Es un museo, no el armario de Kim Kardashian

Kim Kardashian viste el atuendo que lució Marilyn Monroe en 1962

Peio H. Riaño


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Las imágenes del equipo de Kim Kardashian forzando el vestido de Marilyn Monroe para adaptarlo al cuerpo de la celebridad norteamericana son estremecedoras. No entraba en la piel de la actriz y amante del presidente John F. Kennedy. A pesar de eliminar durante tres semanas el azúcar, los carbohidratos, de usar un traje de sauna dos veces al día, correr en la cinta y comer solo verduras y proteínas, su cuerpo no estaba hecho para ese vestido. Los vestidos solo tienen un cuerpo y Kardashian modificó una prenda compuesta con seda soufflé, que ya no está disponible. Los daños que ha causado en el vestido son irreparables, pero se quedó con la atención de la alfombra roja de la gala anual del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York (MET) cuyo fin único, paradójicamente, es recaudar fondos para la protección de la colección de indumentaria histórica.

“Las prendas históricas no deben ser usadas por nadie”. Ese fue el primer mandamiento que lanzó el Consejo Internacional de Museos (ICOM), que asesora a la UNESCO, al ver aparecer a Kim Kardashian enfundada en un vestido que fue hecho a medida en 1962 para Marilyn Monroe. La últimas puntadas del “auténtico vestido desnudo” se dieron unos minutos antes de que la actriz accediera al escenario del Madison Square Garden, donde iba a cantar el 'Cumpleaños feliz' al presidente Kennedy. “Modificar un vestido considerado como bien del patrimonio histórico, aunque sea temporalmente, para que lo use otra persona puede parecer inapropiado y tergiversado”, indica a elDiario.es Corinne Thépaut-Cabasset, presidenta de ICOM para museos y colecciones de indumentaria, moda y textil.

La prenda dañada es testigo de un “momento histórico” y forma parte de la memoria colectiva como “un objeto polisémico delicado y sensible”. ¿No es paradójico que pasara en el MET, un museo que dedica tanta atención al patrimonio textil? “Por supuesto, esto ha causado muchas preguntas y malentendidos en la comunidad de museos especializados en la conservación de prendas de vestir”, responde. Cree que si el bien perteneciera a un museo público, esto nunca habría ocurrido.

El imperio de lo raro

Las alarmas han saltado por la decisión de los dueños del mítico vestido: Ripley’s Believe it or not, una cadena de centros que venden una experiencia enfocada exclusivamente en el entretenimiento. Se hacen llamar “museo” y operan desde 1918. Pero es una compañía que se dedica a la “diversión familiar” con laberintos de espejos, carreras láser, parques de atracciones, campos de minigolf, parques acuáticos y de atracciones… “Es un genuino imperio de lo raro, lo extraño y lo increíble”, es su lema. Tienen establecimientos por todo el mundo (en España, no) y aseguran que cuentan con más de 15 millones de visitantes anuales.

En 2016 esta compañía adquirió en subasta el famoso vestido de Monroe, realizado por Jean Louis. Pagaron 4,3 millones de dólares (4 millones de euros) por la prenda, que esa noche se convirtió en la más cara del mundo. Los dueños de este peculiar museo ofrecieron a Kardashian el vestido de 60 años de antigüedad para la gala del MET. “Será para siempre uno de los mayores privilegios de mi vida, poder canalizar mi Marilyn interior de esta manera”, dijo en una entrevista con Vogue en la que apuntó que era tan respetuosa con la prenda que nunca se sentaría a comer con él puesto... Para la cena se cambió y usó una réplica.

El efecto llamada

Corinne Thépaut-Cabasset aclara que este hecho de trascendencia mundial puede generar un efecto contrario al esperado. “Este acontecimiento puede crear hábito en las propuestas del futuro”, añade la especialista francesa. Sin embargo, tal y como ha podido saber este periódico, las reclamaciones de vestidos históricos conservados en museos ocurren desde hace años. Aunque la acción de Kardashian sea un punto de inflexión en las relaciones entre moda y sociedad, Sarah Scaturro, ex directora de conservación del Instituto del Traje del MET y actual conservadora en jefe del Museo de Arte de Cleveland, reconoce que cuando trabajaba en el MET rechazó muchas peticiones de este tipo. Entre otras, de Anna Wintour. La propuesta es que modelos y celebridades usen objetos irremplazables de la colección en galas como la del MET, de trascendencia mediática.

Como recuerda Scaturro, en los años ochenta un grupo de profesionales dedicados a la conservación de la moda se unió para oponerse al uso de los vestidos históricos. “Mi preocupación es que otros colegas de colecciones de moda históricas sean presionados ahora por personas importantes para que les dejen usar prendas custodiadas en museos”, indica la especialista norteamericana. Es una confusión muy habitual, fruto de la falta de una conciencia pendiente de fraguar: un museo no es un armario con piezas a disposición.

“Ha sido surrealista. Lo del vestido de Marilyn ha sido un despropósito, aunque me consta que el MET no controla los planes de los invitados. No tienen responsabilidad en esto”, resume Miren Arzalluz, directora del Museo de la Mode de París desde 2018. Nos atiende desde México por teléfono y comenta que vivimos un momento mediático y hay riesgos. A pesar de ello, asegura que la percepción social de la moda ha cambiado. “Ya no pasan cosas que sucedían hace 20 años. La moda es un bien espontáneo y más próximo que las artes plásticas. Es menos intimidante y a veces pasan cosas como esta. Esa cercanía puede confundir y provocar falta de reconocimiento, de respeto y de cuidado. La moda forma parte de nuestra cotidianidad y por eso cuesta entender un vestido como una obra de arte y patrimonio. Pero lo son”, indica Arzalluz.

Presión social

Son bienes muy delicados y, una vez llegan al museo, no pueden regresar a la vida pública. La calle y los cuerpos dejan de ser su hábitat. A pesar de esto, la Fundación Cristóbal Balenciaga ha padecido esta presión social de devolver vestidos a la vida social para un reportaje. Antes de la inauguración del museo en Getaria (Gipuzkoa), Sonsoles de Icaza y de León, aristócrata fallecida en 1996, casada con Francisco de Paula Díez, amante de Ramón Serrano Suñer y musa de Cristóbal Balenciaga, reclamó las piezas que ya había depositado. “Dijo que eran suyas y se las llevó para vestirse para el reportaje. Yo hice todo lo posible para que no ocurriera”, cuenta a este periódico Igor Uria, director de Colecciones en Fundación Cristóbal Balenciaga.

¿Quién va al Museo del Prado a pedir 'Las Meninas' para una cena? Nadie

Igor Uria Director de Colecciones en Fundación Cristóbal Balenciaga

Reconoce Uria que la presión siempre existe, pero él responde de la misma manera ante las peticiones de vestidos para usar: “¿Quién va al Museo del Prado a pedir Las Meninas para una cena? Nadie. Hablamos de patrimonio y de bienes de museos que deben ser conservados. Debemos hacernos cargo de esto para que lleguen a las próximas generaciones. Nosotros somos muy estrictos”. De hecho recuerda algo que decía el propio Balenciaga contra los fastos mediáticos: “No te malgastes en sociedad”. Y se lo aplica. “Por eso no podemos destruir el patrimonio en una alfombra roja”, zanja.

Un cuerpo, un vestido

Vestido y cuerpo van fundidos. La ropa se diseña y se hace para un cuerpo en un momento concreto. Es un bien transitorio, un vestido es apenas un instante. “Un diseño es alta precisión absoluta. No se puede usar otra ropa interior que no sea la que se utilizó para probar el modelo. Los propios cuerpos cambian con los años y por eso ni siquiera sus propietarias o propietarios son aptos para usarlos”, indica Uria para subrayar la delicadeza de estos bienes. La Fundación Cristóbal Balenciaga gestiona más de 3.200 piezas en su colección, documentación aparte. La mayoría llegan como donaciones.

El vestido de Monroe había formado parte de otras colecciones y exposiciones antes de acabar en las manos de sus actuales dueños. Pero el cuerpo para el que fue cosido seguía siendo el mismo. Un vacío que no puede ocupar nadie más salvo el maniquí que se hace para cada unas de las piezas. El maniquí es a la prenda lo que es el bastidor y el marco al cuadro. Un falso cuerpo fundamental en su conservación, que el vestido también sufre. Lo cuenta Silvia Brasero, conservadora y restauradora del Museo Nacional del Traje, en Madrid. Ese es el momento de mayor estrés para la indumentaria.

“Hay que mostrar las piezas, pero no a cualquier precio: el textil es el bien más delicado, incluso con los maniquíes adaptados a la pieza. Es que el momento más delicado de un vestido es cuando vistes el maniquí hecho a medida. Es cuando más sufren y lo hacemos sin forzar, con todo el cuidado. En el caso de Kardashian, no ha sido así para nada. Imagina los daños. Si se trata así una prenda se pierde, es irrecuperable”, avisa Brasero. Dice que nunca han recibido peticiones para usar un vestido y que cuando prestan a otros museos exigen siempre vitrinas.

Falta conciencia

¿Cuándo sucede que un bien privado se convierte en un bien público, que una prenda se vuelve patrimonio? Ese momento lo tienen muy identificado en el Museo Nacional del Traje. Los funcionarios y funcionarias de conservación y restauración se ponen los guantes para recibir la prenda. Entonces, cuando lo tratan, lo revisan y catalogan, justo ahí la indumentaria se convierte en patrimonio textil por ley. La de Patrimonio Histórico, que determina que todo bien que pasa a formar parte de las colecciones públicas se considera Bien de Interés Cultural (BIC) y desde este momento tendrá la máxima atención en la conservación. “Un traje del museo tiene la misma protección que un Sorolla o un Velázquez. No se considera lo mismo, pero es lo mismo”, aclara. Las piezas se guardan en peines especiales: unas prendas cuelgan de perchas acolchadas y otras descansan en horizontal.

Los criterios para decidir que una pieza de la indumentaria debe ser protegida son múltiples, observa Miren Arzalluz. De hecho, en el Museo Nacional del Traje tienen piezas de apenas hace un año o la extraordinaria isla final dedicada a David Delfín. “Y, cuando un vestido entra en un museo, queda anulado para la vida pública. El problema con el vestido de Marilyn Monroe es que está alojado en un museo que no es un museo. Y no se rigen por los criterios museográficos que marca el ICOM. Debería estar en un museo nacional por su relevancia política y social. Y me pregunto si realmente están preocupados por este escándalo o todo lo contrario por la gran publicidad que han generado”, se pregunta la directora del Museo de la Moda de París.

El mercado ha decidido sobre el bien artístico. Y lo ha hecho sufrir. Las instituciones públicas no pueden hacer nada frente al dinero privado y, sobre todo, estadounidense. Arzalluz cuenta que en estos momentos el coleccionismo de moda está en auge porque es mucho más barato que el de grandes maestros de la pintura y eso lo hace más rentable. Todos los museos de bellas artes están incluyendo moda en sus exposiciones temporales, porque cuentan con tirón popular. Esto revaloriza las propiedades de esos coleccionistas privados.

“Ningún museo (grande o pequeño), privado o público, ninguna colección ni coleccionistas quieren ver daños en bienes como es el caso del vestido de Marilyn Monroe. Entonces, ¿por qué vamos a arriesgarnos y con qué fin? ¿Contribuye esto a la mercantilización de la reputación de las obras de arte conservadas en los museos?”, indica Corinne Thépaut-Cabasse. A la presidenta del ICOM le parece “aún más incomprensible e impactante” que este daño haya sucedido en el Instituto del Traje del MET de Nueva York, la organización más famosa en el mundo de la moda y los museos. Si ha pasado allí, ¿podría ocurrir en cualquier lugar?

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