo en la ineficacia, la meritocrática china es un sistema económico pensado a medida de las clases medias, para darles un futuro que aquí nos están robando y que, con los cantos de sirena de la ultraderecha, algunos se están dejando robar.

Un dato para entender ese peligro amarillo, tan mentira hoy como cuando nació Fu Manchú. El FMI o la Organización Mundial del Comercio vaticinan que la IA aumentará las desigualdades tanto a nivel local (en el trabajo) como mundial (entre países). Como ocurre desde que se inventó internet, el aumento de la productividad ha beneficiado más a las élites que a los trabajadores, y ahora la tendencia va a crecer a nivel exponencial. Mientras, en China, una sentencia pionero ha fallado que las empresas no pueden despedir a trabajadores para sustituirlos por IA.

Lo de Trump en Venezuela, Groenlandia, Irán o Cuba no tiene nada que ver con los derechos humanos sino con la crisis que se le viene encima a medida que el dólar pierde papel como moneda internacional. Un declive lento, pero que aumenta cada año. Sin el “privilegio extraordinario” que supone que el comercio mundial funcione con dólares —un reinado que China y los brics amenazan— solo queda la piratería. Es el sistema capitalista en modo Saturno devorando a sus hijos. Solo que esta vez los hijos somos nosotros. Cuando eran otros, no picaba tanto.