32.448 días después: Las fosas de Cáceres empiezan a revelar el destino de 153 víctimas de la represión franquista
Durante 32.448 días, las víctimas han permanecido bajo tierra sin nombre. Durante 88 años y casi diez meses, sus familias han convivido con una ausencia suspendida entre la certeza y la incertidumbre, sin una tumba a la que acudir y sin una respuesta definitiva sobre el lugar exacto en el que fueron enterrados sus familiares tras la represión franquista.
Ahora, en el cementerio municipal Nuestra Señora de la Montaña de Cáceres, aquella espera empieza a quebrarse. Bajo una capa de tierra de apenas setenta centímetros han aparecido ya seis cuerpos en una zona donde la documentación histórica sitúa los restos de 153 personas represaliadas. Son los primeros hallazgos de una intervención que tienes visos de convertirse en una de las mayores exhumaciones de memoria democrática realizadas en Extremadura.
La excavación se desarrolla en el llamado cuartel cuatro, conocido durante décadas como el antiguo Limbo. Allí trabaja el equipo de antropología forense de la Sociedad de Ciencias Aranzadi, que afronta una tarea mucho más compleja que recuperar restos humanos. El objetivo inicial consiste en comprender cómo fueron enterradas las víctimas, localizar los límites de cada fosa y reconstruir la organización interna del espacio para evitar que la información de unos cuerpos se mezcle con la de otros.
“Estamos intentando corroborar lo que nos marca la documentación”, explica la antropóloga forense María Fortuna, directora del proyecto. Los registros localizados describen ocho filas de enterramientos y distintas fosas dentro de cada una de ellas. Traducir ese plano histórico al terreno real es ahora la prioridad.
Los primeros seis cuerpos han aparecido en el nivel más superficial de la excavación, pero todo apunta a que bajo ellos podrían existir más enterramientos. Algunas posiciones anatómicas observadas por el equipo sugieren que los cadáveres fueron depositados en varios niveles, una circunstancia que obligará a extremar las precauciones durante los próximos meses.
Cada centímetro excavado aporta información. Las extremidades flexionadas, los desplazamientos producidos durante la descomposición o la profundidad a la que aparecen determinados huesos permiten reconstruir lo ocurrido hace casi nueve décadas. No se trata únicamente de encontrar esqueletos, sino de interpretar científicamente las circunstancias de los enterramientos.
Por eso el trabajo avanza con la lentitud precisa. Antes de retirar un cuerpo, los especialistas documentan su posición, registran su relación con los enterramientos contiguos y elaboran una cartografía precisa del subsuelo. En una investigación de estas características, conservar el contexto resulta casi tan importante como recuperar los restos.
En los primeros días también ha aparecido un pequeño tramo de muro cuya localización puede ayudar a definir uno de los límites del cuartel cuatro. Si se confirma su utilidad arqueológica, permitirá contrastar sobre el terreno la documentación histórica y organizar con mayor precisión las siguientes fases de la excavación.
Identificación
La identificación de las víctimas tampoco comenzará directamente en un laboratorio genético. El proceso arranca mucho antes. Los antropólogos deberán determinar sexo, edad aproximada, posibles patologías y características individuales de cada persona exhumada. Esa información será comparada después con la documentación histórica disponible sobre quienes fueron ejecutados y enterrados en esta zona del cementerio.
Solo entonces llegarán, cuando sean necesarias, las pruebas genéticas. Fortuna insiste en que no todos los familiares ofrecen las mismas posibilidades de identificación y que será necesario valorar caso por caso qué muestras resultan más adecuadas para cada estudio.
En esa labor de interlocución con los descendientes juega un papel esencial la Asociación Memorial en el Cementerio de Cáceres (Amececa), impulsora de un proceso que comenzó hace más de una década. La entidad mantiene contacto con familias de distintos puntos de Extremadura y también con descendientes que hoy viven fuera de la región como consecuencia de las migraciones producidas durante generaciones. Algunos de estos familiares ya han viajado hasta Cáceres y han podido hablar con Amececa y con la propia María Fortuna.
Muchas de esas familias llevan años aguardando este momento. Algunas han seguido cada paso administrativo desde 2010. Otras han conocido la existencia de las exhumaciones tras la difusión pública de los primeros hallazgos. Para todas, la aparición de los restos supone una mezcla de esperanza y prudencia: la posibilidad de una identificación sigue requiriendo meses de trabajo científico.
La continuidad de ese trabajo está garantizada gracias a la financiación aportada por la Diputación Provincial de Cáceres y la Secretaría de Estado de Memoria Democrática. El presidente de la institución provincial, Miguel Ángel Morales, ha reiterado el compromiso de completar las exhumaciones y facilitar la identificación de las víctimas para que puedan recibir una sepultura digna.
Entre los nombres que aparecen en la documentación relacionada con la represión franquista en Cáceres figura el de Antonio Canales González, alcalde socialista de la ciudad durante la Segunda República. Detenido tras el golpe militar de 1936, fue fusilado el 25 de diciembre de 1937. Diversas fuentes históricas señalan que su familia recuperó posteriormente el cuerpo, por lo que no figura entre las víctimas que previsiblemente permanecen en las fosas del cuartel cuatro.
Junto a él, la represión alcanzó también a numerosos cargos municipales de la provincia, alcaldes, concejales y dirigentes sindicales de distintas localidades cacereñas que fueron ejecutados o encarcelados durante aquellos años. Muchos de ellos continúan sin localizar o sin una identificación definitiva.
La previsión de Aranzadi es completar esta primera intervención entre finales de año y comienzos de 2027. Después, los trabajos avanzarán hacia el sector donde se encuentra el memorial actual y, posteriormente, al cuartel uno. Las labores de campo podrían prolongarse hasta antes del verano de 2027, aunque el calendario dependerá de la complejidad de los hallazgos.
Sin embargo, el final de las excavaciones no supondrá el final de la investigación. Quedarán por delante los estudios antropológicos, los análisis genéticos, las reconstrucciones tridimensionales, la elaboración de informes técnicos y, sobre todo, el largo proceso de poner nombre a quienes fueron reducidos durante décadas a un número en un registro.
Por ahora, la tierra del antiguo Limbo empieza a devolver las primeras pruebas de una historia conocida por los documentos y silenciada durante generaciones. Los seis cuerpos hallados son solo el comienzo. Bajo ese terreno permanecen todavía decenas de personas cuya identidad sigue esperando ser recuperada. Y para muchas familias, después de 32.448 días, la búsqueda entra por fin en la fase más ilusionante y decisiva.
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