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Extremadura ante la cuarta colonización energética

Imagen de archivo de una protesta en Villanueva de la serena de la Plataforma Salvemos La Coronada

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Durante décadas, Extremadura ha sido presentada como una tierra rica en recursos y pobre en capacidad de decisión. Una región a la que desde fuera se le reconoce poco por aquello que aporta y menos por lo que recibe. Por eso no resulta extraño que desde el Club Senior de Extremadura se haya popularizado una idea que cada vez resuena con más fuerza, la de las sucesivas colonizaciones energéticas que ha sufrido nuestra tierra.

La primera colonización energética llegó con las grandes presas hidroeléctricas. Bajo el relato del progreso y el interés general, miles de hectáreas quedaron inundadas y numerosos territorios transformados para producir una energía que, en gran medida, alimentó el desarrollo industrial de otros lugares. Extremadura aportó territorio y recursos mientras que el valor añadido y la industrialización se quedaron fuera. Ya saben aquello que cantaba Extremaduro en Extremaydura, “Tenemos el agua al cuello, con tanto puto pantano”...

La segunda colonización fue la nuclear, la central de Almaraz simboliza esa etapa, junto a aquel intento frustrado que fue Valdecaballeros. De nuevo, la lógica fue similar, asumir los riesgos y las servidumbres de una infraestructura estratégica cuyos beneficios principales no revertían proporcionalmente en nuestro territorio. De nuevo, lo peor para nosotros mientras que las eléctricas se beneficiaban con una bonita alfombra roja. 

La tercera colonización energética ha venido de la mano del despliegue masivo de plantas fotovoltaicas. Nadie discute la necesidad de avanzar hacia energías renovables ni la urgencia de combatir el cambio climático. Pero una cosa es la transición ecológica y otra muy distinta reproducir esquemas extractivos bajo una nueva etiqueta verde. Grandes extensiones de dehesa y tierras agrícolas fértiles han sido ocupadas por instalaciones destinadas a generar y exportar energía, mientras Extremadura sigue teniendo dificultades estructurales para generar industria asociada, empleo estable y tejido económico propio.

Y ahora parece abrirse una cuarta fase con la expansión de las plantas de biogás.

Conviene decirlo con claridad, el problema no es el biogás. La tecnología del biogás, bien diseñada y adecuadamente planificada, puede formar parte de una economía circular inteligente. Convertir residuos en recursos, cerrar ciclos materiales y reducir emisiones son objetivos legítimos y necesarios.

La cuestión es otra y es que la preocupación creciente en numerosos municipios extremeños tiene que ver con el modelo de implantación que se está promoviendo. No hablamos de pequeñas instalaciones vinculadas al territorio y a la gestión local de residuos, sino de grandes proyectos industriales cuya dimensión y necesidades generan preguntas todavía sin respuesta suficiente.

¿Qué residuos alimentarán realmente estas plantas? ¿Procederán del entorno cercano o requerirán importar enormes volúmenes desde otros territorios? ¿Qué incentivos pueden generar para ampliar modelos intensivos de ganadería o atraer nuevas actividades altamente contaminantes? ¿Quién obtiene el beneficio económico y quién asume los costes ambientales y sociales?

Estas preguntas no son abstractas, se las hacen ya las plataformas ciudadanas que se están formando en municipios como La Coronada, Oliva de Plasencia, Granja de Torrehermosa, Miajadas o Almendralejo. No están rechazando necesariamente una tecnología, están reclamando planificación, transparencia, evaluación rigurosa y capacidad de decidir sobre el futuro de sus pueblos.

En algunos casos, además, se denuncian cuestiones concretas de ubicación. En Oliva de Plasencia, por ejemplo, se ha señalado que el emplazamiento previsto coincide con la dirección de los vientos predominantes hacia el núcleo urbano, alimentando la preocupación por posibles molestias provocadas por los olores y sus efectos sobre la calidad de vida.

La cuestión de fondo es si Extremadura quiere seguir siendo una tierra de sacrificio o convertirse en protagonista de su propio modelo de desarrollo.

La transición energética será justa o no será. Y para que sea justa no basta con cambiar una tecnología por otra, hay que cambiar quién decide, quién se beneficia y quién asume los impactos.

Extremadura necesita energía limpia pero también necesita soberanía económica, planificación territorial, industria asociada, empleo digno y respeto por quienes viven en el territorio.

Porque si el resultado de cada transición es ocupar más suelo, importar más residuos y exportar más beneficios, entonces quizá no estemos construyendo un nuevo modelo. Quizá solo estemos perfeccionando el viejo.

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