El extraño avistamiento de un tiburón blanco migratorio, una especie en declive en el Mediterráneo
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Entre el ritmo habitual de velas y maniobras del Trofeo Princesa Sofía, de carácter internacional, celebrado en la bahía de Palma, una escena inesperada interrumpió uno de los entrenamientos del equipo griego. Desde la zodiac que acompañaba a uno de los regatistas, uno de los miembros divisó un gran ejemplar de escualo que se desplazaba bajo la superficie.
En un primer instante, la impresión fue clara: un tiburón blanco, una especie migratoria que hacía tiempo que no se veía en aguas de Balears. Sin embargo, los expertos han abierto ahora un abanico más amplio de posibilidades que entretejen el cambio climático, las medidas de protección y los cambios de tendencia en los movimientos migratorios de estas especies.
En aguas baleares solían ser comunes tres especies de la familia Lamnidae: el tiburón blanco, el marrajo y el cailón. “Se trata de especies que antes eran habituales, pero que en el Mediterráneo han ido claramente en declive”, explica Biel Morey, de Save the Med. Por el tamaño del ejemplar —entre dos y dos metros y medio—, los expertos apuntan a que podría tratarse de un juvenil de alguna de estas variantes, aunque con las imágenes disponibles no es posible confirmarlo con exactitud, añaden al ser consultados por elDiario.es.
Las diferencias entre ellas son principalmente las dimensiones. El marrajo puede alcanzar los cuatro metros de longitud, el cailón ronda los tres y el tiburón blanco, el de mayor tamaño, puede llegar hasta los seis metros, aunque rara vez los ejemplares alcanzan esas dimensiones máximas, indican desde la fundación medioambiental. En cualquier caso, todos comparten características clave: son tiburones pelágicos, grandes nadadores de aguas abiertas y con un comportamiento altamente migratorio.
No se puede, por lo tanto, hablar de una población balear en sentido estricto, sino de una presencia mediterránea. Aunque existe cierta conexión con el Atlántico, es limitada: pocos ejemplares cruzan el Estrecho y la mayoría permanece en el Mediterráneo, indica Morey. Aun así, seguir sus desplazamientos es complejo: “Las migraciones son muy difíciles de estudiar porque es necesario marcar satelitalmente a un número muy elevado de animales”.
Los estudios impulsados por Save the Med con tiburones, mantas o tintoreras —también frecuentes en Balears— empiezan, sin embargo, a dibujar un patrón. “Estamos viendo que la mayoría de grandes nadadores tienen un alto grado de residencia en el Mediterráneo”, añade. Un dato que refuerza la idea de que estos avistamientos no son necesariamente anecdóticos, sino parte de un ecosistema en transformación.
Cambios de distribución en las especies
Con la crisis climática y el calentamiento progresivo del agua, se está empezando a registrar un cambio en la distribución de las especies, así como la desaparición de algunas de ellas más ligadas al fondo marino. Es el caso de la mielga —también conocida como galludo o tollo de cacho—, que se ha extinguido en Balears, mientras que en zonas más frías como el mar Adriático o el mar Negro sigue siendo relativamente común. Este patrón hace pensar entre las organizaciones marinas que se trata de un impacto derivado del cambio climático.
La mielga —también conocida como galludo o tollo de cacho— se ha extinguido en Balears por el impacto del cambio climático
A la vez, la propia naturaleza migratoria de muchas de estas especies dificulta su protección. “Por mucho que se prohíba la pesca del tiburón blanco o de las mantas, al migrar a otros países seguirán estando en peligro. Las medidas de conservación deberían ser de ámbito internacional”, señala Morey.
Actualmente, ya existen convenios internacionales que buscan ese consenso a escala mediterránea, apoyados en la lista roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza. Entre ellos, el convenio de Barcelona, que incluye un anexo que los países firmantes deben incorporar a su normativa. España lo ha hecho y, a día de hoy, la flota pesquera está obligada a devolver estas especies al mar en las mejores condiciones posibles.
Entre estas especies figuran el tiburón blanco, el marrajo o el cailón —posibles candidatos del ejemplar avistado en Palma—, además de mantas o peces sierra. Otras, como los angelotes o tiburones ángel y los peces guitarra, requieren aún un mayor grado de protección.
En algunos casos, los avistamientos recientes -de los que no hay pruebas fehacientes- ponen en duda su desaparición total. También el alitán se encuentra en una situación crítica, con proyectos de repoblación impulsados por instituciones privadas y el Govern. En cuanto a las poblaciones que viven en el fondo del Mar Balear y que sí se consideran propias, son “esenciales” las reservas marinas para preservarlas.
Por mucho que se prohíba la pesca del tiburón blanco o de las mantas, al migrar a otros países seguirán estando en peligro. Las medidas de conservación deberían ser de ámbito internacional
Las aves migratorias, también afectadas
El impacto del cambio climático no se limita al medio marino. Las aves migratorias muestran paralelamente señales de deterioro. Es el caso del carricero común y la buscarla pintoja en Menorca, cuyo paso por enclaves clave como l’Illa de l’Aire se ha reducido en los últimos años, según un estudio científico publicado en 2023.
En total, el archipiélago balear cuenta con 67 zonas húmedas naturales —32 en Mallorca, 25 en Menorca, tres en Eivissa y cuatro en Formentera— y siete artificiales, todas en Mallorca. Pero la disponibilidad de agua en estos espacios es cada vez menor debido a los fenómenos extremos asociados al calentamiento global.
Algunos de estos espacios, como s’Albufera des Grau o el Parc Natural de ses Salines d’Eivissa i Formentera, fueron protegidos tras años de movilización social. Pero organizaciones como Oceana denuncian que en lugares como el Parque Nacional de Cabrera se siguen permitiendo actividades incompatibles con la conservación real de los ecosistemas, además del retraso en la actualización de su gestión hasta 2027, una decisión que califican de “irresponsabilidad”.
El Mar Balear, abierto a actividades “destructivas”
Por otro lado, España decidió proteger legalmente la guardería de cachalotes detectada al norte de la isla de Menorca. Estas aguas del Mediterráneo con una inusual concentración de crías de ballena se sumaron el año pasado a los planes para salvaguardar 3,1 millones de hectáreas marinas.
La declaración de este espacio —anunciada por el presidente del Gobierno Pedro Sánchez en la Conferencia de los Océanos de la ONU en Niza— tenía el objetivo de reducir amenazas como el tráfico marítimo, especialmente el riesgo de colisión y el impacto del ruido submarino. En esta área, las crías de cachalote permanecen en superficie, mientras las madres se sumergen para alimentarse, lo que las hace especialmente vulnerables en un entorno con alta densidad de navegación.
Según organismos europeos, el riesgo de colisiones entre buques y fauna marina ha aumentado en los últimos años. El santuario se sumó así a otras áreas en proceso de protección dentro de la Red Natura 2000, entre las que también se pretendían incluir los montes marinos del Canal de Mallorca.
España ha pasado así a disponer de 25,7% de su mar protegido, camino del objetivo del 30% fijado para el año 2030. Una cifra que, como declaró la Fundación Marilles a elDiario.es en otro reportaje sobre conservación marina, es “claramente insuficiente”. En un informe de la fundación se arrojaba que, tras el ambicioso objetivo, se esconde una “alarmante realidad”: solo un 2,8 % del océano está “bien protegido”. Las aguas marinas tanto del Mar Balear como del Mediterráneo en general son, a su juicio, zonas abiertas a que se desarrollen en ellas todo tipo de “actividades destructivas”.