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Recuperar la polis

Ante nuestros ojos hemos visto cómo Estados soberanos se amilanaban frente al poder aparentemente omnímodo de los “mercados” y los poderes financieros

Un movimiento tan antiguo como el humanismo puede ser el punto de encuentro de las diversas corrientes transformadoras, desde el feminismo al ecologismo

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EFE

Al contrario de lo que se suele pensar, en la Antigua Grecia el término polis no se refería a la ciudad como concepto estático o delimitador de la urbe, sino a la comunidad política, al conjunto de ciudadanos que la comprendía. Por eso Tucídides habla de polis cuando se refiere a los atenienses lejos de su ciudad en el transcurso de la Guerra del Peloponeso, y por eso Aristóteles puede abstraerse de las ciudades-Estado concretas para explicarnos su Política.

La comunidad de ciudadanos depende, por tanto, no de las fronteras geográficas constituidas por la metafísica de la Historia, sino del compromiso continuo de sus componentes en “un vivir y hacer” juntos. Lo que Ortega denominó como “proyecto sugestivo de vida en común” o Renan, quizá con menos acierto, como plebiscito cotidiano, no son más que derivaciones de esa concepción dinámica del demos que está, o debería estar, en la base de nuestros sistemas políticos. Ahora bien, para que ese sustrato de esperanzas conjuntas y deseos compartidos pueda nutrir a la democracia, se hace necesario que el horizonte de posibilidades esté abierto y que la política pueda operar en él sin excesivas ataduras. Y esto es, precisamente, lo contrario de lo que ocurre en la actualidad de nuestras frágiles democracias constitucionales, constreñidas por factores externos e internos de diversa naturaleza que impiden, al tiempo, poder desplegar una mínima autonomía de la política.

En primer lugar, nunca como hasta ahora las interdependencias globales habían sido tan fuertes y decisivas, sobre todo las económicas. Ante nuestros ojos hemos visto cómo Estados soberanos se amilanaban frente al poder aparentemente omnímodo de los “mercados” y los poderes financieros. El caso paradigmático de la rendición griega nos ilustra a la perfección, además, la nueva forma de operar conjunta que tienen las instituciones supranacionales (troika, etc...) y el capital transnacional, que al aunar sus fuerzas se erigen en un nuevo Leviatán sin límites ni escrúpulos. Y aunque no hay que obviar el papel activo que los propios Estados han desempeñado en la conformación de esas estructuras alejadas de la democracia, lo cierto y verdad es que una vez creadas y dotadas de independencia, éstas se convierten en elementos distorsionadores de cualquier concepción de autonomía política y democrática. El neoliberalismo, incrustado en la tecnocracia de las instituciones y organismos supranacionales, en los dictados aparentemente científicos en materia económica que los nuevos eforados imponen y en la propia articulación interdependiente de la comunidad internacional, se proyecta desde el exterior sobre los Estados y cierra el abanico de posibilidades en el que las políticas de distinto signo podrían desenvolverse. El There Is No Alternative de Margaret Thatcher institucionalizado al más alto nivel.

En segundo lugar, las polis contemporáneas se han visto difuminadas en su misma esencia desde el interior de las propias comunidades políticas. El neoliberalismo, como Laval y Dardot siempre recuerdan siguiendo la intuición de Foucault, no es sólo un conjunto de instituciones, normas y criterios económicos, sino que es también, y ante todo, una nueva racionalidad que impregna todos los ámbitos de la vida. La asunción por parte de los trabajadores de la dedicación plena de sus existencias a la competitividad, vendida falsamente como autorrealización; la subordinación absoluta a los criterios de la competencia exacerbada, elevada a nuevo principio vertebrador del actuar social; la pérdida de autonomía personal en medio del hedonismo consumista desenfrenado o la ausencia de una mínima estabilidad que permita el libre desarrollo de la personalidad y de aspiraciones familiares, constituyen elementos definidores de un siglo XXI desbocado en la marabunta de la inmediatez, la ficción del mundo virtual y el olvido de lo verdaderamente humano. Como magistralmente denuncia el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en La agonía del Eros, el triunfo neoliberal es el caldo de cultivo para un nuevo ser “humano” totalmente deshumanizado, aislado y narcisista para el que ya no hay misterio ni fantasía posibles. Y es aquí, en lo posible, donde desde el interior de la racionalidad neoliberal se derivan las consecuencias más perjudiciales para la polis, pues al aislamiento humano le acompaña el olvido del actuar colectivo y su capacidad, posible, de acción. El desconocimiento popular de los principios más básicos de funcionamiento del sistema político es efecto directo de la creencia, generalizada, de que el Estado y la política son la administración de lo dado, y no el gobierno de lo posible. La fragmentación y disolución de lo humano tal y como lo hemos entendido hasta ahora, con sus concomitancias morales y éticas, tiene también su impacto en la pérdida de adscripción simbólica, y real, con las comunidades políticas a las que se pertenece.

El panorama descrito es, desde luego, desolador. ¿Hay posibilidades de transformación frente a tal situación? Las respuestas hasta el momento han sido dispares y muchas de ellas, posiblemente, erradas o de alcance insuficiente. Una salida ha sido la de, precisamente, optar por la huida. No son pocos quienes, conscientes de la podredumbre que nos rodea, han decidido que el cambio estructural es imposible y que lo más sensato es salirse individualmente del sistema e intentar experiencias propias desde abajo y en círculos muy reducidos. Se evaden de la sociedad en torres intelectuales y urbanas de marfil, o en la neo-ruralidad del contacto directo con la naturaleza y el alejamiento consciente de lo colectivo, y abandonan con ello cualquier posibilidad de actuar político. A no ser que cierta hybris les lleve a creer que su ejemplo será seguido por millones de sus conciudadanos y que en unas décadas el mundo cambiará radicalmente gracias a la generalización del auto-exilio, su respuesta no dejará de ser ineficaz e insuficiente a escalas más amplias. Salirse de la polis puede ser loable en el plano ético o personal, pero no es la mejor opción si lo que se desea es recuperarla para cambiarla.

Otra salida, más contundente, ha sido la de la repolitización en clave estatalista, es decir, la de intentar recuperar la autonomía de la política frente a los factores externos e internos del neoliberalismo deshumanizador y disgregante desde el regreso al ideal del Estado-nación. Aquí nuevamente puede haber, no obstante, un error en el alcance de la perspectiva y del plan de acción deseado, puesto que se tiende a rechazar de plano el proceso de mundialización en el que estamos insertos y las interdependencias globales que nos rodean, sin discriminar los elementos positivos de los negativos. La globalización ha difuminado la autonomía política y las soberanías, pero ha permitido que conozcamos e integremos al “otro” con mayor facilidad. La interdependencia de los Estados les ha privado de su libertad de acción, pero también ha menoscabado su posibilidad de guiar ésta hacia el enfrentamiento mutuo o la vulneración sistemática de los derechos humanos. La polis, decíamos con los griegos, no tiene unas fronteras imbatibles ni está constreñida por rígidas geografías, y es evidente que hoy vivimos en múltiples polis que se superponen en una comunidad global de intereses, preocupaciones y retos que no pueden abordarse, individualmente, desde el limes de los Estados tradicionales. Al mismo tiempo, esta apuesta por la re-nacionalización para conseguir la deseada (y necesaria) repolitización puede desplazarse rápidamente, y sin apenas avisar, por los conductos despreciables de la xenofobia y la extrema derecha. El auge de los nacionalismos en Europa nos da buena cuenta de ello, y en el fondo, lo comprobaremos, da igual que vengan bendecidos por ideales progresistas o por esperanzas transformadoras, pues el sustrato del que parten y que les nutre es siempre el mismo: la construcción artificial de un “otro”, el rechazo irracional a su misma coexistencia y la elevación solipsista del “yo” a categorías ontológicas de difícil encaje democrático (e intelectual).

Por ello, si la autoexclusión de la comunidad, ya sea individual o nacional-estatal, no es un remedio adecuado, ¿qué posibilidad nos queda? Una salida óptima, pero muy difícil en su consecución, puede consistir en potenciar la repolitización, elemento en común que sí tienen las dos respuestas anteriores, pero canalizándola a través de un proceso de recuperación de la polis que parta de la constatación, comprometida, de las mutaciones que han acaecido en su seno, de las extensiones que ha experimentado y del nuevo dinamismo que proyecta. Una recuperación de la autonomía de lo político que incida en el significado de su propia necesidad, a saber, la de que quienes se vean afectados por las decisiones sean al mismo tiempo sus principales hacedores, sin exclusiones nacionales, identitarias o auto-impuestas. La apuesta por una democracia transnacional, multinivel, donde las estructuras supranacionales como la Unión Europea sean rediseñadas para la ciudadanía y la democracia, no para los inversores privados y los mercados. La confianza en la concurrencia de identidades, en el intercambio de perspectivas y modos diversos de ver el mundo, asentada en un respeto mutuo que se aleje de cualesquiera pretensiones nacional-excluyentes.

Claro que, para conseguirlo, hace falta laminar previamente las condiciones subjetivas que nos ha impuesto internamente el neoliberalismo desde su nueva racionalidad. Aquí se hace necesario que quienes quieran liderar un proyecto de transformación política para salvaguardar la democracia que fenece sean conscientes de que sin un cambio previo, y contundente, en el actuar y pensar individual no se puede alcanzar ninguna meta. La re-humanización del ser humano, la necesidad de que se aleje de los círculos autorreferenciales y de que rechace la mercantilización de la vida desde nuevas perspectivas sociales, son algunos de los elementos indispensables que han de centrar el cambio deseado. Y aquí hay que ser verdaderamente transversales y abiertos: las formas tradicionales de vida, la familia y ciertos criterios conservadores pueden ser más revolucionarios y anticapitalistas que algunas opciones hipsterizantes de los sectores urbanitas, por muy de izquierdas que se autoproclamen y muchas películas de Jean-Luc Godard que vean.

Un movimiento tan antiguo y posiblemente tan conservador para algunos, como el humanismo, puede ser el punto de encuentro de las diversas corrientes transformadoras, desde el feminismo al ecologismo. La universalidad de conocimientos, el valor de la palabra, la consideración del ser humano como un fin y no como un medio, el énfasis en lo que une a las colectividades humanas y no en lo que las diferencia, el rechazo a la mercantilización y la centralidad de la persona en todo actuar, pueden ser los mejores instrumentos para recuperar la polis; para recuperar, en definitiva, nuestras propias vidas.

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