El festival que sostienen los vecinos de un pueblo sin hoteles: “Abren sus casas para que entre el teatro”
Media mañana en una biblioteca. Pública, pequeña, de pueblo. Está vacía de lectores y estudiantes, pero no deja de entrar y salir gente. Se presentan ante un mostrador, dejan sus datos, recogen una acreditación, que se cuelgan al cuello, y unos folletos, que guardan en una bolsa de tela. La bolsa es un cartel al hombro que ayuda a entender lo que ocurre. Sobre la tela azul clarito, un trapecista se descuelga bocabajo frente a unas ventanas, la mayoría con las persianas abiertas. Debajo del trapecio hay un verso del poeta Joan Alcover: Beneïda l’hora que m’ha duit aquí. Eso mismo –bendita la hora que me trajo aquí– debe pensar Anna Palacios cuando una de las dos mujeres que le han atendido en el mostrador marca un número de teléfono y pregunta por Catalina Bover Nicolau: “Cati, ¿estás en casa? ¿Sí? Ahora te mando a tu invitada. Sí, acaba de llegar desde Palma en bus. En diez minutos más o menos la tienes allí”. Un cuarto de hora más tarde, Cati y Anna se sentarán en dos butacas al aire libre y charlarán –una, en catalán del Pla de Mallorca; la otra, en catalán de las Terres de l’Ebre– como si fueran amigas. De toda la vida. En realidad, se acaban de conocer.
Por alumbrar una escena así podría matar el creativo encargado de escribir un anuncio de una plataforma de alojamiento turístico consciente, pero el encuentro entre Cati y Anna no es ficción. Fue uno entre los muchos que se produjeron este fin de semana en Vilafranca de Bonany durante el Fiet, la Fira de Teatre Infantil i Juvenil de les Illes Balears. Es un milagro altruista en tiempos del turbocapitalismo: si este municipio mallorquín que apenas roza los 4.000 habitantes puede organizar un fin de semana de cuatro días lleno de obras, montajes y espectáculos de calle es gracias “a la red de generosidad de cientos de personas que, entre otras cosas, abren las puertas de sus casas para que entre el teatro”.
Si este municipio mallorquín que apenas roza los 4.000 habitantes puede organizar un fin de semana de cuatro días lleno de obras, montajes y espectáculos de calle es gracias 'a la red de generosidad de cientos de personas que, entre otras cosas, abren las puertas de sus casas para que entre el teatro', comenta el vecino Joan Gomila
La frase la dice –frente a un plato de pollo asado con tumbet, todavía sin empezar, y ya son casi las cuatro de la tarde– Joan Gomila. Este médico es una de las caras visibles de Sa Xerxa, la entidad sin ánimo de lucro que impulsa un festival que acaba de celebrar su vigesimoquinta edición. “El primer año, 2002, fueron sólo diez obras, todas de compañías de aquí, excepto una que vino de Catalunya”, explica Gomila. “Gustó tanto que, además del Ajuntament, muchos vecinos de Vilafranca se hicieron suyo el Fiet. Desde el principio, colaboran vendiendo entradas en las taquillas, haciendo de jefes de sala, ayudando en la logística, poniendo el cartel del festival en su balcón o decorando su calle… Sin ese voluntariado, esta idea no podría perdurar. Yo mismo me cojo vacaciones para poder estar en la feria, pero lo hago con mucho gusto. El teatro, desde que empecé a practicarlo de joven en Manacor, de donde soy, con el grupo Capsigranys, es mi pasión”.
Yo mismo me cojo vacaciones para poder estar en la feria, pero lo hago con mucho gusto. El teatro, desde que empecé a practicarlo de joven en Manacor, de donde soy, con el grupo Capsigranys, es mi pasión
El director de la feria cuenta cómo la penúltima crisis económica les hizo perder el descuento con el que les obsequiaba una cadena hotelera en el mismo momento que muchas subvenciones se esfumaban: “2013 fue el momento clave para el Fiet. A partir de ahí, muchos de los profesionales que venían de fuera se empezaron a quedar en las casas de la gente del pueblo”. Una red que ha ido creciendo. Ya son unas treinta casas las que se abren, todas en Vilafranca. Que buena parte de aquel voluntariado se entusiasmara con la idea de alojar durante un finde largo a un actor, una dramaturga, una directora, un productor, un marionetista o una programadora “reforzó la esencia de la feria”, recalca Gomila.
“Tenemos patrocinadores, pero el Fiet no sería viable si los vilafranquers no lo sintieran como parte de su identidad y eso creo que ocurre porque este pueblo es relativamente joven, se fundó hace menos de cuatrocientos años segregando tierras que pertenecían a Manacor, Petra o Porreres. Eso creo que hace que la manera de ser de la gente de aquí sea muy cooperativista”, añade. Así llegaron las producciones internacionales –este año, de Brasil, Francia o Dinamarca–, los premios –en 2022, coincidiendo con el veinte aniversario, cayeron el 31 de Desembre de la Obra Cultural Balear, el Jaume II del Consell de Mallorca, y el Premio Nacional del Ministerio de Cultura– y el reconocimiento de unos profesionales que, además de las jornadas que el propio Fiet organiza, siguen hablando de teatro cuando se para a comer.
'Que buena parte de aquel voluntariado se entusiasmara con la idea de alojar durante un finde largo a un actor, una dramaturga, una directora, un productor, un marionetista o una programadora “reforzó la esencia de la feria', recalca Gomila
El almuerzo colectivo puede celebrarse en la residencia de mayores o, como es el caso, en el bar del campo de fútbol municipal. Entre albóndigas con patatas, coques de trempó, cafés y vecinos que, al filo de las tres y media, comparecen para echar la partida de truc, el juego de cartas por excelencia de la Mallorca agro, se cultiva un networking bien interesante. Unos han venido a representar y otros, a presentar una idea que todavía hierve en la cazuela. Es el caso, por ejemplo, de Ses Honorables Virtuts Il·lògiques: Diego Martínez y Jèssica Ferrer –los ibicencos detrás de este dúo que mezcla música y poesía con gotas de clown– no esconden que les haría “mucha ilusión” entrar en la parrilla de un evento que se ha puesto a la altura de las citas en las que se inspiró –como la Mostra Igualada– sin perder su espíritu de pueblo. De pueblo sin problemas de alojamiento, aunque sólo cuente con 280 de las 412.000 plazas de alojamiento turístico legal que existen en Mallorca.
“¿Cuántos hoteles tiene Vilafranca?”
–Porque… ¿cuántos hoteles tiene Vilafranca?
–¡Ninguno! Aquí sólo hay un agroturismo.
–Si no nos alojarais, ¿dónde nos tendríamos que quedar?
–No lo sé… pero si os quedáis en nuestras casas es porque estamos encantadas de que vengáis. A mí me gusta conocer gente.
Gemma Ros –productora de la compañía catalana La Tresca i la Verdesca– y Sílvia Artigues Vilanova –su anfitriona durante el Fiet– están sentadas en un salón amplio. Sofás bajos y cómodos, estanterías llenas de libros y máscaras de dimonis [demonios], fotos de viajes adornando las paredes, y unas ventanas cerradas que filtran una luz otoñal blanca, agradable, cálida. Desde hace un par de años, la casa de Sílvia es una de las treinta que se abren para colaborar con el Fiet.
–Para nosotras es un privilegio tener una feria de teatro así en Vilafranca –le insiste Sílvia, la anfitriona–. Yo la he recorrido de pe a pa con mis hijos: cuando eran pequeños, comprábamos el bono de diez o quince actuaciones e íbamos enlazando obras. Ellos se volvían locos de la emoción; yo, también. Luego colaboré como jefa de sala. Ahora, que ya son mayores, echo una mano con el alojamiento.
–Yo ya te digo que el ambiente que me he encontrado aquí no lo he vivido en ninguna otra feria o festival de España –le explica Gemma–. En el Fiet puedes hablar con todo el mundo, puedes moverte con mucha libertad y desde que entras en Vilafranca sientes que el pueblo está en fiestas. Si lo comparas con la FiraTàrrega, que es un monstruo, te das cuenta de que hay mucha calidad y rigor en la programación, pero a una escala muy humana.
El ambiente que me he encontrado aquí no lo he vivido en ninguna otra feria o festival de España
Y Sílvia sonríe al escuchar a Gemma. Que el Fiet continúe celebrándose en el pueblo donde ha elegido vivir es una “prioridad”. Ella es palmesana –“por eso no tengo la ele tan profunda que pronuncian aquí”–, pero “al terminar la uni” decidió marcharse de la ciudad para poner un centro de psicomotricidad y vivir más tranquila en el pueblo del que procedía su familia, mucho antes de que los precios de la burbuja inmobiliaria empujaran a otros a seguir el mismo camino.
De abuelos a madres, de madres a hijos
En una Mallorca cada vez más acelerada, Cati Bover saca con orgullo el carácter vilafranquer que antes describía Joan Gomila. Según ella, que el pueblo no renunciara a la agricultura y la ganadería cuando se produjo el boom turístico está muy conectado a la “sed de cultura” que recorrió a su generación en los setenta y ochenta –Cati era maestra y se ha jubilado hace poco– y que se ha traspasado a la de sus hijos. Como si campo y curiosidad caminaran de la mano.
–Yo toda mi vida he visto gente en mi casa, mis padres eran una pareja muy amorosa, muy tranquila, y era normal alojar a personas que ni siquiera conocíamos, simplemente porque eran amigos de amigos de amigos. Esa forma de entender la vida se mezcló muy bien con el Fiet, que tiene su origen en la cesión que le hizo la parroquia al ayuntamiento: la antigua rectoría se convirtió en un teatro. Había que hacerlo funcionar y, Jaume Sansó, el alcalde que teníamos entonces, era un gran entusiasta del teatro y encontró a la gente ideal para que programara y lo gestionara. Son las mismas personas que siguen sacando tiempo de sus trabajos para levantar el Fiet cada octubre, y creo que es de valorar que un acontecimiento así lo siga organizando una entidad sin ánimo de lucro, que aunque se haya profesionalizado no se ha convertido en un promotor que se lleva una gran ganancia. Al revés, la feria mueve la economía de Vilafranca de una manera muy circular –le cuenta Cati a Anna Palacios, su huésped, que es vicepresidenta de la Xarxa d’Espectacles Infantil i Juvenil de Catalunya y se dedica a programar montajes desde Amposta, la pequeña ciudad en la que vive.
–A mí, que ya llevo cuatro años viniendo, y siempre me he quedado en casa distinta, esa generosidad es la que me fascina –le responde Anna–. Vivir el teatro es vivir también lo que hay detrás del telón. Quien piensa que el teatro infantil son obras para entretener a niños (cada vez más pequeños) se equivoca. Un titiritero puede representar una obra que llegue, de manera diferente, a todos los públicos. Porque la finalidad del teatro siempre será hacerte pensar y, a veces, pecamos de querer dejar ideas demasiado claras u obvias. ¡Y eso los niños no te lo compran!
A mí, que ya llevo cuatro años viniendo, y siempre me he quedado en casa distinta, esa generosidad es la que me fascina
–Eso lo hemos notado hace un rato cuando hemos entrado en la iglesia a fotografiar y empaparnos del ambiente de una de las primeras obras que se representaban. El público estaba formado por alumnos de párvulos. Había música y sombras chinas, pero no parece fácil que niños tan pequeños mantengan la atención si no les interesa lo que ven.
–¡Si los niños son los que más espíritu crítico tienen, son más listos que el hambre! –exclama Cati– A mí me encanta que, en el alojamiento del Fiet, haya relevo y se animen a participar los hijos de quienes comenzamos a alojar a las compañías al principio. De niños, vivieron muy intensamente la feria y les ha dejado marca. A ti, Anna, te he preparado el cuarto de mi hijo, que ya se ha independizado (me voy a pasar el Fiet viendo obras con mi nieto). Yo te doy la llave y tú entras y sales cuando quieras.
–Anda, ¿y este piano tan bonito?
–Es de mi hermano, que se dedica a la música, pero como había estudiado Arquitectura. Él me hizo los planos de la casa…
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