Sótanos austriacos
Iñigo Sáenz de Ugarte
Al final van a tener razón todos esos extranjeros que llegan a España y elogian, en general con una copa en la mano, el carácter abierto de los habitantes de este país, la costumbre de los locales de matar el tiempo en interminables comidas y noches de celebración, y la forma inquisitiva en que preguntan a desconocidos por los detalles más personales. Por no hablar de la tendencia a convertir las diferencias de opinión más convencionales en ruidosas disputas de las que salen a la luz todas las debilidades.
La crispación puede tener sus inconvenientes, pero de lejos parece mucho mejor solución que enterrar los problemas en los sótanos.
“No hay duda: es Austria”, reza el eslogan de la campaña turística lanzada en los meses anteriores a la Eurocopa de fútbol. Es lo mismo que han pensado muchos en Europa al leer las escalofriantes noticias sobre Josef Fritzl y su familia enterrada en vida.
Todos los países tienen su catálogo de monstruos. Estos casos suelen ser rápidamente descartados como simples aberraciones, una suerte de fallo del sistema que engendra una copia defectuosa después de producir un alto número de ciudadanos ejemplares. Lo que ocurre es que algunos de esos casos dicen mucho de los valores impuestos en esa sociedad o al menos prevalecen con éxito gracias precisamente a esos valores.
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