José Precedo

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Va para 13 años en el Gobierno gallego, acumula cuatro mayorías absolutísimas, pero Alberto Núñez Feijóo no se ha olvidado nunca de hacer oposición. Nada más tomar posesión en la Xunta, erigió al bipartito de izquierdas –que solo duró tres años y medio frente a los 16 que había estado Fraga, la última etapa con el propio Feijóo de vicepresidente– en el origen de todos los males que aquejaban a Galicia. Luego responsabilizó al Gobierno de Rodríguez Zapatero. Y últimamente al de Sánchez. Por las redes sociales circulan vídeos de búsquedas en Google que arrancan con las palabras “Feijóo culpa a...” y arrojan centenares de titulares. La líder de la oposición y del BNG, Ana Pontón, le leyó a final de año una retahíla en el pleno de Parlamento gallego para acabar preguntándole si alguna vez el presidente de la Xunta va a sentirse responsable de algo.

También en el PP ha explotado dos perfiles aparentemente incompatibles según le ha convenido: miembro de la dirección y a la vez verso libre que ejercía de Pepito Grillo. Feijóo ha sido todos estos años el barón que aterrizaba en Madrid para pedir contundencia contra los escándalos del partido, el que decía sentir “vergüenza” de Bárcenas en los corrillos de periodistas a la puerta de la sede y regresaba a Santiago cargado de titulares que alimentaban el perfil de dirigente centrado y “referente moral del PP”, como se le ha llamado en algunas crónicas recientes. Puesto a conseguir cosas improbables, ha sido capaz de gobernar Galicia sin dejar de pisar ese Madrid de platós televisivos y comidas en reservados con periodistas. Esa década larga con un pie en cada lado ayuda a explicar por qué va a convertirse en el líder del PP cuatro años después de dejar pasar la oportunidad de presentarse a unas primarias en las que todo el partido le esperaba.

Feijóo, la contradicción como arte de hacer política

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Aquel verano de 2018 tuvo a los suyos en vilo hasta el último segundo y cuando llegó la hora anunció con lágrimas en los ojos que su destino era “Galicia, Galicia, Galicia”. Era uno de los dos discursos que encargó. El segundo que mandó escribir decía todo lo contrario, según reveló el periodista Fran Balado en El Viaje de Feijóo. La prensa gallega –donde es improbable encontrar tacha al presidente gallego– bendijo su decisión con el mismo entusiasmo con el que lo despide esta semana en la que que va a emprender el plan B.

Por qué Feijóo acepta ahora lo que desechó hace cuatro años es una pregunta que solo él y un par de personas de su entorno pueden responder. A falta de glorias mayores, el día en que decidió no competir por la presidencia del PP en 2018 forma parte ya de los grandes enigmas de la Autonomía. Cada diputado, cada alcalde, cada concejal, ya no digamos cada periodista, tiene una tesis sobre el no-anuncio. Que si sus enemigos guardan más fotos del álbum de veraneos y viajes a la nieve con el narco Marcial Dorado... Que si una multinacional del Ibex se la tiene jurada por apoyar a una empresa extranjera en un intento de opa hostil... Que si la recién estrenada paternidad de entonces... Que si pidió a Rajoy sin éxito una designación a dedo...

Fuese cual fuese la razón, Feijóo acabó dando la espantada, apoyó en la primera vuelta a Cospedal y, cuando se trató de elegir entre Casado y Soraya Sáenz de Santamaría, sus compromisarios apoyaron al primero, conocedores como eran de la nula simpatía que tenía el líder gallego por la vicepresidenta de Rajoy. Ganó Casado, pero Feijóo siguió operando en la sombra, siempre a caballo entre Santiago y Madrid. Primero intentó sin éxito que no se nombrase portavoz del Congreso a Cayetana Álvarez de Toledo y luego hizo todo lo posible por hacerla caer para que el mensaje del partido lo asumiese Almeida. No dudó en enmendar a Casado públicamente cada vez que vinieron mal dadas.

Esos eran los equilibrios que mantenía el líder gallego hasta que Casado tomó la decisión que ya nunca le perdonará el partido: chocar con Ayuso, otra criatura del PP madrileño crecida en las faldas de Esperanza Aguirre y a la que el presidente y compañero de Nuevas Generaciones había dado su gran oportunidad con la candidatura autonómica. Desafiar a la dirigente en auge del PP, después de que hubiese devorado a Ciudadanos y frenado el despegue de Vox en uno de los feudos claves para los populares, le ha costado la carrera.

Lo que sigue es una reconstrucción de siete días de llamadas, mensajes, entrevistas y pactos en la sombra para garantizarse que no tendría rival. La semana que encumbró a Feijóo a la cima del PP.

Por aclamación y sin otros candidatos en las primarias, como él mismo había soñado en 2018. El presidente gallego recuperó por fin este jueves el discurso que no pudo leer entonces hace cuatro años: del “Galicia, Galicia, Galicia” a una marcha a Madrid que ahora emprende como un sacrificio por España.

Jueves 17: guerra de comparecencias

El jueves 17 de febrero quedará marcado en el calendario como el día en que los populares empezaron a descuartizarse en vivo y en directo después de que el entorno de la presidenta Ayuso hubiera filtrado al diario El Mundo una nueva trama de supuesto espionaje interno, esta vez desde la sede nacional para tratar de indagar en los sospechosos negocios con la Comunidad del hermano de la presidenta. Según esa información, el Gobierno regional tenía pruebas de que asesores del PP en el Ayuntamiento contactaron por orden de Génova con detectives para que indagasen en los datos bancarios y fiscales de su hermano. Ayuso golpeó primero en una comparecencia con acusaciones muy graves a la cúpula del partido.

El secretario general, Teodoro García Egea, bregado en mil batallas internas desde 2018, no se arredró. Se presentó en rueda de prensa para engordar las sospechas sobre el contrato de 1,5 millones de euros que la Comunidad había adjudicado por la vía de urgencia a un empresario amigo de los Ayuso, una información desvelada por elDiario.es meses atrás. El número dos del PP dio a entender que el propio hermano de la presidenta había cobrado una comisión.

El choque de Ayuso y el número dos del partido hizo temblar los cimientos del PP: desde Castilla y León, donde Alfonso Fernández Mañueco aún debía empezar a negociar con Vox un gobierno de coalición, hasta la Andalucía de Moreno Bonilla, que será el próximo en pasar por las urnas. El terremoto tuvo réplicas en todas partes, por supuesto también en Galicia. Y donde los demás vieron la amenaza de demolición de un partido que había liderado el centro derecha durante tres décadas, Feijóo empezó a vislumbrar que tal vez su momento había llegado.

Consciente de que los focos volverían a apuntarle a él como el dirigente de las cuatro mayorías absolutas consecutivas, midió como hace siempre cada palabra a pronunciar el día siguiente. La mañana del viernes no acudía a una cita cualquiera.

Viernes de entrevistas

Desde unas semanas atrás había pactado una entrevista en EsRadio, la emisora que dirige Federico Jiménez Losantos, un comunicador que apenas tiene audiencia en Galicia –menos de 50.000 oyentes según el Estudio General de Medios–, pero que es la biblia para el sector más a la derecha del PP.

Losantos ya no fue ese día el locutor implacable que había lanzado durísimos improperios al presidente gallego. “De qué escombrera intelectual han sacado a su líder en Galicia”, llegó a preguntarse en antena la estrella de EsRadio cuando Rajoy –“maricomplejines” para el locutor– aún lideraba el partido. El viernes 18 Feijóo pasó a ser “Don Alberto” en un programa especial emitido desde Sanxenxo y que tenía como patrocinador principal al Xacobeo, la empresa pública que se encarga de promocionar el turismo del Camino de Santiago. El dirigente gallego sabía que jugaba en casa y no solo por el dinero que su gobierno aportó a través del Xacobeo a la emisora EsRadio, sino porque Losantos ya se había despachado a gusto contra la dirección de Casado unas semanas atrás por el episodio del error en el voto del diputado del PP Alberto Casero. “A ver, Pablo, que tienes de mano derecha a un tonto, cuya mano derecha es lelo”, había advertido Losantos al líder del PP tras llamar “bola de sebo” a Casero.

Con Feijóo todo fue mucho más suave esa mañana de viernes. La primera pregunta de la entrevista sobre la crisis del PP ni siquiera fue una pregunta. “Se le está poniendo a usted cara de presidente”, dijo Losantos entre aplausos del público dejando entrever por dónde iba a discurrir la charla. Feijóo bebió agua, sonrió y despejó la cuestión alegando que es normal tener cara de presidente cuando uno lleva 13 años al frente de la Xunta. Luego se dejó agasajar por el locutor mientras Losantos repetía que el dirigente gallego era “el único referente del PP” y que mucha gente lo quiere “de líder nacional ahora y de presidente del Gobierno dentro de dos años”.

A diferencia de otras veces, Feijóo no pronunció ninguna de esas frases crípticas pensadas para que se pueda interpretar una cosa y su contraria. Cargó las tintas sin llegar a citarlo explícitamente contra el secretario general, Teodoro García Egea, y contra la forma en que el propio partido “había creado un problema” en Madrid. Pero los titulares no fueron tanto por ahí como por las tres advertencias que soltó más tarde y que cayeron como una bomba en Génova 13: “Espero que no necesitemos llegar a un congreso para solucionar un problema”. “El congreso tocaría a mitad de año pero no podemos llegar con esta herida abierta al Congreso”. “Sería muy malo dejar este asunto abierto durante meses y tener que resolverlo en un match ball en un congreso del Partido Popular”.

No eran advertencias gratuitas. Feijóo y otros barones llevaban en contacto permanente desde la víspera: el jueves el partido había entrado en shock tras el cruce de acusaciones entre el secretario general y la presidenta de la administración más importante en manos del PP. Mientras charlaba con Losantos, Feijóo y algunas voces relevantes del partido todavía aventuraban que el conflicto se podría solucionar entregando dos cabezas: Casado podría dejar caer a su número dos y Ayuso destituir a su polémico spin doctor, Miguel Ángel Rodríguez, a quien todos sitúan tras la filtración del supuesto caso de espionaje para intentar tapar las comisiones del hermano de la presidenta. Una forma de frenar la batalla aunque ambos quedasen debilitados. Eso es lo que defendían a primera hora del viernes los dirigentes con más poder territorial en el PP.

Pero al mismo tiempo que Feijóo se explayaba en EsRadio, en la Cope era el propio Casado quien subía la apuesta de su secretario general y deslizaba acusaciones de tráfico de influencias sobre Ayuso y hacía ver que el hermano de la presidenta podría haber usado una “empresa pantalla” para unos contratos “que por ley tiene prohibidos con la administración”.

Casado llegó a plantear en voz alta una pregunta que era una daga en el costado de la recién elegida presidenta de Madrid: “La cuestión es si es entendible que el 1 de abril, cuando morían en España 700 personas, se puede contratar con tu hermana y recibir 286.000 euros de beneficio por vender mascarillas. Yo creo que no es ejemplar. Yo no permitiría que un hermano mío cobrara 300.000 euros por un contrato adjudicado por mi Consejo de Gobierno”.

Nada más acabar la entrevista de Casado, que fue replicada en las redes sociales por las cuentas del PP, Ayuso entraba por teléfono también con Carlos Herrera para presentarse como víctima de un ataque sin precedentes por parte de la dirección. Planteó que las sospechas sobre el contrato del que cobró su hermano formaban parte de un chantaje de la cúpula del partido para evitar que se presentase a presidenta del PP de Madrid. La guerra total había subido el escalón definitivo: no era ya entre Ayuso y el secretario general, sino con el presidente del PP, para pasmo de los pesos pesados del partido en toda España.

La Comunidad de Madrid sacó un par de horas después un comunicado para reconocer lo que hasta hora eran solo sospechas: la nota pública admitía que efectivamente el hermano de Ayuso cobró de una empresa a la que el Gobierno regional había otorgado un contrato a dedo de 1,5 millones de euros para traer mascarillas de China en lo más grave de la pandemia, cuando morían 700 personas al día, como había dicho Casado. La explicación oficial fue que el empresario amigo de la familia le pagó a Tomás Díaz Ayuso 55.000 euros por las gestiones para traer ese material sanitario desde Asia. En la nota de prensa se admitían tres pagos más del adjudicatario al hermano de la presidenta, que no se cuantificaban, pero que según la Comunidad nada tenían que ver con ese contrato y de los que no se iba a informar para proteger la “intimidad” del mayor de los Díaz Ayuso.

El reconocimiento de esos cobros podría haber servido para apuntalar la versión del líder del PP, según la cual lo que se estaba persiguiendo era un caso de corrupción, pero los barones ya habían elegido bando. Y era el contrario.

Algunos de ellos, como Moreno Bonilla, muy preocupado por las consecuencias que la bronca interna pudiera tener en las elecciones en Andalucía que ya de ninguna forma pensaba adelantar, empezaron a repetir en privado la idea que Feijóo había lanzado con Losantos: el partido no podía esperar hasta el verano para celebrar el congreso y tal vez hubiese que ir pensando en una nueva dirección. Tras tantear a mucha gente, Feijóo se acostó esa noche sabiéndose ya favorito para ocupar la silla de Casado.

Sábado 19: “Reunión infructuosa”

Si el viernes fue el día de las entrevistas en la crisis del PP, el sábado fue el de los primeros editoriales. El Mundo tituló a primera hora “El liderazgo natural de Feijóo” para señalar al sucesor de Casado, “cuya autoridad moral ha quedado muy dañada”. De Feijóo escribía el editorial: “No se está postulando para mover la silla a Casado. Realmente no lo necesita: goza de una cómoda posición en Galicia mientras que el PP nacional atraviesa una crisis profunda que solo reserva quebraderos de cabeza a su dirección actual y a quien desee encabezarla en el futuro. El presidente gallego ya rechazó una vez concurrir a las primarias tras la dimisión de Rajoy pese a ser reconocido por todos como el sucesor natural, momento que aprovechó Casado para beneficiarse de la pugna entre Sáenz de Santamaría y Cospedal. La historia no se repite, pero ciertos trenes pasan dos veces. Y ese tren no es Génova sino España. La ausencia de liderazgo es la hemorragia por la que hoy se desangra el PP en favor de Vox, disyuntiva que perpetuaría al sanchismo en el poder. No se trata tanto de una cuestión ideológica como de valía, seriedad, experiencia”. 

En apenas tres días, el liderazgo del líder de la oposición, el primer presidente elegido en primarias en el PP, pendía de un hilo. Forzado por las presiones internas que recibía de los barones y de un sector de la prensa madrileña, Casado convocó a Ayuso a una reunión secreta esa misma tarde, de la que no se sabría nada hasta el sábado.

Los periódicos empezaban a publicar informaciones basadas en fuentes sin identificar que amenazaban con forzar la convocatoria de un congreso extraordinario para hacer caer a toda la cúpula. Se sucedieron las conversaciones y mensajes entre Andalucía y Galicia. Moreno Bonilla avalaba la candidatura de Feijóo, pero algunos dirigentes temían que el presidente gallego diera la espantada en el último momento como la otra vez. Ayuso guardaba silencio en público, pero movía sus piezas desde la Puerta del Sol.

Hasta que la dirección nacional decidió informar a mediodía del sábado de la cita de la víspera en Génova 13 en un breve mensaje de texto. El gesto por la paz de Casado consistió en decir que le habían convencido las explicaciones de la presidenta regional y que el PP cerraba el expediente abierto el día anterior, cuando todo eran sospechas sobre el contrato. Pero Ayuso no cumplió su parte. Se le había propuesto admitir que nadie de la dirección nacional le había espiado, pero su equipo contestó con dos palabras sobre la cita con el presidente del partido: “Reunión infructuosa”.

Las redes sociales de Telemadrid llevaban dos días informando de que se estaban convocando manifestaciones espontáneas contra Casado ante la sede nacional del partido. Los teléfonos de los barones volvieron a hervir. Nadie habló en público.

Domingo 20: furia y editoriales

El domingo 20 fue un día de furia. Las agendas de los principales líderes nacionales y del Gobierno de Madrid amanecieron sin actos, igual que el sábado. El silencio en el PP era ensordecedor, la calma antes de la tormenta que estaba por venir. A mediodía 3.000 simpatizantes de Ayuso se presentaron ante las puertas de la sede nacional del PP para gritar cánticos durísimos contra Casado y García Egea. Los manifestantes señalaron al presidente y al secretario general como “los traidores del PP”, los equipararon con Sánchez, con Iglesias y con todo lo que es anatema para el partido. Hubo banderas de España, pancartas serigrafiadas con la cara de Ayuso y ambiente de manifestación de Colón, pero esta vez contra el líder del PP. A falta de comparecencias públicas durante esa mañana, la algarada a las puertas de Génova 13, supuestamente improvisada, sirvió para ilustrar en todas las televisiones el capítulo del domingo en la crisis del PP.

A media tarde, ABC lanzó una alerta a sus lectores con su portada del día siguiente. “Casado, una dimisión obligada”, titulaba a toda página el editorial, acompañado de una foto del líder del PP atravesando un paso de cebra. El Mundo pidió lo mismo horas después: “Casado, obligado a pasar página”. El presidente popular, abandonado primero por los barones, había perdido también el favor de la prensa conservadora que más influye en sus bases.

Personas que conocen bien la vida interna del PP sostienen que el posicionamiento de los periódicos de la derecha no fue del todo espontáneo y que enviados del líder gallego sondearon a determinados poderes de la capital antes de dar el paso en un nuevo episodio de la diplomacia feijooniana con la prensa.

Ese domingo se produce la llamada más importante de esta crisis. Feijóo habla con Ayuso. El contenido exacto de la conversación no trasciende, pero las fuentes consultadas sostienen que la presidenta de Madrid le garantizó que no presentaría candidatura a liderar el PP si se libraba de Casado. El dirigente gallego dio por hecho que había vía libre para un plan largamente soñado: ser designado presidente del PP en un congreso por aclamación, con el apoyo de los barones del partido, de la prensa conservadora y sin rivales de envergadura. La alfombra estaba extendida. Los barones también respiraron porque habían encontrado por fin una salida no traumática a la crisis abierta y un relevo de garantías para afrontar el ciclo electoral que empezará en Andalucía cuando Moreno Bonilla quiera. Aunque él no lo supo entonces, el final de Casado quedó escrito ese domingo 20 de febrero.

Lunes 21: deserciones y sándwiches

Con los editoriales y tertulianos arreciando contra el presidente del PP, Casado citó el lunes a su núcleo de fieles en el comité de dirección para lo que debía ser un cierre de filas con el líder. No sucedió así. Personas de su máxima confianza como la portavoz parlamentaria, Cuca Gamarra; el líder en el Senado, Javier Maroto, a quien Casado había buscado un hueco en la Cámara Alta tras no haber logrado el escaño en el Congreso en las generales, e incluso Dolors Montserrat, la jefa de la delegación popular en Bruselas, le dieron la espalda y exigieron la convocatoria de una junta directiva nacional que pusiese fecha a un congreso. Solo la número tres, Ana Beltrán, y los vicesecretarios de Comunicación, Pablo Montesinos, y de Política Territorial, Antonio González Terol, se mostraron leales. También Teodoro García Egea, que desde una sala contigua hacía llamadas convencido de que la dirección aún podría mantener la mayoría en la junta directiva nacional y resistir.

Fue una reunión eterna para Casado, que apenas habló para decir que él no había hecho nada malo. Quienes estuvieron presentes describen a un líder superado. La expresidenta del Congreso, Ana Pastor, advirtió que no se levantaría de la mesa hasta que hubiese un compromiso de convocar al máximo órgano del partido entre congresos. Andrea Levy se sumó al ultimátum. El portavoz del partido, José Luis Martínez-Almeida ni siquiera se presentó a la cita. Las horas avanzaron muy lentas en esa sala, a donde iba llegando el ruido que fuera seguía creciendo.

Ayuso había reaparecido con el hacha de guerra tras tres días en silencio para avisar de que lo sucedido no podía “salir gratis” y pedir más sangre. La presidenta, de paso, confirmaba lo que le había contado a Feijóo la víspera: que no tenía aspiraciones de suceder a Casado y que su sitio está en Madrid.

A mediodía el presidente gallego dictó sentencia durante una visita institucional a una fábrica de aceites en Ourense. Nada más le pusieron los micrófonos delante, advirtió: “Casado tiene que tomar una última decisión”. Su equipo de asesores subrayó la palabra “última”. Los titulares, también. El presidente gallego confirmó además que durante el fin de semana había escuchado a mucha gente. Y, sobre todo, que Casado pudo escucharlo a él: “Mi opinión se la di [a Casado] de forma clara, leal y nítida”.

Por si las cosas no estuvieran cristalinas, uno de sus dirigentes de confianza, el presidente de Nuevas Generaciones en Galicia y diputado en el Parlamento autonómico, Adrián Pardo, tuiteó un comunicado que reclamaba una gestora al frente del PP para preparar el congreso extraordinario. A Pardo le siguieron luego otros diputados gallegos pidiendo lo mismo. Y en el partido se interpretó lo evidente: ninguno de esos cargos públicos tan cercanos a Feijóo se habría atrevido a desairar al presidente nacional sin el consentimiento del líder gallego.

En la sala de juntas de la séptima planta de Génova a esa hora el comité de dirección pedía sándwiches a una cadena de comida rápida para seguir debatiendo. Ya no se levantarían hasta las nueve de la noche, cuando Casado se comprometió por fin a que al día siguiente firmaría la convocatoria de la junta directiva nacional para que sus más de 400 integrantes decidiesen el futuro del partido. García Egea había pasado el día recabando apoyos por teléfono y susurrando al líder que las cuentas aún podían salir. Integrantes de ese comité de dirección relataron a los medios el ultimátum dado a su jefe. Se presentó como una decisión por unanimidad, pero Casado sabía que, tras los barones y la prensa afín, había perdido también a su guardia pretoriana.

Martes 22: Caen Almeida y García Egea

El martes fue otra jornada de noticias pésimas para el líder del PP. La primera, la dimisión de Martínez Almeida como portavoz nacional. En el peor momento, el alcalde de Madrid se bajaba del barco de Casado, que lo había hecho portavoz tras defenestrar a Cayetana Álvarez de Toledo en el Congreso. El alcalde ya tenía sus propios problemas, por los contactos que algunos cargos municipales habían tenido con agencias de detectives para obtener información del contrato del hermano de Ayuso. El regidor negó tener nada que ver y había forzado la dimisión de Ángel Carromero, uno de esos fontaneros del PP crecido en las Nuevas Generaciones que aparece en todas las salsas. La persona a la que desde el entorno de Ayuso se culpaba de urdir un espionaje siguiendo órdenes de la dirección de Casado.

Como de momento la supuesta trama de espionaje apuntaba al Ayuntamiento, Almeida optó por quitarse de en medio en el partido. Su renuncia como portavoz no sería la única dimisión del día. A última hora caería también Teodoro García Egea, desanimado y consciente, tras sondear a decenas de dirigentes, de que habían perdido la batalla y también la guerra. Pero su cabeza a esas alturas fue una pieza menor, porque los popes del partido, con Feijóo y Ayuso a la cabeza, ya solo aguardaban la renuncia de Casado.

A mediodía del martes empezó una cascada de declaraciones, todas en el mismo sentido. Uno a uno, los dirigentes territoriales fueron posicionándose del lado de Feijóo. Moreno Bonilla, Mañueco, Carlos Iturgaiz, Monago desde Extremadura... El colofón lo puso el presidente de Murcia, Fernando López Miras, íntimo del secretario general y que hasta ese momento se había mantenido firme del lado de la dirección.

La cuenta atrás se había activado definitivamente. También en las escalas intermedias del partido se producen deserciones muy simbólicas, dirigentes que se lo debían todo a Casado como Pablo Hispán o Adolfo Suárez Illana y hasta el mismísimo Fran Hervías, reclutado de Ciudadanos, cambian de chaqueta.

Casado asume a lo largo de ese día que será un congreso extraordinario el que elija a su sucesor, pero rechaza dimitir, como le estaba exigiendo una parte del partido. Repite a su círculo que no ha hecho nada malo y pide una salida digna. Quienes lo trataron esas horas describen a un dirigente desconcertado que no entendía cómo había llegado su final solo unas semanas después de que algunas encuestas le situasen en empate técnico con el PSOE.

El presidente toma la decisión de citar a los barones en Génova para el miércoles y recurre a una formalidad para librarse de Ayuso: convoca solo a los presidentes del partido. Como Madrid está en manos de una gestora, ella no podría estar en esa reunión decisiva.

El martes expira con una entrevista de García Egea en La Sexta, donde el ya defenestrado secretario general defiende su actuación en el caso del contrato de Ayuso. Egea añade suspense al final de la jornada: deja entrever que habrá otro candidato en el congreso para enfrentarse a Feijóo. No da más pistas.

Miércoles 23: compromiso por escrito

El miércoles 23 arranca con otro trago muy amargo para Casado. Porque, a diferencia de García Egea, él sí mantuvo la pregunta en la sesión de control al presidente del Gobierno. Coherente con su intención de no salir por la puerta de atrás tampoco del Congreso, quiere despedirse de la institución con un discurso. “Entiendo la política desde el respeto a los adversarios y la entrega a los compañeros”, dice ante un Pedro Sánchez que le reprochó su bloqueo de los órganos constitucionales pero decidió no hurgar en la herida. Casado deja sin consumir su turno de réplica y, tras un momento de titubeo, abandona el hemiciclo. Antes, el mismo grupo de diputados que habían contribuido a tumbarlo escenificaron una ovación puestos de pie aplaudiendo al líder caído. Escaleras abajo, corrieron tras Casado las pocas personas que se mantuvieron leales hasta el final: Antonio González Terol, Ana Beltrán y Pablo Montesinos.

La reunión con los barones estaba fijada para las ocho de la tarde. Pero Casado decidió citarse antes a solas con Feijóo. Para entonces ya tenía suficientes indicios de que ese encuentro iba a ser casi un traspaso de poderes.

Lo que hablaron esa tarde Casado y Feijóo se quedará entre ellos. De la reunión posterior con los barones se fue filtrando sobre la marcha que estaban exigiendo la dimisión del líder esa misma noche para que el presidente gallego tomase las riendas del partido inmediatamente, algo que permitían los estatutos. No pasó así y el equipo de asesores de Feijóo se afanó en explicar a medianoche que el dirigente gallego no pretendía bajo ningún concepto derrocar a Casado por la fuerza para ponerse él, sino escuchar a la militancia.

Abatido Casado, comenzaba otra batalla, la del relato, que todavía continúa: hacer ver que el liderazgo de Feijóo no se fraguó en la mesa camilla del PP, sino que responde a un mandato de las bases. Para eso está el Congreso, que se celebrará la primera semana de abril en Sevilla, una forma de lanzar la candidatura de Moreno Bonilla a las andaluzas respaldada por un nuevo PP.

Pero esa versión tiene lagunas. A última hora del miércoles Feijóo, que ya tenía garantías de que Ayuso no se presentaría, todavía quiso cerciorarse de que la amenaza de García Egea la noche anterior en La Sexta no iba a llevarla a cabo el todavía líder del partido. Fuentes de la dirección popular aseguran que fue el dirigente gallego quien exigió que figurase expresamente en la nota de prensa posterior que Casado tampoco iba a presentar candidatura en el congreso.

Ese compromiso figuró en el primer párrafo del comunicado oficial que el partido mandó a los medios para resumir el encuentro: “El presidente del PP ha trasladado hoy a los presidentes autonómicos de esta formación su decisión de no concurrir al próximo congreso nacional que será convocado en la junta directiva que se celebrará el próximo martes 1 de marzo”.

Escrito y hecho: el 1 de marzo, martes de carnaval, la junta directiva convocó el congreso que deja vía libre a Feijóo para liderar el partido. A cambio, el dirigente gallego empezaba ese día a reinsertar a Isabel Díaz Ayuso: “Es la presidenta de Madrid y una persona honorable, no nos presenta dudas su honorabilidad”, dijo utilizando ese “nos” que ya lo coloca como presidente in péctore. El expediente abierto a la presidenta se cierra con fecha 1 de marzo. La adjudicación a dedo de 1,5 millones de euros en mascarillas que reportó a su hermano una comisión ya reconocida de 55.000 euros por parte de una empresa que ha efectuado al menos otros tres pagos queda en manos de la Fiscalía Anticorrupción.

Fueron siete días de ruido, furia, traiciones y movimientos en la sombra. La semana que ha elevado a Feijóo a la cima del PP.