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¡Adiós dinero, adiós!

La naturaleza encuentra el equilibrio en sí misma hasta que tropieza con la intervención de la especie humana. Nuestras “necesidades” nos llevan a urbanizar el suelo para construir edificios y vías de comunicación. Extraemos agua de acuíferos profundos. Para alimentarnos desarrollamos la agricultura, la ganadería y la pesca. Además necesitamos obtener energía, para el transporte o la industria.

La sobreexplotación de los recursos naturales provoca un impacto muy negativo en el medio ambiente. La acumulación de residuos y la contaminación de la atmósfera, del suelo y del agua.

¿Cómo sería la naturaleza sin la intervención del hombre?

Algo muy parecido le ocurre al desarrollo de la economía real. En todo el mundo se ponen obstáculos, desde diferentes criterios o tendencias políticas. Corremos el peligro de convertir la naturaleza y la economía libre en imágenes idílicas de entornos muy reducidos. Si no las cuidamos las pondremos en peligro de extinción.

La naturaleza y la economía son una curiosa pareja obligada a convivir y respetar sus límites. Tienen algunas características comunes y una gran capacidad de desarrollo cuando el hombre no las arrasa con sus intereses. ¿Se puede controlar y dar libertad al mismo tiempo? ¿Dónde está el equilibrio?

Uno de los elementos más perjudiciales para la economía española es el sistema de recaudación de impuestos. No es que me quiera meter en charcos pero debemos ser realistas con los problemas para poder afrontarlos o todo seguirá igual.

Los impuestos y en general todo tipo de tributos, sirven para recaudar los fondos suficientes para defender los derechos sociales importantes, asegurar los servicios necesarios y dotar de las mejores infraestructuras que favorezcan el desarrollo. Además deben ayudar al reequilibrio social. Una vez conseguida la colaboración de “todos”, el dinero debe ser gestionado con exquisitez. (Dejemos fuera de este artículo la corrupción política. No nos llevaría a buen puerto).

Entonces ¿Todo perfecto? Pues no. Los mecanismos actuales de recaudación perjudican gravemente la competitividad de los trabajadores y empresas que cumplen con sus obligaciones. ¡Qué desastre!

¿Lo quiere con IVA o sin IVA?

No es posible competir en precio con alguien que no cotiza a la seguridad social, que no paga un 21% de IVA, que no paga tasas, ni contribuciones, no necesita permisos ni cumplir normativas, que no paga el impuesto de sociedades, que no presenta sus ingresos en la declaración de la renta.

Pero es que además, cualquiera de los conceptos por separado, cada incumplimiento por sí solo es capaz de dejar fuera del mercado al trabajador autónomo o empresa que si cumple. El precio final que presente de forma legal por su producto o servicio será más caro, aunque sea mejor servicio o mejor producto y aunque tenga un coste real más barato. Así de sencillo. Así de injusto.

Si pensamos en un caso particular es tremendo porque nos afecta directamente, pero el problema es peor cuando pensamos de forma general en el mercado. Todos los efectos colaterales negativos que se producen en la economía real cuando no triunfa el mejor sino el que menos impuestos paga.

¿Cómo conseguir que el sistema de impuestos no afecte a la libre competencia?

Del mismo modo que debemos cuidar la naturaleza en equilibrio con nuestro desarrollo, es necesario mimar la economía y el libre mercado como la mejor forma de explotar los recursos escasos, entre otros motivos porque no conocemos un sistema mejor.

Pero pisemos la calle. Cada vez que alguien trabaja para la economía sumergida o cada vez que alguien no paga sus impuestos, además de no colaborar con la sociedad provocará que un trabajador legal reduzca su sueldo o se quede sin trabajo. Y una empresa legal tendrá que rebajar precios para competir, reducirá sus beneficios y puede verse obligada a reducir su plantilla de trabajadores o incluso cerrar. El resultado para la empresa será tan negativo como para la recaudación. Esta relación es directa porque la interconexión de la economía es total.

Personalmente no me agrada culpabilizar a nadie y puedo comprender al que no cumple con sus obligaciones tributarias. No, no es una contradicción. ¡Todos nos quejamos! A nadie le gusta pagar impuestos aunque se sienta muy solidario y consciente de la necesidad. Pero la presión fiscal es fuerte, el paro es una grave enfermedad y en ocasiones las personas necesitan trabajar “como sea”.

En muchos casos, trabajadores o empresas no pagan sus impuestos porque no pueden. Todos percibimos y algunas veces muy de cerca, las dificultades que tienen muchas familias para llegar a fin de mes. Tampoco lo justifico porque nos perjudica a todos, pero es una situación difícil y además ¿de qué sirven “las culpas”? Lo sustancial es dar una solución concreta, un marco estable que nos aporte seguridad, con reglas claras y nunca olvidar que lo más importante son las personas.

¿Existen soluciones?

Aunque no soy un experto en tributos, voy a intentar plantear una solución alternativa aplicando la lógica del análisis de sistemas, desde la humildad, pero también desde el atrevimiento que nos facilita el medio. El papel lo sostiene todo. Podemos intentar relajarnos y hacer un ejercicio de imaginación:

¿Qué pasaría si eliminamos las monedas y los billetes?

La gestión de todos los sistemas de organización ha optimizado sus costes y aumentado su eficacia gracias a los avances informáticos. La tecnología digital nos abre muchas posibilidades. ¿No deberían facilitar el pago con móvil? En general la administración puede dar pasos decididos de adaptación.

Vivimos un momento trascendental y quizás sea la mejor oportunidad para aprovechar las ventajas que nos ofrece la revolución digital.Veamos la propuesta como una relación directa, sencilla y con puntos concretos:

-1- Desaparición de todas las monedas y billetes. (No existe dinero “B”)

-2- El medio de pago único: Teléfono móvil  (DNI o CIF - Cuenta bancaria)

-3- Todo pago o transacción entre personas o empresas sería siempre por medio del “smartphone” implicando un movimiento entre cuentas bancarias y un registro informático. Serían operaciones efectuadas y controladas por los bancos encargados de registrar facturas y recaudar impuestos para el estado:

            Teléfono, DNI-CIF, CC de pago

            Concepto de la compra de producto o servicio

            Incremento por operación de 1% de impuestos

            Teléfono, DNI-CIF, CC de cobro

 

Con operaciones de pago cristalinas y siempre entre dos cuentas bancarias. (Los bancos estarían encantados con su función) Recaudar el 1% de todos y cada uno de los pagos o movimientos bancarios podría ser suficiente para hacer desaparecer la mayoría de impuestos complejos de aplicar que perjudican la competitividad de las empresas.

Pongamos un ejemplo cercano. Si paseando por la calle, damos una limosna de 1€ a una persona necesitada, implicaría un movimiento de 1,01€ y el estado recaudaría 0,01€  Una cantidad mínima que no nos perjudica y que cobra su sentido cuando acumulamos el 1% de todas las limosnas. ¿Y las propinas?...

No confundir con la compleja, problemática e ineficaz aplicación del IVA que se aplica sobre los diferenciales. El nuevo planteamiento supone el 1% del total de cada movimiento o pago que realicemos, independientemente del concepto por el que se realice. No es fácil cuantificar mentalmente cómo se puede recaudar más al mismo tiempo que afectamos menos al mercado. ¡Pero así es!

¿Y podría desaparecer la economía sumergida?

Según las últimas estimaciones la economía sumergida en España alcanza el 25% del producto interior bruto. ¡Qué barbaridad! Tampoco podemos dejar de lado las actividades delictivas. Permitirlas o no es otra batalla, pero conseguir un control y que contribuyan sería un paso muy positivo.

En España no existe el delito de evasión de capitales, ya que existe la libre circulación. Podemos transferir nuestros fondos financieros a cualquier país del mundo. Pero estamos obligados a comunicar la transacción, informar de cómo la vamos a realizar y aclarar el origen de dichos ingresos. Con el nuevo planteamiento carecería de sentido. Los ingresos estarían siempre registrados, tributando desde el primer día, del mismo modo que las salidas de capital.

El estado podría recaudar con un control necesario pero sin perjudicar la competitividad de los contribuyentes. La medida de un 1% (o un 2%) de cada movimiento es solo un ejemplo de porcentajes que no afecten al mercado. Lo necesario es la desaparición de la competencia desleal entre el que paga sus impuestos y el que no. ¡Es importante!

La economía real y libre es muy agradecida cuando actuamos según su naturaleza, los efectos positivos podrían ser inmediatos.

De este modo triunfaría en el mercado el mejor producto o servicio al mejor precio. Y no el producto por el que no se ha tributado, por el motivo que sea. Una recaudación necesaria y justa para garantizar los servicios sociales, las infraestructuras y el equilibrio social. Pero sin culpas, sin miedos, sin presiones y sin perjudicar a nadie.

No pretendo que esta solución sea la mejor, completa y definitiva. Sino una simple conjetura que acerque unos objetivos a cumplir basados en principios básicos de economía. Y aunque fuera un planteamiento equivocado, lo preferiría a no pensar. Como además el pensamiento es libre, puedo imaginar la propuesta hecha realidad. ¿Por qué no?

Ahora disculpadme, suena el teléfono.

Papi, es Montoro, pregunta por ti… Voy, voy… ¿Qué querrá?

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