Un aeródromo aeroespacial de Lugo, refugio de la última pareja reproductora de zarapito real en la península
Ni las avionetas ni los drones perturban a los últimos ejemplares de zarapito real (Numenius arquata, mazarico real en gallego) que se instalan para criar en la península ibérica. Lo hacen en el aeródromo de Rozas, en Castro de Rei (Lugo), junto a unas pistas cuya historia se remonta a la Alemania nazi y que han terminado destinadas a la investigación sobre drones y convertidas en un aliado accidental de una especie que lleva décadas en declive en Galicia -la población ibérica está catalogada como en peligro de extinción-. Tanto que en la última temporada de cría, en 2025, solo quedaba una pareja reproductora en todo el territorio de España y Portugal. A estos dos ejemplares se sumaba otro más, un macho que llegó solo, y que los investigadores suponen que es algo así como un viudo que perdió a su pareja, pero volvió al lugar en el que hacía su nido cada año.
El zarapito real es un ave limícola, reconocible sobre todo por su largo pico curvado y por un tamaño relativamente grande -supera el medio metro de largo y, con las alas extendidas, llega a pasar del metro-. La historia de cómo ha visto reducirse a la mínima expresión su población reproductora en la península ibérica y ha terminado acantonado en una pequeña parcela de la comarca de la Terra Chá arroja luz no solo sobre el declive de esta especie, sino también sobre el camino que siguen otras aves, afectadas por la pérdida de sus hábitats en la Península y en toda Europa: zonas húmedas desecadas, áreas de matorral que se han transformado en cultivos, tanto agrícolas como de eucaliptos y pinos. En medio de la desidia en la elaboración de planes para proteger a las especies amenazadas, la Xunta difundió hace pocos días que ha renovado un convenio con una comunidad de montes para evitar que esos cultivos ocupen también terrenos en los que se sabe que nidificaba el zarapito real. La idea es que, si vuelven parejas reproductoras, encuentren espacios en los que poder instalarse.
Esa incógnita, la de si volverá la pareja tras pasar el invierno en alguna zona costera, se despejará dentro de unas semanas. Jesús Domínguez Conde, profesor de Zoología en la Universidade de Santiago de Compostela (USC) y responsable de un grupo de investigación que hace el seguimiento de esta ave, explica que es entre finales de febrero y principios de marzo cuando cabe esperar ese regreso. Esta especie suele volar cada año con su pareja al mismo lugar para hacer su nido. Él no es optimista. Dice que la situación es “límite” y que ve “muy poco probable” que haya una mejoría. No cree que dentro de un par de meses pueda contar que está de regreso la pareja que quedaba el año pasado y que hay alguna “sorpresa positiva”, como que también aparece el macho solo avistado en 2025 o incluso alguno de los pollos que se soltaron en la zona en los últimos años y que podrían dar lugar a otra pareja reproductora.
El experto aclara que, pese a esta situación crítica, no es infrecuente ver ejemplares de la especie en las rías gallegas. La explicación está en que esos zarapitos que se ven en la costa llegan a Galicia para pasar el invierno, procedentes de otras zonas de Europa, pero no crían en la Península. Aunque, a diferencia de la población ibérica, este animal no está en peligro de extinción en otras partes del continente, sí hay “un problema importante de descenso poblacional”. La amenaza afecta a otras aves limícolas: “Es un problema generalizado que tiene que ver con la transformación del medio, cambios en los usos agrícolas, cada vez más extensivos, y la predación de especies como el zorro, que es abundante”.
Otras especies están en una situación preocupante. El biólogo Xabier Vázquez Pumariño apunta a las tartarañas -el aguilucho cenizo, Circus pygargus-, cuya población se ha desplomado un 80% en lo que va de siglo, el escribano palustre (escribenta das canaveiras, Emberiza schoeniclus subespecie lusitanica) y el gorrión molinero (Passer montanus). También cita el caso, “más sorprendente”, de la gaviota patiamarilla, una especie que se veía constantemente en playas y ciudades. El experto lo atribuye a un conjunto de causas, entre las que destaca la inacción de la Xunta desde hace años y una política favorecedora de explotaciones intensivas y cultivos de árboles como el eucalipto. Son numerosas las especies que resisten acantonadas en algún territorio pequeño, pero que terminarán desapareciendo porque “nadie las atiende”. “En una conversación como esta en diez años probablemente diría que varios de estos animales se extinguieron”, ilustra.
Domínguez expone que el declive en la población ibérica de zarapito real se arrastra desde hace décadas. El punto de inflexión fue la desecación de la laguna de Antela, en la comarca ourensana de A Limia. El humedal se drenó hace más de 60 años -las obras empezaron en 1958-, una decisión de la dictadura franquista con la que se esperaba ganar terrenos para la agricultura y que ha derivado en la paradoja de que el agua sigue reclamando una parte del terreno con las lluvias del otoño y el invierno, pero en verano la zona se ve afectada por la sequía y necesita un plan de riego. Con el agua desaparecieron o descendieron de forma drástica numerosas especies. Entre ellas estaba el zarapito real, que pasó de una población “relativamente numerosa” en Antela a cero.
Un refugio junto a las pistas construidas por los nazis
Otra de las zonas en las que la especie se reproducía en Galicia estaba en la Terra Chá de Lugo, sobre todo en Castro de Rei y Cospeito. En esta última área también había una laguna que se desecó durante el franquismo, en los años 60. Después se recuperó parcialmente, pero ha dejado de ser un entorno adecuado para los zarapitos, dice Domínguez. Con la pérdida de hábitats fue cayendo el número de ejemplares -en 2014 eran solo cinco parejas-. Y los que quedaron terminaron por sacar provecho de otro entorno transformado por el hombre: los alrededores de un aeródromo, el de Rozas, cuyas pistas había abierto la Alemania nazi en los años 40, en medio de la Segunda Guerra Mundial. El objetivo era facilitar la llegada de los técnicos que se ocupaban de tres antenas instaladas en la comarca para vigilar los movimientos navales, según recoge un artículo sobre la historia de las instalaciones publicado por El Progreso.
Después las instalaciones pasaron a manos del Ministerio de Defensa y se estableció el Centro de Investigación Aeroportada de Rozas (CIAR), de manera conjunta con la Xunta. El Gobierno gallego promovió durante años la investigación sobre drones en lo que llama polo aeroespacial. El presidente gallego, Alfonso Rueda, apuesta ahora, sin embargo, por orientar la actividad a defensa. Pese a la titularidad de los terrenos, al aeródromo no se le dio un uso militar y, hasta la llegada de los drones, las únicas aeronaves que lo usaban eran las avionetas de los miembros del Real Aeroclub de Lugo. Sus gestores, recuerda el profesor de Zoología, fueron inicialmente reticentes a la conservación del zarapito.
Huevos de otros nidos
Las aves, sin embargo, se adaptaron a la convivencia y Domínguez asegura que ha visto a ejemplares permanecer en el fondo de la pista “sin inmutarse” durante despegues y aterrizajes. La cuestión, expone, es que este uso provocó que se conservaran alrededor zonas de matorral bajo y que no se plantasen cultivos de pino. Es decir, justo lo que necesita el zarapito real: terrenos amplios con vegetación baja y sin masa boscosa. De hecho, hay poblaciones de esta ave cerca de aeródromos en otros puntos de Europa por este mismo motivo.
La situación de la especie, insiste Domínguez, es crítica. Y ello pese a que, en una comunidad en la que la conservación de especies amenazadas tiene “muchísimas carencias”, el zarapito real es una de las que más atención ha recibido por parte de la Consellería de Medio Ambiente. Hace unos años la Xunta inició un programa que consiste en recoger huevos de las parejas que criaban en Galicia, incubarlos en el centro de recuperación de fauna silvestre de O Veral, y liberar a los pollos cuando ya tenían capacidad para volar. La experiencia se aplicó también con alguna cría ya nacida. Ahora, la “solución límite” que se está tratando de poner en marcha es la de traer huevos de alguna población silvestre de fuera de la Península. Pero esto aún está estudiándose y, por el momento, el experto dice que lo único que se puede hacer es esperar para comprobar si la última pareja reproductora vuelve a Rozas este año.
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