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El imposible retorno al pasado de la izquierda

La lucha contra la desigualdad material desde un regreso al campo de lo económico no nos puede hacer olvidar los otros dos grandes retos de nuestro presente: el cambio climático y la atomización social

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Comienza la manifestación convocada por CCOO y UGT del 1 de mayo en Madrid

Manifestación del 1 de Mayo en Madrid EFE

En los últimos tiempos parece haberse instalado en el seno de la izquierda un debate complejo, amplio y rico, con múltiples matices, sobre la necesidad de regresar al campo de lo económico como eje central de lucha política. Desde algunos sectores se está comenzando a poner en entredicho la predominancia que los discursos y problemas culturales, simbólicos e identitarios han tenido para el espectro progresista en las últimas décadas, aun admitiendo que los mismos pueden complementar y enriquecer el objeto central de disputa, que no sería otro que las injustas relaciones de poder económico que se dan en nuestras sociedades. Bienvenido sea el debate, bienvenida esa nueva necesidad de pensar y de pensarnos que nos ofrezca nuevos instrumentos y nuevos conceptos para encarar los retos del presente y de un futuro cada vez más sombrío. Pero, como en todo giro, se corre el peligro de que el mismo no incorpore una novedad radical que lo haga merecedor de tal, sino una pretendida vuelta al reino feliz de los tiempos pasados que puede acarrear, a la larga, peores consecuencias que la indiferencia.

El último anuncio del partido laborista británico es sintomático. Nos presenta a unos trabajadores cansados de vivir en el extrarradio, cansados de la falta de certezas laborales y de salarios depauperados, y se nos promete como remedio un programa keynesiano de inversión, de empleo y de construcción. Un anuncio que podría perfectamente ser protagonizado por el Attlee de posguerra o por el Labour de los gloriosos treinta años del Estado social y de su capitalismo atenuado (1945-1975). Una vuelta a lo material, sí, pero que no nos dice nada sobre cómo afrontar los que, humildemente creo, son hoy los dos de los grandes desafíos a los que tenemos que enfrentarnos  y a los que la izquierda tiene que hacer también frente. Desafíos que no se daban con la crudeza de su realidad más palpable en esos treinta gloriosos ni en los vertiginosos comienzos de un Estado social al que ahora, ilusoriamente quizá, se intenta volver tras la luna de miel identitaria. Me refiero al cambio climático y a la deshumanización imperante en nuestras sociedades que es inherente a su atomización.

En primer lugar, el gran reto de la preservación de nuestras condiciones mismas de existencia se nos presenta como una amenaza cada vez más contundente. Los datos son todos los años peores, y las proyecciones más halagüeñas son también peores que las otrora más catastrofistas. El mundo se dirige a escenarios de incertidumbre ambiental abocado por un sistema económico capitalista que todo lo devora y que destruye sin piedad el medio que le da sustento. La lucha contra el cambio climático debería ser una de las primeras y más grandes banderas que abanderara cualquier proyecto que quiera predicarse de izquierdas, y en ese giro hacia lo material ello no puede ser olvidado. No se puede prometer seguir ampliando nuestras abarrotadas ciudades, seguir abriendo fábricas y creando empleos de los años cincuenta, cuando el medio mismo en el que todos esos factores pueden desenvolverse está inmerso en una degradación profunda. Si la vuelta a lo económico no se desprende del discurso falsamente desarrollista que se sustenta en un crecimiento ilimitado que permite, a su vez, un consumo desaforado, el giro puede que no haya valido la pena siquiera pensarlo. Defender un nuevo modelo productivo, no sólo respetuoso con el medio ambiente sino activo enemigo del calentamiento global, es indispensable. Y sobre ello, lamentablemente, nada dice el anuncio del Labour.

En segundo lugar, el relativo alejamiento de la centralidad de lo cultural como campo de lucha no ha de hacernos olvidar que las causas últimas de los problemas sociales se dan principalmente, también, en el campo de lo simbólico. Como tan brillantemente está denunciando Byung-Chul Han en estos días, la sociedad líquida de la incertidumbre, de lo inestable y de la hiperconectividad está entrando a una velocidad vertiginosa en escenarios deshumanizadores donde lo otro, como otredad misma a la que respetar, se está olvidando. La elevación narcisista del Yo, aupada por la mala utilización de las redes sociales y la permanente instantaneidad, está dinamitando lo poco que quedaba del foro público en el que el debate libre, bien fundamentado, sirve de base a la democracia. Sólo siendo capaces de construir nuevos sujetos sociales, conscientes de sí y con vínculos políticos sólidos, seremos capaces de luchar contra los riesgos que se nos presentan y por los ideales que siempre han presidido la larga historia de emancipación y libertad. A día de hoy, sin embargo, la construcción de esos sujetos es difícilmente alcanzable si lo colectivo se ha difuminado en un mar sinsentido de egos que no piensan, que no leen, porque no tienen tiempo o porque el tiempo que tienen no saben cómo emplearlo. Y sobre ello, nuevamente, el anuncio del Labour nada dice ni nada anuncia, lo cual es aún más preocupante dada la avanzada crisis de valores en la que está sumida, desde hace tiempo, la sociedad británica.

El peligro de que el giro hacia lo económico de la izquierda se circunscriba a lo puramente material, asociado a ideas de crecimiento y falso bienestar de consumo, no es una advertencia basada en la pura abstracción. En América Latina, algunos gobiernos de izquierda triunfantes consiguieron desde el poder político sacar a millones de personas de la pobreza, sí, pero ese logro tan loable se difumina cuando tales millones han pasado a engrosar las filas de unas clases medias cada vez más individualistas que se dedican al consumo voraz como objeto mismo de vida. La sucesión interminable de centros comerciales y de asfalto, en calles ajenas a cualquier concepción de lo humanamente habitable, ha avanzado en urbes cada vez más insostenibles gracias, también, a algunas políticas de izquierda basadas en el puro crecimiento y en el pretendido bienestar material. No es de extrañar que esa nueva clase media latinoamericana, olvidando su origen y sin nivel alguno de politización, les haya dado la espalda a sus antiguos valedores. 

Si la izquierda, por tanto, quiere tener un proyecto integral, mínimamente cohesionado y sobre todo, coherente con los ideales de igualdad y libertad que están en la base de su objetivo emancipador, debe alejar de su giro hacia lo económico el paradigma del materialismo consumista y del crecimiento sine die. Pensar y defender un nuevo modelo económico y social, más humano y menos mercantilista, nos permitirá reducir los riesgos inherentes a una contemporaneidad desbocada que no encuentra asidero, rodeada de la autorreferencialidad de la instantaneidad, en su caída precipitada hacia el abismo de la incertidumbre. Y en éste no valdrá ni la izquierda ni la derecha…porque ya no podremos hacer nada.

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