Calabazas en fanales, altares y rosarios dulces: los rituales que desafían a Halloween en la isla de la turistificación
Parece un cuento, pero, en realidad, es una charla de antropología. La ponente tiene un María Moliner en los estantes que quedan frente a sus ojos y una edición ilustrada de El infinito en un junco a su espalda. En las manos, un rollo, que despliega con mimo hasta convertirlo en un póster. Es una tormenta de colorines en tonos mate. Fantasmas, brujas, calaveras, velas, murciélagos, una calabaza de sonrisa desdentada. La iconografía es evidente, deja pocas dudas de la trama que está narrando la cuentacuentos.
–Los niños salían a la calle cuando oscurecía, llamaban a las puertas de las casas y, esperando que les dieran dulces, gritaban: paga o plora? ¿No os recuerda a algo? Paga o plora? [¿paga o llora?]. La pregunta que lanza Mabel Moreno todavía está resonando en la minúscula biblioteca de Son Roca –uno de los barrios más humildes de Palma, el final del final de su periferia norte– cuando un coro de niños –cinco, seis, ocho o nueve años como máximo– le responde:
–¡A Halloween! ¡Truco o trato!
–Pues eso se llamaba la capta. Y es una de las tradiciones de la Nit de les Ànimes que estaban muy vivas cuando vuestros abuelos y abuelas tenían vuestra edad.
Contesta, recogiendo el hilo invisible de los cuentos, la adulta, activista cultural y una de las voces que ha participado durante la última semana de octubre en las actividades organizadas por Mallorca Literària, un ciclo que incluye también conferencias para adultos o una excursión a pie por la necrópolis talayótica de Son Real.
El interés de Mallorca Literària por la festividad de Tots Sants no es caprichoso. Entre otras casas vinculadas a escritores, esta fundación gestiona el Museu de la Paraula. Se ubica en Sant Joan, uno de los centros geográficos de la isla, entre las paredes del hogar donde vino al mundo Rafel Ginard i Bauçà, justo cuando el siglo XIX exhalaba su último aliento.
Al vivir entre 1899 y 1976, este sacerdote y folklorista asistió a múltiples transformaciones. Sociales, económicas, políticas, tecnológicas. Ser testigo de una Mallorca que desaparecía llevó al Pare Ginard a compilar una especie de enciclopedia de saberes y costumbres tradicionales. Entre ello, todo lo vinculado al triduo que arranca el 31 de octubre con la vigilia de Todos los Santos y culmina el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos. Setenta y dos horas donde los vivos rememoran a sus muertos, donde lo cristiano se funde con el paganismo que le precedió. Territorio mágico que, como demuestra la explicación de Mabel Moreno, no resulta tan distinto de las costumbres que el marketing estadounidense ha expandido por muchos rincones del planeta. En apenas una generación, la que va desde el estreno de E.T., el extraterrestre (1981, donde muchos pequeños descubrirían la fiesta de Halloween) hasta la frontera del milenio.
Ser testigo de una Mallorca que desaparecía llevó al sacerdote Pare Ginard a compilar una especie de enciclopedia de saberes y costumbres tradicionales. Entre ello, todo lo vinculado al triduo que arranca el 31 de octubre con la vigilia de Todos los Santos y culmina el 2 de noviembre, Día de los Fieles Difuntos
“El sentido de la fiesta no es sólo divertirse y entretenerse sino, en este caso, hacer frente a un misterio y una realidad que, a veces, nos espanta, como la muerte. Estas tradiciones nos ayudan a trabajar el duelo y a relacionarnos con la añoranza”, explica por teléfono Carme Castells, la gestora cultural que dirige Mallorca Literària. En compañía de Joana Serra –la responsable de museos, actividades y proyectos de la fundación–, Castells se encontró con “una serie de manuscritos inéditos del Pare Ginard” donde se describían pueblo a pueblo costumbres distintas.
En Sineu, higos secos y aguardiente; en Petra, unas monedas de en el bacinet de les ànimes, la bandeja de metal que aguantaba el monaguillo que se plantaba en la puerta del cementerio. Y, en la penumbra de los salones, cuentos de mòpies y bubotes, fantasmas mallorquines que, según quien cuente el cuento, dan más o menos miedo. Prácticas y seres que, “aunque perdidos en muchos casos, fueron y siguen vigentes”, afirma Carme Castells, “y conforman un marco común”. Con Halloween, pero también con el “Día de Muertos mexicano”, tan popular gracias a los personajes de Coco (2017).
El sentido de la fiesta no es sólo divertirse y entretenerse sino, en este caso, hacer frente a un misterio y una realidad que, a veces, nos espanta, como la muerte. Estas tradiciones nos ayudan a trabajar el duelo y a relacionarnos con la añoranza
Manualidades sin pantallas
Antes de que Walt Disney distribuyera hace casi una década una de las películas más exitosas dibujadas por Pixar, en Mallorca ya se plantaban altares cuando se alejaban los calores y se acercaba el tiempo de las matanzas. Junto a la lumbre, objetos, alguna foto, si hubiera, del ser querido. Iluminando la estancia, las luces de unos fanalets, guardados en el interior de una calabaza o un calabacín sin pulpa o, incluso, de un melón vaciado. Los mismos farolillos que una decena larga de criaturas decoran en otro de los talleres que Mallorca Literària ha organizado en el municipio de Consell. No hay pantallas.
“Además de asar castañas o comer boniato frito o granadas, o llevar flores a las tumbas, cuando yo era niña, mis padres siempre ponían un altar, sobre todo pensando en la gente mayor, que ya no podían salir al cementerio. Así se recordaba a los difuntos. Como en casa nos encantan las manualidades, mis hijas y yo nos tomamos muy en serio esta tradición. A mí me parece muy bonita; es un tiempo que le dedicas a tu familia. Está claro que ahora los niños y las niñas quieren disfrazarse, y no se lo vas a prohibir, pero creo que las dos tradiciones pueden convivir”, cuenta Yolanda Torralba.
Esta mujer está en la puerta de la biblioteca de Consell, uno de los primeros pueblos que se encuentran los conductores que recorren la antigua carretera que une Palma con Alcúdia atravesando viñedos. Yolanda espera a que sus hijas –la mayor se llama como ella y tiene once años; la menor, Alma tiene ocho– salgan con unos botes que cuelgan de un cordel. Los untaron con cola para pegar encima del vidrio papelitos de colores. Llaman la atención bajo la luz mortecina de las farolas. Cuando lleguen a casa, encenderán una vela, la colocarán dentro del fanalet y, dice la madre, servirán para “tener presente al abuelo”, que falleció hace poco.
“Lo recordamos todo el tiempo”, recalca la nieta mayor, “y hemos puesto muchas fotos de él en el salón, bailando con nuestra abuela, agarrados y en línea. Hace poco fue su cumpleaños y mi hermana y yo lo dibujamos, y le pusimos: molts d’anys [felicidades]”. Mientras escucha a su hermana, Alma abre la boca para confesar que, además de recordar al padrí (abuelo, en catalán de Mallorca) también cuentan las horas para que sus padrins joves (la fórmula que se utiliza en la isla para referirse al padrino de bautismo) les regale “un rosario”. Pero no un rosario cualquiera.
El rosari ensucrat es la fantasía de cualquier goloso –renacuajo o con canas– porque sus cuentas, en vez de ser de madera o metálicas, están formadas por caramelos, bombones y chuches, en una versión más moderna, o frutas confitadas, o panetets, una pasta dulce parecida al panellet, o lágrimas de mazapán en la más purista. Bocados de gloria para digerir la pérdida. Se iban comiendo entre padres nuestros y avemarías. El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Literalmente. Hoy, más de una pastelería mallorquina los sigue preparando en estas fechas. Seglún los manuscritos del Pare Ginard, que Mallorca Literària ha editado en un Calendari folklòric de Mallorca, antaño, estos rosarios eran el regalo “de los padrinos más rumbosos”.
El rosari ensucrat es la fantasía de cualquier goloso –renacuajo o con canas– porque sus cuentas, en vez de ser de madera o metálicas, están formadas por caramelos, bombones y chuches, en una versión más moderna, o frutas confitadas, o panetets, una pasta dulce parecida al panellet, o lágrimas de mazapán en la más purista
“Rascar” para conocer la tradición perdida
La madre y la abuela de Queta Mas Rigo preparaban un altar, lleno de flores, “para el Mes de Maria, en mayo”. Eso lo recuerda bien de su niñez, en los años noventa. Pero cuando Mallorca Literària le ofreció el año pasado impartir algunos de los talleres de Tots Sants había muchas tradiciones alrededor del 1 de noviembre que esta traductora e integradora social nacida desconocía. Por completo.
–Yo creo que la razón es que, en cierto momento, en muchas familias hubo una desconexión muy grande con los ciclos de la tierra –dice Queta, justo al terminar la actividad que ha coordinado en Consell– y, antes, cuando se vivía de la agricultura y la ganadería, los cambios de estación eran muy importantes, y venían acompañados de una serie de ritos, relacionados con la religión o no. Se ve en el lenguaje. Me acuerdo perfectamente a mi padre diciendo: parece que el otoño llega con una guadaña porque arrasa con todo. La relación entre el final del verano y la muerte es muy clara.
–A veces, los niños son muy elocuentes cuando tienen que aceptar que se ha muerto un familiar, normalmente, los abuelos, y es nuestra angustia, como adultos, lo que les descoloca. ¿Eso se percibe en los talleres?
–Los niños y niñas que me he encontrado tienen una lógica aplastante. Una niña, por ejemplo, me dijo que desde que se murió su gato le deja una vela encendida en la ventana por la que entraba y salía de casa. Era una forma de recordarlo y de sentir que seguía ahí. Tantas cosas se perdieron, pero luego rascas un poco y ahí están. Yo soy de Sant Llorenç des Cardassar, al lado de Manacor, y resulta que las abuelas de mis amigas también ponían altares en sus casas. Creo que una parte de nuestra identidad, y más en estos tiempos, pasa por recuperarlas y actualizarlas.
Los niños y niñas que me he encontrado tienen una lógica aplastante. Una niña, por ejemplo, me dijo que desde que se murió su gato le deja una vela encendida en la ventana por la que entraba y salía de casa. Era una forma de recordarlo y de sentir que seguía ahí
Integración ancestral
Entre los oyentes que ha tenido Mabel Moreno en Son Roca, había niños que hablaban sólo castellano, una niña que lo mezclaba con el catalán, y algunos que, a la tallerista, se dirigían en castellano, pero cuando le hablaban a la madre cambiaban catalán. De fondo, una niña subsahariana hacía los deberes con la suya, y en castellano. Sin participar en el juego de decorar un fanalet, aunque con la oreja puesta (daba la sensación de no poderlo evitar) un relato que no cambió de lengua en ningún momento. De arriba a abajo, la narradora utilizó un mallorquín con marcado acento palmesano.
En una sociedad como la mallorquina donde la mitad de sus habitantes ha nacido fuera de la isla –en algunos municipios, como Calvià, el porcentaje de nativos se reduce a un tercio– lo ancestral puede ser una llave para abrir puertas que parecen cerradas. Así lo ve la propia cuentacuentos, hija de un onubense que llegó a Mallorca a mediados de los setenta. Ella, de hecho, es la única en su familia que nació en la isla, unos años después:
–Soy la pequeña de mis hermanas y, claro, entre el gran salto adelante que dimos con la globalización, y el cine americano e internet, después, muchas de estas tradiciones las he aprendido de adulta. Creo que son muy importantes porque nos vinculan con el lugar al que pertenecemos. Basta ver la cara de los niños para entender que les interesa lo que les proponemos. A mí, de niña, me hubiera encantado comerme un rosari ensucrat [ríe]“.
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