Ni hombres lobo ni vampiros: lo más terrorífico de la literatura es el miedo a quedarte sin casa
Alguien cierra la puerta de su piso, echa la cerradura y se queda a oscuras en el pasillo. Es entonces cuando entra en pánico, pero no tiene miedo de que un fantasma salga del armario o de que los peluches cobren vida. Lo que de verdad le quita el sueño es la mancha de humedad en el techo que no puede pagar o la idea de que no llegar a fin de mes le deje en la calle. Un escenario tenebroso que bien podría ambientar una de las novelas de terror de Grady Hendrix, quien ha escrito sobre la pesadilla del mercado inmobiliario y ha reconocido que “la ansiedad económica es lo que alimenta las novelas de casas encantadas”.
“Lo peor que le puede pasar a alguien es quedarse sin casa”. Así de tajante fue el autor de Cómo vender una casa encantada a través de un vídeo en Instagram donde recomienda leer Ofrendas de verano. Se trata de una obra que demuestra que el miedo a que el propio hogar se convierta en una trampa de deudas no es nuevo. En la década de los 70 en EEUU, miles de familias de clase media huyeron de la delincuencia de las grandes ciudades buscando el paraíso en las afueras. Sin embargo, las idílicas construcciones que encontraron estaban levantadas junto a ríos contaminados o tenían cuentas pendientes, un engaño que inspiró la novela de Robert Marasco.
“La casa encantada en sí misma no solo es un espacio de horror, sino que es también una protagonista, un monstruo en sí”, declara Rosa María Díez Cobo a elDiario.es. La filóloga, profesora de la Universidad de Burgos, lleva años analizando la figura del monstruo en la literatura contemporánea. Sin embargo, mientras otros se centran en hombres lobo, zombis o vampiros, la experta se ha especializado en estas edificaciones porque “las casas encantadas son hijas de su contexto y reflejan muchas inquietudes y miedos”. Son lugares que, en lugar de cumplir siempre con su función primordial de dar refugio y tranquilidad, se tuercen y se desvían de manera fantasmagórica.

Mientras los zombis o los vampiros experimentan picos de popularidad irregularmente, yendo más allá de la literatura y dominando la cartelera de los cines durante periodos de tiempo concretos, las historias que giran en torno a viviendas malditas logran mantenerse estables año tras año. Es algo que se debe, principalmente, a que la residencia es como la segunda piel del ser humano, el espacio íntimo donde el individuo se muestra más vulnerable y oculta sus mayores dramas. “La casa es un hogar y, por lo tanto, una protección, pero a la vez alberga los mayores horrores reales, como abusos y maltratos. El morbo viene de eso”, explica Díez Cobo.
La crisis de la vivienda, por ende, forma parte de la angustia que se percibe entre sus cuatro paredes, sobre todo en un momento en el que encontrar un piso digno se ha vuelto una misión imposible. En su ensayo Infestación, la investigadora Erica Couto-Ferreira analiza cómo los miedos económicos han ido moldeando la evolución cultural de estos edificios tenebrosos. Un ejemplo es La casa de al lado (1978), obra en la que la escritora Anne Rivers Siddons presenta una vivienda de lujo recién construida en una urbanización de las afueras de la ciudad. El terror allí no procede de espíritus, sino de la ambición de las familias de clase acomodada y el horror a perder su posición económica.
La “casa consciente”
Estas viviendas insólitas también puede dividirse según la forma en que son representadas en la literatura. Rosa María Díez Cobo utiliza el término de “casa consciente” para referirse a aquellas que dotan de pensamientos y de voz propia. Un precedente en nuestro idioma es La casa (1954), escrita por el argentino Manuel Mujica Lainez, donde un palacete de Buenos Aires relata su propia demolición y evoca con melancolía su pasado. Es una obra que inspiró a la autora barcelonesa Mercedes Abad en su novela ilustrada Casa en venta (2020), donde el apartamento protagonista sufre por su incapacidad para comunicarse con los dueños o retener a inquilinos estables.

Lo interesante del libro de Mercedes Abad es que otorga vida a un piso ubicado en la periferia industrial de una ciudad, rodeado de solares y al lado de una central térmica. Esto permite reflejar los estragos que ha causado la burbuja inmobiliaria en los extrarradios de Barcelona y la consecuente gentrificación de los centros urbanos, pues la casa sufre la tristeza de verse convertida en una simple mercancía especulativa a la que se le pone precio, perdiendo así su alma. Mercedes Abad hace que el lector vea y sienta el mundo a través del hormigón, mostrando la deshumanización que dejan las leyes del mercado inmobiliario.
Díez Cobo sostiene que, debido a la crisis de la vivienda, los lectores contemporáneos interpretan las obras de forma más política que hace 20 o 30 años. Sin embargo, es algo que irá en aumento no solo por parte de quienes disfrutan de los libros, también por parte de quienes los escriben. “Es un problema que no solo pasa en Madrid o en grandes capitales y no tardará mucho en reflejarse en más obras artísticas. Es un fenómeno que, aunque se viene fraguando desde hace años, es ahora cuando está explotando con fuerza: toda la crisis del alquiler, los precios y condiciones excesivas...”, detalla la experta, asegurando que se publicarán más historias sobre esto en un futuro no muy lejano.
La casa, que puede ser un sitio protector que te protege frente a la hostilidad social, es al mismo tiempo una cárcel de la que no se puede salir
Asimismo, echar un vistazo al interior de una vivienda hace imposible ignorar el sesgo de género y la violencia machista que ocurren en ella. “El espacio tradicional de una mujer es la casa, por lo que de alguna manera es su feudo, pero también su prisión”, alega Díez Cobo. “Es el lugar que se le ha impuesto, por lo que este espacio, que puede ser un sitio protector que te protege frente a la hostilidad social, es al mismo tiempo una cárcel de la que no se puede salir”, señala la experta, agregando que, “dentro de ese espacio, la mujer no ha sido la voz poderosa, sino que ha sido una voz sometida por las voces masculinas de la sociedad patriarcal”.
Esta misoginia se refleja en El empapelado amarillo (1892), de la autora norteamericana Charlotte Perkins Gilman. Se trata de un cuento que ya incluso en el siglo XIX ponía el foco en los abusos que pueden darse dentro de una casa, en este caso a través del encierro forzado de la protagonista por parte de su marido, lo que acaba derivando en que ella se obsesione con el espantoso papel tapiz amarillo de su habitación y poco a poco pierda la razón. “Enseña la ambivalencia de un espacio que te es asignado, que se te considera propio, pero que alberga todos los males de la sociedad y la posición secundaria que se espera de ti como mujer”, indica Rosa María Díez Cobo.
De los libros a la gran pantalla
El relato Céntrico, dos habitaciones, fenómenos paranormales, que el novelista sevillano Isaac Rosa publicó en este mismo periódico en 2019, también señala cómo la urbanización madrileña, que tanto encanto muestra hacia los turistas, esconde en el interior de sus hogares las consecuencias que este turismo produce para quienes viven allí. El texto aborda el problema de la turistificación en las ciudades a través de una casa encantada cuyos inquilinos, que llegan de visita a la capital, no saben cuál es el motivo de los sucesos sobrenaturales que ocurren en ella. El texto se acabaría adaptando a la gran pantalla a través del cortometraje Céntrico de Luso Martínez, nominado a los Goya.
De hecho, aparte de la literatura, el cine también ha sabido captar la deriva de las grandes ciudades, utilizando los espacios domésticos como metáforas de la precariedad social. En la película de terror Barbarian (2022), del director Zach Cregger, la casa protagonista se sitúa en un barrio completamente abandonado de Detroit, una urbe que ha sufrido la desindustrialización. La película muestra cómo la degradación de un vecindario entero da lugar a monstruos nacidos de la miseria más absoluta, convirtiendo la vivienda en un termómetro que mide la decadencia de una población devorada por el sistema económico.
En España, el año pasado se estrenó Decorado, una fábula que refleja la “crisis” de una sociedad en la que “es muy difícil escapar del dinero”. Dirigida por Alberto Vázquez y expandiendo el cortometraje por el que ganó un Goya en 2017, la cinta explora desde la problemática laboral que impulsa la adicción al trabajo hasta el susto constante por no llegar a fin de mes para pagar el alquiler, como sucede al protagonista. En una entrevista para elDiario.es, el cineasta señaló que “nuestro valor es lo que consigamos económicamente”. Por ello, mientras la vivienda siga siendo un bien de lujo inalcanzable, el arte de lo insólito seguirá recordando que el peor de los miedos es quedarse sin un sitio en el que dormir.
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