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ENTREVISTA Escritora

El retrato del ‘infierno’ de Internet de Carla Nyman: “Es un espejo narcisista con versiones recortadas de nosotros mismos”

Carla Nyman (Palma, 1996) acaba de publicar su segunda novela. Recién llegada de su presentación en Barcelona, continúa en Madrid el tour promocional de una fábula contemporánea capaz de retratar a una generación entera. La obra, titulada El valle del silicio, acerca a los lectores a una joven mujer que vive encerrada mientras su cuerpo parece diluirse en tras la pantalla de un chat en Internet que le promete escapar de los grandes problemas que la rodean. Desde esa historia, la autora construye una novela que se desarrolla como una deriva psíquica atravesada por el deseo, la tecnología y la necesidad de afecto.

Mientras encara un largo día de entrevistas, café en mano, la escritora y dramaturga se estrena con elDiario.es explicando el punto de partida de la trama. La protagonista necesita sustitutos para las figuras que han desaparecido de su vida: desde una compañera de trabajo virtual hasta su perro que habla, llamado Averroes, pasando por Samuel Pearce, quien representa una vía tecno-mística de escapismo. “Vivimos en una negación constante de la realidad, con conductas compulsivas, depresión e incertidumbre”, apunta la autora, señalando cómo Internet puede funcionar tanto como espacio de libertad como de control, reflejando la tensión entre deseo, adicción y aislamiento que refleja la novela.

Más allá de la narrativa, Nyman ha trabajado en proyectos que fusionan literatura, performance y tecnología. Próximamente estrenará Hyperbórea, una obra de teatro para actriz y robot en Conde Duque, y desarrolla el Hydra, gracias a una beca de la Real Academia de España en Roma, un proyecto que reinterpreta mitos híbridos para explorar al ser humano como cuerpo compuesto de minerales, agua y tecnología. Su escritura, reflejo ficcionado de la realidad, proyecta los futuros posibles entre la mente, el cuerpo y los entornos digitales.

La novela arranca con una protagonista aislada, encerrada, que lentamente va desvaneciéndose en la pantalla, hablando con Samuel Pearce. ¿Era la idea plantearlo como una nueva forma de encierro, no solo físico, sino mental y tecnológico?

Sí, justamente a ella le ocurre eso: es como si se hubiese anulado toda su realidad. Todos sus vínculos interpersonales han desaparecido, como si se hubiesen evaporado. Su trabajo también es telemático, lo cual fuerza ese autoaislamiento casi autoimpuesto. Además, vive una orfandad casi cósmica —una palabra que ha salido mucho en presentaciones— porque no tiene lazos con amistades ni con pareja.

Se da a entender que lo ha dejado recientemente con su pareja, tampoco se relaciona con su familia, con sus padres; es como que están, pero no están. Entonces necesita sustituciones compensatorias para poder subsistir. Ahí aparece el ordenador, como si estuviese animado a través de ese usuario que es Samuel Pearce. Y todo es muy mental, sin apenas acción. Solamente en algunas partes.

Claro, como cuando Samuel Pearce le invita a ir al teatro, pero sin encontrarse.

Eso es. Y también cuando él empieza a dar directrices, como ir a la casa de su infancia para enfrentarse a una especie de demolición genealógica. Es una novela en la que la acción no es física o anatómica —como en las películas de acción—, sino mental, psíquica. Hay incluso “agujetas psíquicas” de tanto proceso mental.

Desde luego. También resulta muy interesante cómo se plantean los personajes. Da la sensación de que representan distintos sentires de la contemporaneidad: el hastío de la narradora, la promesa digital de Samuel Pearce, la aceptación del nuevo orden —un capitalismo amable, verde— en Lady Kombucha, y Averroes, que es puro pensamiento crítico. 

Ha sido más bien accidental. Creo que la novela es un síntoma de este momento contemporáneo delirante, casi esquizoide, en el que vivimos: startups, preocupación por la microbiota más que por el deseo… De ahí emergen estos personajes simbólicos. Ella, al vivir esa orfandad, necesita sustituir figuras que no tiene. Por ejemplo, le falta una madre y la sustituye con Lady Kombucha, que representa un mandato ético hiperbolizado, muy cercano a un mandato capitalista: ser eco-friendly, éticamente intachable, pero mediado por el mercado. 

La novela es un síntoma de este momento contemporáneo delirante, casi esquizoide, en el que vivimos: startups, preocupación por la microbiota más que por el deseo

Samuel Pearce también surge de un desencanto con el mundo y propone una vía: una unión tecno-mística, una salida hacia el ciberespacio. Es una fantasía de omnipotencia: autooptimizarse, salir de la mediocridad humana, fundirse en lo digital, en discursos cripto-capitalistas. Averroes, en cambio, es el principio de realidad: le recuerda que tiene que comer, cumplir funciones biológicas, ser más un perro que un humano atrapado en fantasías filosóficas. Aunque también es un personaje autoritario.

Todos los personajes monitorizan a la protagonista, la teledirigen; ella no tiene agencia. La mueven como una marioneta y atraviesan su pensamiento, hasta que acaba disolviéndose en ellos. Supongo que para no estar sola: es su forma de ofrecerse al otro.

Durante la lectura surge una asociación bastante clara con distopías clásicas como Matrix, donde la IA controla el mundo alimentándose de los humanos ¿Esa distopía ya se ha mezclado con la realidad?

Creo que la distopía es lo que estamos viviendo. Es delirante: desde querer terraformar Marte hasta muchas otras cosas del presente. La ciencia ficción ya es nuestra cotidianidad. La novela sería más bien ficción especulativa: extraña la realidad para señalar lo delirante que es. Vivimos en una huida y una negación constante de la realidad, con conductas compulsivas en Internet, depresión, incertidumbre… Es la sintomatología contemporánea.

La ciencia ficción ya es nuestra cotidianidad. La novela sería más bien ficción especulativa: extraña la realidad para señalar lo delirante que es

También en un momento donde parece desdibujarse cualquier tipo de orden y todo puede tambalearse, incluso el derecho internacional.

Sí, un neoliberalismo absoluto: los derechos humanos se aplastan y prevalece el discurso del más fuerte.

En la relación con Samuel Pearce, que es completamente digital, ¿puede percibirse un cambio en los vínculos afectivos a través de la tecnología?

Sí. Internet es una red planetaria tentacular: permite acceso a información, pero también está atravesada por poder, vigilancia, extracción de datos y discursos dominantes. Además, funciona como espejo narcisista: nos devuelve versiones recortadas de nosotros mismos. Subo esta foto a Instagram y esto soy yo. Subo este tweet y estos no sé cuántos caracteres soy yo. Soy casi un eslogan o una consigna o un panfleto, ¿no? 

Internet funciona como espejo narcisista: nos devuelve versiones recortadas de nosotros mismos. Subo esta foto a Instagram y esto soy yo. Subo este tweet y estos no sé cuántos caracteres soy yo. Soy casi un eslogan o una consigna o un panfleto

Todo eso impide negociar la realidad con el otro, generar un diálogo real y la fricción con el otro. Además, para que tú te definas identitariamente, tienes que regularte con el otro constantemente. Y con el otro no es con un humano, sino precisamente con el medio.

Quizás como cuando Samuel Pearce pide cambiar de chat.

Eso es. Él propone pasar a un sistema basado en criptomonedas y blockchain, supuestamente independiente del mundo terrenal. Es un delirio que va creciendo hasta parecer una estafa.

De hecho, plataformas más hegemónicas como Meta o Google han sido condenadas recientemente por un jurado de Los Ángeles por fomentar su adicción

Exacto, hay una dimensión de adicción y de control. Es una especie de dictadura velada, mediada por discursos de poder y vigilancia.

Poco queda de cuando Internet se hizo popular y se planteó como una promesa de libertad.

Sí, pero acaba siendo absorbida por el sistema.

¿Existe algún resquicio de luz en la novela frente a esa sensación de derrota total?

Creo que no es completamente pesimista. Internet no es un lugar terrible en sí, pero sí inhóspito. Hay un pequeño resquicio: al volcar su inconsciente en Internet, la protagonista empieza a reconocer sus malestares. Es un primer paso hacia cierta lucidez. Hay un descenso a los infiernos —también literal, porque Internet no está en la nube, sino en infraestructuras materiales—, pero al final hay cierto aterrizaje.

Para cerrar, ¿en qué proyectos está trabajando ahora?

Estoy con varios proyectos. El 28 de mayo estreno en Conde Duque una obra, Hyperbórea, sobre la intimidad entre cuerpos humanos y no humanos en la cultura digital. Es una pieza para una actriz y un robot. Y en la Real Academia de España en Roma trabajo en Hydra, una relectura de figuras mitológicas híbridas como Aracne o Medusa, para pensar al ser humano como un cuerpo también híbrido, hecho de minerales, agua y tecnología.