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Opinión - 'El mejor embajador del español', por María Ramírez

Destructores

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Los constructores han destrozado este país. No han sido los migrantes. Ni los musulmanes ni los subsaharianos. Los constructores, junto con los administradores públicos que se lo han permitido, han sido los que han destrozado no solo el paisaje urbano de nuestras ciudades derribando legendarias mansiones, históricos monumentos y singulares palacios, sino que también han talado regiones enteras; han desfigurado bellísimos litorales y han logrado extinguir valiosísimas especies animales recalificando terrenos, corriendo mojones y construyendo murallas arquitectónicas sobre arenales de dominio público.

Esta no es solo una afirmación mía, que de esto, como de tantas otras cosas, apenas sé lo que mis ojos contemplan. Hace años, una de las personas a la que deberíamos prestar atención cada vez que habla ahora que, diariamente, no escuchamos más que a patanes del pelo de Isabel Díaz Ayuso, el catedrático, académico y nonagenario filósofo Emilio Lledó, en una entrevista concedida a un periódico de divulgación nacional, afirmó: “Si quiero perder la alegría, no tengo más que recorrer la costa española”.

El viaje puede resultar aterrador. Un servidor lo ha hecho. Hará no mucho recorrí el litoral mediterráneo buscando la distancia que todo viaje te otorga para deshacerte durante unos días de tus rutinas más desquiciantes: por todas partes uno, asombrado, no acierta a ver más que kilómetros y kilómetros de ladrillos que desfiguran comarcas enteras, convertidas en muladares de hormigón que sustituyen a lo que en otro tiempo fueron hermosos litorales, bosques frondosos, riberas de altos álamos perfumados y arboledas que con sus anchas sombras y su rumor de hojas y de pájaros civilizaban el violento calor del verano.

El trayecto es un repaso a la historia más reciente de este país donde se tiene por costumbre que solo dure lo que no debiera durar: los prejuicios, por ejemplo, las ideas más estúpidas, los políticos más cavernícolas, las tradiciones más brutales convertidas en indiscutibles rasgos de cultura ancestral y la costumbre de no razonar sino de insultar a quien sostiene una postura contraria a la nuestra.

No se contemplan durante el trayecto más que las barbaridades cometidas en nombre del progreso quedando ya, apenas, ningún espacio de respeto y belleza que no esté destruido por la corrupción de los políticos y por la codicia de los constructores: donde antes había zarzos, calas, cañaverales, orillas, frondosas arboledas y penetrantes aromas que mezclaban la fragancia del salitre con la de las algas, ahora no hay más que litorales arrasados, chiringuitos, pueblos malolientes, hoteles descomunales, grasientos restaurantes, manadas de turistas borrachos y monstruosas murallas arquitectónicas alzadas sobre arenales de dominio público. Todo ello lo han hecho nuestros constructores. Envueltos, eso sí, en una inmensa bandera nacional para que nadie ponga en duda su inmenso amor por el país que han destrozado.