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Sacamantecas, el primer asesino de mujeres de la historia de España con el que se asustaba a los niños para que obedecieran

Javier Zurro

7 de noviembre de 2026 22:41 h

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A varias generaciones de niños se les asustó con la llegada del Sacamantecas. Sus padres, para que se portaran bien y obedecieran, les decían que si no lo hacían vendría el Sacamantecas y se les llevaría. Una nueva variante del hombre del saco, del coco y de todos los mitos con los que se intentaba meter en vereda a los chavales cuando no hacían caso. Pero detrás de cada mito hay una historia, y muchas veces lo que esconden es cómo una sociedad reconvirtió en leyenda algo que debería haber señalado y puesto en el foco. 

En el caso del Sacamantecas se trata del primer asesino en serie de mujeres de la historia de España. Se llamaba Juan Díaz de Garayo, era analfabeto, y durante la Guerra Carlista, a finales del siglo XIX a las afueras de Álava, mató a seis mujeres. ¿Cómo es posible que aquel acto de violencia machista se convirtiera en relato infantil? En aquella pregunta estaba uno de los intereses del cineasta David Pérez Sañudo en contar la historia real del Sacamantecas. Tras dos películas autorales y de una dimensión mucho más íntima (Ane y Los últimos románticos), Sañudo acomete el reto de contar la historia del mito en una producción mucho más ambiciosa, Sacamantecas, que ya se puede ver en los cines. 

Lo logra gracias a su mirada, que comienza con un homenaje a Centauros del desierto, y a una rigurosidad que le ha hecho plantearse cada escena para no repetir la violencia que ya sufrieron aquellas mujeres. Siempre consideró algo “utópico” la idea de hacer una película sobre el Sacamantecas. Creía que la gente conocía el mito, pero “desconocía lo que había detrás”. “Pero al mismo tiempo nos autocensurábamos pensando que era imposible que hiciéramos una película ambientada en el siglo XIX. En los últimos años, quizá nos hemos legitimado un poco más y hemos notado que había un anhelo institucional o un deseo de que esta película existiese. Poco a poco hemos ido profundizando y encontrando la manera en la que la queríamos contar o transmitir”, explica. Al final, su intención no era solo hablar de ese personaje al que interpreta Antonio de la Torre, sino realizar “un mosaico del siglo XIX apoyándonos en ese personaje tremendamente mitificado”.

Por eso, aunque las agresiones contra esas mujeres sea el centro del relato, quería que la ferocidad de ese momento histórico se trasladara en cada plano. “Queríamos que todas las escenas estuviesen atravesadas por la violencia. Por ejemplo, cuando el personaje de Eneko Sagardoy le dice a su sobrina que aprenda a silbar y gritar ayuda, pero que lo haga en castellano, hay también una violencia a través de la imposición de una lengua. Queríamos insinuar que todo el rato hay violencias y dominios de clase o laborales, pero también la propia guerra, o del declive de las instituciones…”, explica. 

Una de las cosas que más le sorprendió en su investigación fue que el cuerpo de alguaciles no quería investigar las muertes de estas mujeres. Por ser mujeres, por ser de clase baja o por ser prostitutas. Los cuerpos de las mujeres como algo hasta desechable por la sociedad. Ese silencio, el de la gente ante lo que ocurre, cree que ha permeado hasta nuestros días y que es uno de los ecos de Sacamantecas que resuenan en el espectador actual. “En tiempos de guerra importaba poco la muerte de una vendedora ambulante de estrato social bajo. Era una época y un territorio muy tradicional, en el cual se enfrentaba en esa guerra el conservadurismo y una propuesta de España que era aún más conservadora. Esa idea creíamos que había que explorarla y desarrollarla”, avanza.

Sacamantecas era un asesino, pero también un personaje que pertenecía a un territorio en disputa. En cuanto la dimensión social adquirió relevancia, la película tomó un tono diferente

Querían que ese diálogo de pasado y presente fuera “constante”, pero tampoco querían ser “maniqueos”. Había muchos riesgos en el proyecto. Uno era “no humanizar al asesino”, aunque sí quisieron remarcar el hecho de que fuera “un analfabeto afectado por la carencia en todos los sentidos”. Al espectador le quieren lanzar un mensaje incómodo. “Tú me has estado demandando ver una película sobre el Sacamantecas y la quieres ver en términos espectaculares, pero hazte cargo de que tú también has contribuido al olvido de las víctimas y de haber aceptado una placa de homenaje a un asesino por el mero hecho de ser asesino y que eso también es violencia y violencia institucional [hay una placa indicando donde descansan sus restos en una fosa del Cementerio de Santa Isabel de Vitoria-Gasteiz]. Nosotros, como parte de la sociedad civil, también somos corresponsables”, subraya.

Su idea siempre fue “visibilizar a las víctimas”, pero hacerlo “hilando muy fino para poder aportar algo diferente en un tema tratado con mucha inteligencia en otras películas”. Su apuesta es por la sequedad, y dándole el punto de vista de la película a la hermana de una víctima (Patricia López Arnaiz) que acude al entierro. Ella y el contexto histórico se convirtieron en las claves para conseguir que Sacamantecas “hablara de lo que somos hoy en día”. “Por ejemplo, es el germen de lo que luego será el nacionalismo vasco”, recuerda. “Empezamos a pensar que el Sacamantecas era un asesino, pero también era un personaje que pertenecía a un territorio en disputa y de un territorio muy conflictivo. En cuanto la dimensión social comenzó a adquirir relevancia, la película fue tomando un tono diferente”, señala.

Uno de los elementos importantes era alejarse del true crime, de los postulados de un género manido y que suele caer en el sensacionalismo. Para Pérez Sañudo en la producción actual, especialmente en plataformas, “hay un exhibicionismo de la muerte, de lo truculento, de las mujeres víctimas”. Cree que no es suficiente advertir con un cartel antes diciendo que está basado en hechos reales, o que las imágenes que se van a ver son violentas, gestos que cree que son “para lavarse la conciencia”. La responsabilidad del autor es pensar cómo mostrar o no mostrar esa violencia. En esa discusión sobre la puesta en escena siempre tuvo claro que no querían “apoderarse de la mirada del siglo XXI para protegerse detrás de ella”.

Él mismo se dio cuenta de que buscando información no aprendía sobre esas mujeres, sino que solo estaba buceando en los archivos sobre el Sacamantecas. “Ya hay un dilema moral cuando empiezas a ser consciente de eso”, apunta. Ahí nació uno de los grandes hallazgos del filme, y es que “por mucho que sea una película ambiciosa y de presupuesto elevado, no se podía dinamitar la forma de afrontar esas temáticas”. “Para nosotros la honestidad siempre ha estado en primer término. Lo conseguiremos mejor o peor, pero queríamos que el espectador piense todo el tiempo, que no esté sintiendo, que no estemos espectacularizando todo el tiempo, sino que le obliguemos a alejarse, al menos puntualmente, para tratar de interpretar lo que la película sugiere”, analiza. 

Debatieron mucho sobre cómo representar la violencia, porque eran conscientes de que en géneros como el terror se ha glamourizado la violencia hacia las mujeres. Llegaron a una conclusión: “Solo íbamos a mostrar la violencia sobre las mujeres, la violación y el asesinato una vez, y lo íbamos a mostrar desde mucha distancia. El resultado era violento. Las razones que teníamos eran poderosas, pero también era arriesgado. Tuvimos que hacer algunos pases para ver cómo se percibía, y sentimos que todas las mujeres que lo veían nos dijeron que teníamos que mantener esa secuencia. Curiosamente, los pocos comentarios de rechazo en lo que se refiere a esa secuencia inicial en la película que recibíamos eran de chicos, y jóvenes. Eso nos hizo pensar en algún tipo de identificación, en cierta corresponsabilidad desde la pasividad. Le hemos dado muchas vueltas. Pero hemos tratado de que esa violencia que el espectador espera que se ejerza sobre la mujer, solo la veamos sobre él, sobre el asesino, al final de la película”.