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La ciudad libre 

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La política, antes de ensuciarse de codicia y cinismo, nació a la intemperie. Brotó alrededor de una hoguera primitiva, bajo un cielo insondable, cuando los primeros humanos comprendieron que el frío de la noche y los colmillos ajenos eran demasiado vastos para enfrentarlos a solas. En su raíz más noble y antigua, no era un oficio, ni un estrado, ni mucho menos un privilegio: era el arte elemental de organizarnos para sobrevivir. Era el pacto sagrado de cuidar al débil, de repartir el grano escaso, de turnarse en la guardia y de trazar, juntos, el rumbo de la tribu. Sin embargo, si hoy contemplamos el paisaje en ruinas que nos rodea, la herida es tan profunda que ahoga. ¿En qué instante exacto dejamos que nos robaran el fuego? ¿Cómo permitimos que un invento nacido para salvarnos se transformara en la cuchilla que hoy destroza el mundo?

Resulta desolador, a la par que indignante, comprobar cómo el destino de millones ha quedado secuestrado por un puñado de personas aquejadas de ceguera voluntaria; una arrogancia que los aísla por completo del asfalto. Ejercen un imperialismo moderno que arrasa con los derechos, los bosques y la sanidad, imponiendo un vasallaje económico implacable. Pero lo más trágico, lo que de verdad nos humilla, es que esta voracidad convive con un ridículo espantoso.

Hemos alcanzado ese punto crítico en el que la célebre frase de Groucho Marx dejó de ser una genialidad del humor para erigirse en la Constitución no escrita de nuestra era: “Estos son mis principios, y si no le gustan, tengo otros”. La ideología se ha vaciado de ética hasta convertirse en un escaparate, en pura mercadotecnia de temporada.

En medio de este circo de vanidades, conviene detener el paso y rescatar la pregunta esencial, esa reflexión que la siempre añorada Almudena Grandes lanzaba como un dardo contra la apatía: ¿para qué sirve la política? Jamás debió ser un pedestal para engordar egos gigantes, un narcisismo ciego y sordo a la calle financiado con nuestro propio tiempo. Eso no es gestionar lo público. La política, la de verdad, consistía simple y llanamente en creer en algo. En tener ideología. Durante la última década, los mercaderes del pragmatismo han intentado convencernos de que eso era un defecto, un corsé apolillado que debíamos quitarnos, cuando en realidad es la única brújula que evita que nos vendamos al mejor postor. Creer en algo significa comprender que lo público es sagrado, que el dolor del vecino te incumbe y que el poder solo tiene sentido si se ejerce para abrigar al vulnerable. Esa era, quizá, toda su esencia.

Ante semejante secuestro, es hondamente humano buscar una salida de emergencia. A lo largo de la historia, muchos han intentado saltar del tren en marcha para levantar un refugio. Un caso poético y revelador es el de la Ciudad Libre de Christiania, en el corazón de Copenhague. En el otoño de 1971, un grupo de soñadores derribó las vallas de unos cuarteles militares abandonados. Imaginaron una sociedad sin políticos profesionales, sin coches, sin jerarquías ni escrituras de propiedad; un oasis verde donde el arte, la ecología y el apoyo mutuo dictaran la única ley. Fue un experimento fascinante, un grito de rebeldía que demostró cuán indestructible es, en el corazón humano, el anhelo de vivir de otra manera.

Pero la utopía tenía fecha de caducidad. Christiania resistió en un maravilloso y frágil limbo legal durante exactamente 32 años. Fue en 2003 cuando el Gobierno danés aprobó la ley que fulminaba su estatus colectivo, forzando a la comuna a entrar, de golpe, en el redil del libre mercado. La realidad exterior terminó devorándolos, porque el problema de aislarse del mundo es que el mundo siempre acaba echando la puerta abajo. Aquel hermoso sueño asambleario se tiñó de gris con la llegada del crimen organizado, que vio en su tolerancia un paraíso para el narcotráfico. Todo culminó hace poco, cuando los propios vecinos, exhaustos y tristes, tuvieron que arrancar físicamente los adoquines de la mítica Pusher Street para expulsar a las mafias. Christiania nos deja una lección incuestionable: no podemos huir del sistema atrincherándonos en una isla, porque el capital, el cinismo y la avaricia forman un océano oscuro que, tarde o temprano, siempre sube la marea.

Si la fuga no es la salida, ¿qué nos queda en las manos? ¿Cuál es la alternativa frente a una maquinaria que nos exprime y nos enfrenta? Jamás será rendirnos a la apatía ni aceptar que nada puede cambiar. La verdadera rebelión es reclamar la palabra política y arrancársela del cuello a quienes la han prostituido. Política es el sindicato de inquilinos que frena un desahucio al amanecer, con las manos heladas por el frío. Es la red de apoyo vecinal que le hace la compra a la anciana del cuarto piso en medio de una pandemia; es la pura organización del “manos a la obra”. Es la cooperativa que esquiva la tiranía del gran supermercado. Es, mirar al que está a nuestro lado y comprender que es un compañero indispensable, y no un competidor. Nos queda el rotundo coraje de reconstruir, a nuestro modo, un lugar donde la vida vuelva a importar, más que el poder.