Extremadura entre el miedo y la decepción: Marcelo Sánchez-Oro analiza las contradicciones de la sociedad actual

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Nunca habíamos vivido con tantos recursos, tantas posibilidades de elección ni tanto acceso al consumo, la tecnología y el ocio. Sin embargo, la abundancia no parece habernos proporcionado mayor seguridad. La ansiedad, la incertidumbre y el miedo a perder lo conseguido forman parte de una experiencia cada vez más extendida en las sociedades occidentales. Esta es la paradoja sobre la que reflexiona el sociólogo extremeño Marcelo Sánchez-Oro en Miedo y decepción, un ensayo que analiza las contradicciones de la sociedad contemporánea sin perder de vista la realidad particular de Extremadura.

Profesor de Sociología en la Universidad de Extremadura y especializado en el estudio de los cambios sociales, culturales y religiosos experimentados por la región, Sánchez-Oro recurre principalmente a las aportaciones del filósofo y sociólogo francés Gilles Lipovetsky y del sociólogo alemán Heinz Bude para explicar cómo la decepción y el miedo han terminado configurando buena parte de la experiencia cotidiana en las sociedades actuales.

La obra arranca precisamente en Extremadura. El autor sostiene que la identidad regional se ha construido históricamente alrededor de una serie de elementos recurrentes: la emigración, la percepción de atraso, el sentimiento de agravio territorial y la idea de marginación económica y política. Ese relato ha contribuido a conformar una suerte de discurso de la frustración que ocupa un lugar importante dentro del imaginario colectivo extremeño.

Sin embargo, el análisis introduce un matiz fundamental. Aunque el agravio continúa ocupando un espacio destacado en buena parte del discurso político e institucional, Sánchez-Oro considera que esa narrativa no siempre coincide con la percepción de la ciudadanía. A su juicio, muchos extremeños realizan una lectura diacrónica de la realidad regional y comparan la situación actual con la existente veinte o treinta años atrás. Desde esa perspectiva, sostiene que existe un elevado grado de satisfacción con los avances alcanzados y un notable orgullo por la evolución de la comunidad autónoma.

Los datos utilizados en el libro apuntan precisamente en esa dirección. Extremadura presenta altos niveles de felicidad declarada, una presencia relativamente importante de la religión, una persistencia de valores comunitarios y una intensidad menor de determinados patrones de hiperconsumo respecto a otras regiones. Al mismo tiempo, existe un temor evidente a perder ese bienestar conquistado durante las últimas décadas.

Para el autor, además, la región dispone de recursos propios suficientes para impulsar nuevas dinámicas de desarrollo. Recuerda que Extremadura aporta una parte sustancial de la producción energética nacional mientras sigue reclamando mayores compensaciones e infraestructuras que permitan transformar esos recursos en oportunidades económicas para su territorio.

Desde esa realidad concreta, Sánchez-Oro amplía el foco hacia el conjunto de las sociedades occidentales. Su principal tesis es que hemos pasado de una sociedad organizada alrededor del trabajo, las ideologías, los compromisos duraderos y las instituciones colectivas a otra basada en el consumo, la satisfacción inmediata y la realización individual.

La identidad personal ya no se construye principalmente a través de la profesión, la comunidad, la religión o la militancia política, sino mediante elecciones individuales, experiencias y estilos de vida. Es lo que Gilles Lipovetsky denomina hiperconsumo: una dinámica social que promete felicidad mediante la adquisición constante de bienes, servicios, experiencias y novedades.

Sin embargo, esa promesa está condenada a producir frustración. La satisfacción derivada del consumo es siempre temporal y genera nuevas expectativas, nuevos deseos y nuevas insatisfacciones. La sociedad contemporánea queda así atrapada entre tres tensiones permanentes: el deseo constante de consumir, el miedo a perder lo que ya se posee y la creciente conciencia de los costes sociales y ecológicos que provoca el propio modelo de consumo.

De esa combinación nace buena parte de la decepción contemporánea. Las expectativas de bienestar y felicidad aumentan constantemente mientras las posibilidades reales de satisfacerlas plenamente resultan cada vez más limitadas. El resultado es una sensación persistente de desencanto que afecta de manera especial a las clases medias occidentales.

El bienestar bajo la amenaza del miedo

Según explica el sociólogo, estas clases medias viven una contradicción permanente. Nunca habían alcanzado niveles semejantes de bienestar material y, sin embargo, pocas veces habían sentido con tanta intensidad el temor al descenso social. La globalización, la digitalización y la automatización alimentan la incertidumbre sobre el futuro laboral y generan la impresión de que los logros alcanzados pueden perderse en cualquier momento.

Junto a la decepción aparece el segundo gran eje del libro: el miedo. Inspirándose en Heinz Bude, Sánchez-Oro sostiene que este se ha convertido en el sentimiento definitorio de nuestra época. No se trata solamente de miedos concretos, sino de una atmósfera generalizada de inseguridad que atraviesa la vida social.

Los temores contemporáneos adoptan múltiples formas: miedo a perder el empleo, a la pobreza, a la degradación ambiental, al terrorismo, a la inmigración, a la enfermedad, a la pérdida de estatus social o a la incertidumbre asociada a las transformaciones tecnológicas. Todos ellos contribuyen a construir un clima emocional caracterizado por la vulnerabilidad.

El autor da un paso más y plantea que el miedo no constituye únicamente una consecuencia de las transformaciones sociales actuales, sino también una herramienta tradicional para el ejercicio del poder. En las dictaduras se manifiesta de forma directa mediante la violencia, la represión o la tortura. En las democracias liberales, sostiene, opera de manera más sutil, transversal e implícita.

En este sentido, afirma que las élites políticas recurren periódicamente a la activación de determinados temores colectivos. Las preocupaciones relacionadas con la inmigración, el cambio climático, la pérdida de identidad cultural, determinados proyectos industriales o las consecuencias económicas de ciertas decisiones públicas forman parte de esa gestión política de las emociones.

Sánchez-Oro retoma además una reflexión de la socióloga Eva Illouz para subrayar que la principal característica del miedo es la huida. El miedo favorece el repliegue, debilita la sociabilidad y reduce la capacidad de acción colectiva. Precisamente por ello, advierte, puede desplazar el foco de atención de problemas estructurales como la desigualdad, la precariedad laboral o la exclusión social hacia amenazas percibidas de forma más inmediata.

El análisis incluye también una tipología de las distintas formas en que el poder político se relaciona con el miedo. El demagogo lo intensifica y lo utiliza para movilizar apoyos. El gestor institucional intenta amortiguarlo o neutralizarlo. El estadista, por el contrario, reconoce su existencia y trata de canalizarlo racionalmente mediante respuestas colectivas.

Otra de las cuestiones centrales del ensayo es la crítica a la denominada happycracia. Inspirándose en los trabajos de Illouz y Edgar Cabanas, el autor cuestiona la creciente industria de la felicidad, formada por discursos de autoayuda, desarrollo personal y optimización emocional que presentan el bienestar como una meta alcanzable exclusivamente mediante el esfuerzo individual.

Cuando ser feliz se convierte en una obligación

La consecuencia de este proceso es que la felicidad deja de ser una circunstancia vital para convertirse en una obligación moral. Quien no logra sentirse feliz termina percibiendo su situación como un fracaso personal. Según Sánchez-Oro, esta lógica contribuye a ocultar que muchos problemas tienen raíces sociales, económicas y estructurales que no pueden resolverse únicamente mediante actitudes psicológicas o decisiones individuales.

El propio marco aspiracional contemporáneo, señala, se sostiene sobre elementos cada vez más difíciles de alcanzar. El trabajo suele estar marcado por la precariedad, el acceso a la vivienda resulta crecientemente complicado y los sistemas de bienestar afrontan restricciones cada vez mayores. El deseo de felicidad se desarrolla así dentro de una gran contracción de oportunidades que alimenta inevitablemente la decepción.

No obstante, el autor introduce una diferencia fundamental entre miedo y decepción. Mientras el miedo tiende a paralizar y a fomentar el repliegue individual, la decepción puede convertirse en una fuerza movilizadora. Por eso interpreta que las crecientes protestas por el acceso a la vivienda, visibles en numerosas ciudades europeas, expresan una respuesta colectiva al incumplimiento de las promesas de bienestar formuladas por el sistema.

A su juicio, están surgiendo nuevas formas de organización social que escapan parcialmente a los cauces tradicionales de representación. Asociaciones, plataformas y estructuras informales impulsadas por una ciudadanía desencantada tratan de responder a problemas que consideran insuficientemente atendidos por sindicatos, partidos políticos e instituciones convencionales.

La pérdida de influencia de estas instituciones constituye otro de los ejes del libro. La religión, las ideologías, los sindicatos, los partidos y otros mecanismos tradicionales de socialización han visto debilitada su capacidad para proporcionar sentido, identidad y protección colectiva.

La familia como último refugio

En medio de ese proceso existe, sin embargo, una excepción significativa: la familia.

Sánchez-Oro recupera aquí las tesis de Heinz Bude para sostener que la familia continúa siendo la institución que ofrece mayores niveles de confianza y amparo frente a la incertidumbre. Pero no se refiere tanto a la familia tradicional como a los vínculos familiares entendidos como relaciones prácticamente irrescindibles.

Más que el matrimonio, la pareja o el parentesco formal, el elemento decisivo sería la relación materno-paterno-filial. En una sociedad donde pueden romperse contratos laborales, amistades, afiliaciones políticas, compromisos ideológicos o relaciones sentimentales, el vínculo entre madres, padres e hijos sigue resistiendo a la lógica de la rescisión permanente.

Para el autor, son precisamente los hijos e hijas quienes constituyen el centro de la familia contemporánea entendida como una comunidad vital. Lo que muchas personas buscan no es exclusivamente una forma de convivencia, una herencia, una legitimación social o una expresión del amor, sino un vínculo duradero con hijos e hijas que ninguna de las partes pueda rescindir fácilmente.

En esa comunidad vital, sostiene, las diferencias de género pierden relevancia frente a la fortaleza de los vínculos. La familia se convierte así en el espacio que permite conciliar la necesidad humana de pertenencia con el deseo de autonomía característico de las sociedades modernas.

El libro concluye recuperando una reflexión de Heinz Bude que Sánchez-Oro considera especialmente esclarecedora. Los roles cotidianos de padre o madre pueden transformarse cuando los hijos abandonan el hogar y construyen sus propios proyectos de vida. Sin embargo, nunca se deja de ser hijo o hija. Ese vínculo atraviesa todas las etapas vitales y continúa proporcionando una forma de pertenencia que sobrevive incluso a la separación y a la muerte.

Sin embargo, Miedo y decepción no concluye con una mirada pesimista sobre el futuro. Sánchez-Oro identifica en la sociedad actual reservas de solidaridad, compromiso ético, asociacionismo y capacidad crítica que pueden servir de base para afrontar sus contradicciones. También en Extremadura, donde la memoria de las dificultades convive con la satisfacción por los avances alcanzados y el orgullo de pertenencia, existen recursos sociales y comunitarios desde los que construir nuevas oportunidades. Frente al individualismo, la incertidumbre y las promesas incumplidas de la sociedad de consumo, el autor reivindica la educación, la cultura y la participación ciudadana como herramientas para fortalecer los vínculos colectivos. El reto, en definitiva, es que Extremadura no se limite a defender el bienestar conquistado, sino que sea capaz de convertirlo en un proyecto compartido de futuro.