Fieramente humano
Es posible que la poesía siga siendo “un arma cargada de futuro”, como afirmó Gabriel Celaya en Cantos iberos; posible y conveniente para esa nave llamada Humanidad que siempre va orzando contra su propio viento, a punto de detenerse al primer error; pero si lo es, cosa de la que no tengo la menor duda, se debe a que algunos y algunas poetas se suman al tomar “partido hasta mancharse” del autor de Hernani y al intenso amor por la vida de un gran amigo suyo, Blas de Otero, de quien este domingo se cumplen un siglo y diez años de su nacimiento. “Para qué tantos libros, tantos papeles, tantas pamplinas” —escribió en Expresión y reunión— cuando se puede “callejear a la deriva” y vivir el verdadero libro, uno “de tamaño natural/ lleno de gente, tiendas, puestos de periódicos, casas en construcción/ y otros versos”.
Aquel magnífico poema, cuya presentación lo dice todo (“Dios nos libre de los libros malos/ que de los buenos ya me libraré yo”), es uno de los mejores cantos a la literatura que se han hecho desde la necesidad de “cambiar la vida” (Rimbaud) y la de cambiar el mundo. No es casual que, al hablar de las cosas realmente bonitas de la existencia, empiece con “una pierna de mujer/ la izquierda a ser posible” y acabe en “un buque norteamericano caído en poder del enemigo”. Cántico espiritual, Ángel fieramente humano, Ancia, Redoble de conciencia: se equivoca quien afirme que Blas de Otero hila más fino en ellos que en Pido la paz y la palabra o, por ejemplo, Historias fingidas o verdaderas, de título cervantino y nexos feroces: tan pronto arranca con un verso de Machado (“se borra el camino”) para advertir del peligro de que “se desparramen los cadáveres” como salta a la guerra de Vietnam, nos sitúa frente a una víctima “con el pecho y el vientre impecablemente reventados por una bomba de fragmentación” y añade que los mira y le parece “que esperan, bajo los cielos/ verse una tibia mañana/ cubiertos de brotes nuevos”, tirando esta vez de Juan Ramón Jiménez.
Tal vez se entienda mejor su carácter y su propia concepción de la poesía a partir de la cita que eligió para su antología de 1963, publicada originalmente en San Juan de Puerto Rico. Dice así, en la traducción del texto original: “Esto no es un libro./ Quien vuelve sus páginas, toca un hombre” (Walt Whitman, Hojas de hierba). Aunque no sea relevante desde el punto de vista del sentido de los versos, que además dan título a la compilación, muchos se darían cuenta de que había quitado algo importante, la primera palabra de todas, el sujeto a quien el poeta de West Hills se estaba dirigiendo: “camarada”, claro está; y eso, siendo como era comunista y teniendo una relación intensamente personal con Cuba. Pero a Blas de Otero, como a todos los autores grandes, le gustaba jugar. Esa ausencia es, al mismo tiempo, juego literario y manifestación de la importancia del contexto histórico —empezando por el individual— en cualquier obra, porque si hubiera puesto “camarada, esto no es un libro”, más de uno y de una habría pensado absurdamente que estaba enfatizando en exceso su ideología.
En una entrevista de 1968, que apareció primero en Ínsula y poco más tarde en España Republicana (ver La poesía histórica de Blas de Otero, de Elena Perulero Pardo-Belmonte), nuestro gran poeta cerró el falso debate entre “poesía social” y cualquier otro tipo de poesía con una facilidad digna de aplauso; Antonio Núñez le preguntó si concebía la creación poética “dentro del partidismo” o la consideraba inaceptable y, tras dejar claro que lo “importante es que el poeta sienta unos temas con plena fuerza y sinceridad”, Blas de Otero sentenció que, a partir de dicha condición, no hay diferencia entre un poema “en defensa del pueblo vietnamita” y un “poema de amor”, por la sencilla razón de que serían lo mismo. Lo esencial para él era, lógicamente, el idioma; su valor, su peso, hasta dándole matices tan políticos como los de En castellano, que no se publicó en España hasta 1977. Y con una puntualización que también aparece en sus Historias fingidas y verdaderas: “que nadie se salva por un libro sino apostando todo a una palabra, la única que escoge el poeta a cambio de su propia vida expresada”.
Quienes duden de su vigencia en la actualidad, lo tiene tan fácil como leer o releer alguna de las obras que he citado o alguna de las que he dejado en sus márgenes (cosas del espacio y la intención). Me atrevo a afirmar que no perderá el tiempo y, sobre todo, que se volverá a topar con la máxima de que un buen poema suele tener el cuerpo en el futuro, con independencia de dónde clave las uñas de los pies. Celaya acertaba en Cantos íberos al hablar de la poesía, y no hay contradicción entre eso y el hecho difícilmente discutible de que, “el mundo, siempre bello” brilla “sin conciencia” tras muerte del poeta (Paz y concierto). Y sin embargo, por muy indiferente que sea tal destello, Blas de Otero no ha dejado de hacer lo que prometió aquí: “Cuando yo muera, el cartero continuará trayéndome cartas durante algunos días. Y yo contestaré a esas cartas, poniendo fecha atrasada”.
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