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La tartaraña y la gatafornela, al borde de la extinción en Galicia víctimas de los eucaliptos y los parques eólicos

Imagen cedida por SEO/BirdLife de un aguilucho cenizo.

Beatriz Muñoz


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“Hay una destrucción de su hábitat masiva y aceleradísima. Y nadie dice nada”. Así resume el biólogo Xabier Vázquez Pumariño los motivos que están llevando a las tartarañas cincentas (Circus pygargus) y las gatafornelas (Circus cyaneus), dos especies de aves rapaces, al borde de la desaparición en Galicia. La repoblación de zonas de matorrales con pinos y eucaliptos, las explotaciones y cultivos intensivos y, para rematar, la instalación de parques eólicos en zonas en las que hay colonias de estos animales, explican casi toda la caída de su población en la última década. El descenso es tan brusco que los expertos consultados indican que ambas especies deberían salir de la categoría de vulnerables y pasar a considerarse en peligro de extinción.

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Cuando Luís Tapia, doctor en Biología, hacía observaciones para su tesis en 2001, era frecuente ver tartarañas (aguiluchos cenizos en otras zonas de España): “Estaban en muchos sitios. Hoy en día es para tirar cohetes cuando ves uno”. A este experto en aves rapaces le preocupa el declive de ambas especies, pero en especial el de esta, cuya situación califica de “dramática”. El “batacazo poblacional” se notó, dice sin dudas, en la última década. No solo hay menos ejemplares, sino que se encuentran en menos sitios. En algunas zonas asegura que ya han desaparecido totalmente.

Vázquez Pumariño, que observa a la tartaraña de forma continua desde 2008 y acumula información también de la gatafornela sitúa el descenso de la población en el 60% en poco más de 10 años. Sus datos indican que de la primera especie había entre 800 y 1.548 parejas en 2002. En 2019 el intervalo estimado era de entre 172 y 287. En el caso de la gatafornela, conocida también como aguilucho pálido, en 2006 se estimaban entre 68 y 119 parejas, frente a las entre 20 y 25 de la actualidad.

Este científico ganó el concurso para hacer un estudio de la población de estos animales en 2008, cuando gobernaba en la Xunta el bipartito. El objetivo era aprobar un plan de conservación que nunca llegó a ver la luz, ni con aquel Ejecutivo ni con los de Feijóo. Ilustra la falta de interés en Galicia por la biodiversidad y, en concreto, por estas dos especies con el dato de que él ha seguido con las observaciones, pero sin apoyos públicos y con algo de financiación de una fundación norteamericana.

La tartaraña y la gatafornela son dos especies de áreas abiertas. No viven entre árboles, sino en terrenos de monte bajo, con matorral, donde hacen sus nidos, y zonas de pastos, donde suelen cazar. La destrucción de uno u otro hábitat tiene efectos sobre estas aves de presa, que crían en el suelo. En Galicia lo hacen entre arbustos y toxos. Las gatafornelas suelen preferir terrenos situados a más altura. “Los matorrales están prácticamente eliminados. La gente se queja: 'todo esto son toxos'. Pues no, no quedan toxeiras extensas”, expone Vázquez Pumariño. También se han reducido las zonas de prado. “Estos dos tipos de hábitats en los últimos 20 años prácticamente han desaparecido”, agrega.

Al monte bajo lo sustituyen plantaciones de pinos y eucaliptos, en especial el Eucalyptus nitens. En los terrenos con pastos hay cada vez más plantaciones de maíz y menos espacios de hierba. Y, como problema adicional, explica el biólogo, está que algunas zonas de matorral que se encuentran en lo alto de las lomas se eligen para instalar aerogeneradores.

“Son especies que van a erradicar de la comunidad”, advierte Vázquez Pumariño. Cree que desaparecerán en los próximos años. Aclara, no obstante, que “las especies son muy resilientes” y puede que algún grupo reducido siga viviendo en territorio gallego. Podrían pasar bastantes años hasta que desaparezca el último ejemplar, pero transcurrirán muchos menos antes de que gatafornelas y tartarañas se conviertan en “una anécdota en la fauna gallega”.

En esto coincide Luís Tapia, que dice no tener dudas de que acabará por no haber ni un solo individuo, aunque “las especies venden cara su extinción”. “A estas les están atizando”, señala. Puntualiza que no son solo las repoblaciones con pinos y eucaliptos las que destruyen su hábitat y apunta a las actividades agroganaderas intensivas o a los cambios en el uso del suelo, como el paso a un cultivo de regadío.

Hace un repaso de la situación por zonas. En la provincia de A Coruña, en donde hace años se veían gatafornelas y tartarañas en la zona de Bergantiños, no quedan. En la de Pontevedra hay algunos ejemplares en la Dorsal Galega. En la Terra Chá quedan “tres o cuatro parejas” en el aeródromo de Rozas y en Ourense, en donde más población había, se nota el fuerte declive. En la Serra do Xurés ha detectado en sus observaciones que la gatafornela casi ha desaparecido. En esta zona había más o menos el mismo número de individuos de una especie y de la otra. Relata una peculiaridad de la población gallega de tartarañas, que es que en torno a la mitad de los ejemplares son “melánicos”, es decir, tienen un color oscuro que hace que los dibujos de las plumas se perciban solo de cerca. De lejos parecen casi negros.

El descenso se nota en toda la península Ibérica y en toda Europa occidental, añade Tapia. Explica que en zonas en donde eran abundantes, como Extremadura, también hay un declive, en ese caso por los cambios en los usos del suelo. En esas áreas, a diferencia de lo que ocurre en Galicia, viven en zonas de cereales y el cambio a los cultivos en espaldera las deja sin espacios. El biólogo señala que los datos que advierten sobre la situación de estas dos especies son conocidos y están al alcance de las administraciones, publicados en revistas científicas. Para frenar su desaparición Vázquez Pumariño es tajante: “Hay que parar las políticas de destrucción de su hábitat”.

Tapia cita también cuestiones como las actividades para abrir pistas y “usos recreativos no adecuados”, como la presencia de quads en los montes, que también alteran el entorno de estas rapaces. En el caso de la tartaraña, agrega que es un ave migratoria, que vuela a África en la época más fría, y que los cambios globales pueden tener también impacto sobre ella. Empezarán a llegar dentro de unas semanas para criar. “Habrá que ver cuántas hay esta primavera”, concluye.

Preguntada por la ausencia de planes de conservación para estas especies, la Dirección Xeral de Patrimonio Natural de la Xunta indica que la protección de los animales amenazados se puede llevar a cabo mediante otro tipo de herramientas, si bien no aclara si aplica actualmente alguna a la tartaraña y la gatafornela. Las propias fichas que se pueden encontrar en el sitio web de la Consellería de Medio Ambiente sobre estos dos animales reconocen la amenaza que supone la transformación de zonas de pastos y matorrales en plantaciones de eucaliptos.

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