Las fotógrafas iraníes se parecen mucho a las nuestras

My Isfahan Series (Ghazaleh Hedayat, 2002).

¿En qué se parece Cristina García Rodero a la iraní Hengameh Golestan? Las dos nacieron en los 50 y ambas han capturado con su objetivo escenas de bodas. Yuxtapuestas unas a otras, cuesta distinguir qué fotografía es de cada artista. Ni la una había oído hablar nunca de la otra, ni la otra de la una. Se conocieron por primera vez en la inauguración de la exposición 'Miradas paralelas', organizada por la Asociación Cultural del Mediterráneo Occidental en el centro cultural Conde Duque (Madrid).

La muestra reúne la obra de seis parejas de fotógrafas españolas e iraníes que han creado universos creativos muy similares. ¿Serendipia? “Ahora nos reímos de las casualidades, pero son muchas más cosas las que nos unen que las que nos separan”, dice García Rodero. Su homóloga iraní la mira sin entender ni una palabra y, tras la traducción de rigor, se ríe: “¡Si hasta nos parecemos físicamente!”.

Un encuentro casual que, sostiene una de las comisarias, quizá no lo es tanto. “Todas ellas me emocionan y a todas agradezco que creyeran desde el principio en el misterio y la fascinación de esa forma de mirar”, dice Zara Fernández de Moya. Tal vez estamos ante la potencia de la subjetividad universal de la que hablaba André Breton en sus Vasos comunicantes. O no. Juzguen ustedes.

Irán tiene mucho de onírico

Un lugar en medio de la nada habitado por seres arrancados, de sus casas tras el terremoto -como retrata Isabel Muñoz (1951) en Bam- o de lo que quiera su imaginación -como sugiere el Irán, Untititled de Gohar Dashti (1980)-. Ambas, tan distantes en el tiempo y en el espacio, nos muestran un país desierto y rociado de onirismo que aporta más interrogantes que respuestas. “Tenemos una idea muy confundida de Irán y de su gente, tenemos que vernos y verlos. En la destrucción y en la muerte siempre hay vida y dignidad”, defiende Muñoz.

La opresión siempre asfixia

Angustia en la oscuridad pero también en la luz. Soledad Córdoba (1977) y Shadi Garidian (1974) nos acercan a un universo de opresión cuya víctima es siempre una mujer, con o sin velo. “Quiero mostrar que las mujeres son lo suficientemente fuertes para enfrentar todos esos obstáculos”, dice Garidian mientras mira de reojo las obras de su gemela española. “Siento que estas fotos son como mías”. La Miss Butterfly de la iraní mira a los ojos al Atelier de Córdoba: comparten sueño, anhelan desprenderse de las ataduras.

Ceremonias irrepetibles

La pareja Rodero-Golestan bien se ha ganado el mérito de capturar ceremonias únicas metiéndose dentro de ellas. Hasta las trancas: en la casa de la novia, en el coche entre pompones, en medio del baile con unas copas de más... Porque una boda, dicen, es una boda. Aquí y en Irán. “Las religiones en el fondo no son tan diferentes”, sentencia García Rodero. La artista encuentra sin parar concomitancias con su compañera, por ser fotógrafa pero sobre todo por ser mujer. “Hemos tenido mucho más acceso a ciertos momentos privados. Se presupone de nosotras que no provocaremos líos ni haremos cosas indebidas”.

Fantasmas de muchas capas

Amparo Garrido (1962) y Rana Javadi (1952) baten en duelo a los fantasmas reales (When You Were Dying) y a los del inconsciente (Ventanas, papeles y Hombre del Saco) en un escenario de colores violentos y estampados florales. La batalla se produce entre las muchas capas que componen sus obras, con un regusto a collage. “Las composiciones son muy diferentes, pero todas tienen algo de fantasmagórico, de misterio. La foto no es solo para el disfrute estético, también hay que preguntarse cosas”, afirma Garrido.

El trazo poético de la luz

“Estoy cansada de que nos sermoneen con las limitaciones de las mujeres”, vomita Ghazaleh Hedayat (1979) tras un rato hablando de sus composiciones. Las fotos de My Isfahan Series se antojan metáforas cercanas a la abstracción plástica que juguetean con la luz y el color de los paisajes interiores. Mayte Vieta (1971) libera al exterior su cámara en Corredores de luz y sigue jugando.

El refugio de los héroes anónimos

Los seres sufrientes están por todas partes. En el universo creativo creado por María Zarazúa (1974) en A propósito de Eri, habitan en pequeños espacios urbanos, pequeños refugios íntimos. Se pueden ver, yendo al extremo, como purgatorios que también frecuentan los personajes de las fotos de Newsha Tavakolian (1981) en Look: jóvenes de clase media que luchan contra una sociedad alienante. Y lo que es peor, contra sí mismos.

'Miradas paralelas' puede verse del 11 de marzo al 15 de mayo en la Sala Sur del centro cultural Conde Duque. Miradas paralelas

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