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Caifanes, el mito de la música mexicana que ofrece el corazón a sus fans como en un sacrificio azteca

Elena Cabrera

Ciudad de México —
19 de mayo de 2026 23:05 h

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La mujer lleva un taco de entradas en la mano. Ha subido acompañada de miembros del staff de producción y seguridad a la grada más alta del Palacio de los Deportes de Ciudad de México. Es un gigantesco domo con asientos de plástico rojo, naranja y amarillo y estrechos bancales de hormigón, construido para los Juegos Olímpicos de 1968. El concierto todavía no ha comenzado y, desde allí arriba, el escenario se ve bien: un ring redondo en mitad del estadio, pero cuando salga el grupo, serán miniaturas, figuritas que cobrarán personalidad solo en las pantallas. La mujer elige a dos chicas de apenas veinte años, arranca un par de los papeles que lleva entre las manos y les dice: “De Caifanes con amor, dos boletos para pista”.

Las muchachas, incrédulas, miran el papelito en sus manos, devuelven la mirada a la mujer, que les dirige una sonrisa encantadora, y abren la boca todo lo grande que pueden. Son todo boca, son todo ojos gigantes. “¿De verdad? ¡No mames!”, dicen. “¿Es una broma?”. No, no es ninguna broma, van a poder ver los rostros del grupo que adoran sin tener que imaginarlos, sin contentarse con la pantalla. Y ahora sí, ahora que ya se lo creen, chillan, se levantan de un salto y bajan corriendo las escaleras de la grada, tomadas de la mano.

Las chicas no saben que Marusa Reyes, la manager de la banda, las ha elegido a ellas con un pálpito. Se va fijando en los fans, casi todos visten camiseta de Caifanes, así que ese no es el requisito. Es algo que solo sabe ella. Dos chicos la persiguen y le piden entradas. “No, esto no funciona así”, dice, mientras prosigue su equilibrio por el estrecho pasillo de esta fila de gallinero. 

Marusa ha repartido hoy unos 150 tickets para reubicar a estos fans afortunados. “Esta es la mejor parte de mi trabajo”, explica, mientras familias, parejas, amigos, niños y niñas acaifanados, de todas las edades, con camisetas, bandanas o cualquier otro símbolo de pertenencia a esta comunidad, reciben el regalo, se levantan de un salto y se miran envueltos en risas y también en lágrimas. Armando, del staff de producción, no suelta a Marusa, pasearse entre las gradas no es fácil. “Una vez nos pilló aquí arriba un temblor”, recuerda. Y no era una metáfora.

Caifanes es uno de los grandes grupos del rock mexicano. Aquí no es solo una banda: para su público, es sangre que arde en las venas; para los músicos, el concierto es un ritual en el que entregan un corazón ensangrentado. Los músicos y su equipo ponen mucho de su parte para que esto sea así, no es una locura de un público fanático ni palabras de marketing vacías de contenido.

Por ejemplo, topan los precios de las entradas para que se lo pueda permitir un público general, no permiten zonas vips y su líder y cantante, Saúl Hernández, habla en singular a cada persona del público. Les dice cosas como esto es por ti, tú puedes cambiar tu vida, recuerdas esto. Saúl mira a los ojos a las 23.000 personas que agotaron las localidades del Palacio para un concierto muy especial en 360 grados el pasado 16 de mayo. Y le canta a cada uno de ellos: “Préstame tu peine y péiname el alma”.

El 360 es un formato en el que un escenario redondo, situado en mitad de la pista, gira lentamente y sin parar a lo largo de todo el concierto. Por encima de las cabezas de los músicos, tres grandes pantallas forman los lados de un triángulo. Y estas están coronadas, por encima, con otra gran pantalla circular. No es la primera vez que Caifanes hace este formato, pero sí es el único grupo que lo hace en este país.

Dos horas antes, con Saúl Hernández, Alfonso André, Diego Herrera, Rodrigo Baills y Marco Rentería, ya instalados en los camerinos, los técnicos se preparan para la prueba de sonido. Ya está casi todo listo. Zulema Rodríguez, la jefa de producción, parece relajada. Explica que esta vez el mayor reto ha sido montar semejante despliegue en menos de 24 horas, obligados por el concierto previo de J Balvin. Normalmente, lo hacen en dos días. Suerte que la maquinaria está afinada, han montado este escenario, en el mismo sitio, cinco veces en diciembre, y no surge ningún inconveniente. El equipo de producción se conoce y se quiere, entre ellos se respira un aire serio y algo tenso: hacerlo perfecto no es suficiente, no quieren que ningún imprevisto les desbarate la función. En el backstage, el personal auxiliar, ataviado con chalecos rojos, recibe las últimas instrucciones sobre los accesos de entrada, y esperan pacientemente el momento de la apertura de puertas a las ocho de la tarde, una hora antes del show. Afuera, miles de personas hacen cola, y empieza a llover.

“¿En España la música es como aquí?”, pregunta Ana, una joven estudiante de Comunicación, sobrina de Marusa, mientras me acompaña en una incursión fuera del recinto para ver los puestos de merchandising pirata que literalmente forran todas las vías de acceso al Palacio. No se trata de una manta en el suelo con cinco o seis camisetas mal estampadas. Son decenas y decenas y decenas de tenderetes con tazas, sudaderas, vasos, gorras, camisas y camisetas que representan todos los discos, todos los componentes, todos los looks de la banda —del cantante con el pelo cardado de 1989, al cantante con el pelo largo y rizado de 1992, al cantante con media melena de 2011—, Caifanes escrito en mil colores con letras de estilo azteca, Caifanes por todas partes, incluida su música, cuyas canciones desde pequeños altavoces se van enlazando en el caminar por este foco ilegal pero irremediable. En el pequeño puesto de merchan oficial que hay dentro del recinto, la camiseta vale 500 pesos, fuera se puede comprar por cien. “No, Ana, esto en España no lo hemos visto jamás”.

Faltan unos minutos para las nueve de la noche, la hora anunciada para dar inicio a un concierto sin teloneros.

Las diferencias no son solo de mercado, de bulto, de número, de camisetas. Basta una sola noche, como esta noche, para entender que aquí en México la música no significa lo mismo que en España. Caifanes tocó en Madrid y Barcelona durante tres noches en el mes de abril, para un público mucho más reducido (y en su amplia mayoría de origen latinoamericano). Todavía no han despegado en Europa, aunque es algo que esperan cambiar en el futuro, ampliando aforos y dando acogida a público local que los descubra ahora, casi 40 años después de su primer disco. No es tarde; el grupo, aunque con algún cambio en su formación —una historia dolorosa en la que ahora no conviene entrar— está en plena forma y no vive de la nostalgia.

Pero aunque Caifanes triunfe algún día en España, la música en general nunca significará para un europeo lo mismo que para un mexicano, eso hay que admitirlo. El europeo disfruta la música, la colecciona, llena su ocio con ella. Para un fan mexicano, es la mera sangre que recorre sus venas, se asoma a los ojos con lágrimas y a la cara con una explosión de amor. Suena cursi, pero cualquier grupo español que haya triunfado aquí, como en su momento Héroes del Silencio o ahora Depresión Sonora, sabe que no es una exageración.

Los músicos salen de sus camerinos, tan solo unos minutos después de la hora anunciada, se abrazan antes de traspasar la cortina y se zambullen en ese abismo —Negro cósmico, como la primera canción que tocarán— salpicado por flashes de los móviles, el público grita, aún no se han encendido las luces y suena Paint It, Black de Rolling Stones mientras avanzan por el pasillo que les lleva a la plataforma circular, abrazan las manos que les tienden desde la primera fila, esos primeros cuerpos agolpados contra las vallas que quieren beberse el concierto lo más cerca posible y que también serán protagonistas del show, cuando las cámaras les enfoquen y aparezcan sus rostros agigantados en las pantallas. También, al día siguiente, aparecen sus gestos en las conmovedoras fotos de Zeus López, el fotógrafo oficial, que dará prioridad a estas imágenes por delante de las del grupo. Otro detalle más de la estricta política de ‘primero el fan’ que tiene Caifanes.

Saúl es un frontman comunicativo consciente de la responsabilidad de su micrófono, su impacto, su palabra. El concierto no había cumplido su primer tercio cuando sacó un papelito que había escondido entre los monitores. No quería equivocarse con el nombre, quería que quedara bien claro, a pesar de que cualquier mexicano hubiera entendido a quien se refería si hubiera dicho “esa señora de Madrid”, como mucha otra gente se refiere a ella por aquí estos días. “Isabel Díaz Ayuso”, comenzó a decir alto y claro Saúl. Los pocos españoles que estábamos allí nos pusimos en guardia. Solo unos días antes, la presidenta de la Comunidad de Madrid realizó un viaje difícil de justificar, salpimentado con ofensivas declaraciones neocoloniales y que contó con la crítica frontal de la propia presidenta del país, Claudia Sheinbaum.

Si un madrileño viaja estos días a Ciudad de México, sabe que tarde o temprano tendrá que explicar quién es Isabel Díaz Ayuso. “La presidenta de la Comunidad de Madrid, estuvo recientemente aquí, visitó nuestro país”, prosiguió Saúl. “Hizo unas declaraciones extrañas, pendejas, pero sobre todo muy ignorantes, que hasta el mismo Hernán Cortés se va a sentir ofendido”. En ese momento, gran parte del público corea “¡culera, culera!”, un insulto local que quizá no haga falta traducir. Saúl se crece, da un paso adelante, no le tiembla la voz. “Le vamos a decir, doña Isabel, que México está trabajando para dejar de ser lo que somos y regresar a lo que fuimos. Señora Isabel, ¡ante sus estupideces, nuestra indiferencia!”. Y el abismo negro estalló en aullidos y aplausos. Un mapa de México y luego las pirámides de Teotihuacán aparecieron en las pantallas y sonaron los primeros acordes de Aquí no es así.

Las pantallas son una vía de expresión paralela en los conciertos de Caifanes. Y nunca cuentan la misma historia. En los shows en España, hubo un homenaje a los represaliados por el franquismo con imágenes y versos de Lorca o Miguel Hernández, y una especial atención al exilio mexicano, verdadero mestizaje en el que se enriquecieron ambas culturas. Fruto de ese exilio, sin ir más lejos, es el Colegio Madrid, fundado en 1941 para los hijos de españoles republicanos exiliados, en el que estudiaron miembros de Caifanes como Alfonso André y otros artistas implicados en la prehistoria de Caifanes, como el hermano del exmiembro de la banda Alejandro Marcovich, quien propiciaría el surgimiento de Las Insólitas Imágenes de Aurora, o el oscarizado director de fotografía Emmanuel Lubezki, a quien aquí apodan El chivo.

En España, Caifanes supo tocar la fibra aludiendo a las grandes pérdidas humanas de la dictadura y en México, de una manera similar, recogiendo la indignación de las Madres Buscadoras, y las grandes pérdidas humanas a causa de la violencia en este país. En México se cuentan ya más de 130.000 desaparecidos. “Su lucha es triste, desgarradora”, dijo Hernández. “Lo que no hace el Estado, lo hacen ellas”.

Un generoso setlist de 24 canciones calma el amor de su público, que no dejará de agotar entradas en los próximos conciertos, ya con escenarios frontales. Dos semanas después, dos días seguidos, en un recinto de capacidad menor (10.000 personas) pero emblemático, el Auditorio Nacional, donde El Chivo Lubezki les grabó un concierto en 1989. Y en julio seguro llenarán los 70.000 asientos del monumental Foro Sol. Podrán tocar mil veces, y seguirán con una exigente gira lo que queda de año, y no dejarán de reventar los aforos. Caifanes no es un grupo cualquiera, forma parte de la identidad mexicana, de la educación sentimental, de la poética ante la vida y de la política ante uno mismo.