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Después de ETA

Con el final del terrorismo etarra hay otros asuntos que también deberían terminar, como la dispersión de los presos, una legislación antiterrorista excesiva o la propia Audiencia Nacional, un tribunal de excepción que no tiene equivalentes en Europa

Pervive la memoria de sus víctimas, los cientos de inocentes a los que nunca debemos olvidar

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ETA pasará a la historia como una banda terrorista criminal, como un grupo fanático de asesinos que lamentablemente contaba con el respaldo de una importante base social; como un anacronismo que nunca debió nacer y que hacía muchas décadas que tenía que terminar; como una herencia más del franquismo, la dictadura que alimentó el sustrato en el que esta violencia germinó. ETA se disuelve tarde y mal, sin reconocer sus crímenes, sin pedir perdón a todas las víctimas, sin asumir el inmenso error de décadas de violencia injustificada e inútil, que solo trajo muerte y dolor a ese “pueblo vasco” en cuyo nombre decía luchar.

El final de ETA no fue este viernes; este día solo es la ceremonia: el entierro de una banda terrorista que ya no tenía otra opción. ETA ya estaba derrotada desde octubre de 2011 y en todos los frentes: el policial, el político y el social. No matan porque no pueden. No matan porque saben que no les serviría para lograr sus objetivos. No matan porque los suyos ya no lo tolerarían. Por eso dejan las armas, no porque teman la cárcel o se hayan arrepentido de su criminal inmoralidad.

El IRA abandonó las armas en 2005. Las Brigadas Rojas italianas dejaron de matar en 2003. La RAF alemana, en 1992. ETA ha sido la última en desaparecer y habría que preguntarse por qué España ha sido el último país de toda Europa occidental en acabar con este tipo de terrorismo. La respuesta probablemente tenga que ver con las debilidades de la democracia española y con los errores que se cometieron en la lucha contra ETA. El fundamental, los GAL, las torturas... el terrorismo de Estado que se inició con la UCD de Suárez y continuó con el PSOE de Felipe. Fue un error que dio argumentos durante décadas a la base social de la que se alimentaba ese fanatismo y que justificó con la guerra sucia su premisa fundamental: que era una guerra y por tanto valía matar.

Otro error, el uso electoral del terrorismo por parte del Partido Popular. “Todas las formaciones políticas supimos estar unidas ante los asesinos y sus cómplices”, aseguró Mariano Rajoy este viernes en su discurso sobre el final de ETA. Es una enorme mentira y él lo debería recordar. Nunca se ha disculpado por acusar a José Luis Rodríguez Zapatero de “traicionar a los muertos”, por azuzar con mentiras a una parte de la sociedad, por jalear esas manifestaciones donde se acusaba a “zETAp” de entregar Navarra, de estar “de rodillas ante ETA”, de ceder ante el terror. Rajoy torpedeó la lucha antiterrorista –eso fue el proceso de paz de Zapatero– por dos razones mezquinas: porque temía que un gobierno socialista se apuntara la medalla del final de ETA y porque temía a los medios de la derecha, que le marcaban la agenda. Rajoy acusaba a Zapatero de cobardía, pero el cobarde era él.

Aquel proceso de paz que el PP intentó boicotear, aquella negociación que inició ese héroe llamado Jesús Eguiguren, fue clave en este final. ETA perdió en todos los frentes, pero en los dos más importantes –el político y el social– fue derrotada por la valentía de Zapatero al abordar ese impopular proceso de paz. Es también esa negociación lo que en parte explica por qué ETA, a diferencia de otros grupos terroristas, no ha tenido una escisión violenta que intentara continuar. Gran parte de la credibilidad que tenía ETA entre la izquierda abertzale saltó por los aires con el atentado del parking de la T4. Que fuese ETA, y no el Gobierno, quien dinamitara la mesa de negociación, dejó sin argumentos a los terroristas entre los suyos. Aquello fue transcendental.

Con el final del terrorismo etarra, hay otros asuntos que también deberían terminar. Como la dispersión de los presos: una condena añadida a los familiares de los etarras, que no tienen la culpa de sus crímenes. O una legislación antiterrorista excesiva, que convierte una pelea de borrachos en un bar en un crimen más grave que una violación colectiva –y que ha disparado los procesos penales por exaltación del terrorismo tuitero o titiritero cuando ETA ha dejado de matar–. O la propia Audiencia Nacional, un tribunal de excepción, que no tiene equivalentes en Europa y que sin ETA pierde su principal razón de ser. O la opacidad en la declaración de la renta, que se impuso en España tras unos primeros años de datos del IRPF públicos, con la excusa de que la transparencia servía para los secuestros y la extorsión de una ETA que ya no existe más.

ETA es historia, y eso es algo que celebrar. Pervive la memoria de sus víctimas, los cientos de inocentes a los que nunca debemos olvidar. Ojalá algún día otras víctimas igualmente inocentes –las del franquismo, las del yihadismo, las del machismo– reciban el mismo apoyo incontrovertido e incondicional de todos los partidos, de toda la sociedad.

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