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La OMS, un órgano sin poder ejecutivo atrapado en el fuego cruzado entre EEUU y China en plena pandemia

Miembros del grupo de expertos de la OMS en coronavirus, de verde, de visita en un centro médico de Wuhan

Icíar Gutiérrez

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Una semana después de amenazar con suspender los fondos que el Gobierno estadounidense aporta a la Organización Mundial de la Salud (OMS), Donald Trump anunció este martes que dará el paso. Sus motivos, dijo, son “la grave mala gestión” del organismo y su “encubrimiento de la expansión del coronavirus”. En lo que muchos analistas consideran una búsqueda de chivo expiatorio al que culpar de la criticada respuesta de la administración estadounidense al brote de coronavirus, Trump ha decidido usar su poder para arremeter contra uno de los mayores pilares en los que se sustenta la cooperación internacional en materia de salud y, concretamente, la respuesta actual a la pandemia de COVID-19.

La OMS está familiarizada con las críticas. De hecho, se ha enfrentado a ellas con frecuencia y no solo en la actualidad, también durante sus respuestas anteriores. “Estas son las críticas habituales. En tiempos de crisis, siempre debe haber una válvula de escape y un culpable”, dijo recientemente en declaraciones recogidas por Le Monde Sylvie Briand, directora del Departamento de Enfermedades Pandémicas y Epidémicas del organismo. Varios analistas han coincidido también en que el liderazgo de la OMS es un blanco fácil, ya que es una organización internacional que parece tener más poder del que realmente tiene.

Para Richard Horton, editor de la revista médica The Lancet, la OMS “se ha quedado sin poder y sin recursos”. “Su autoridad y capacidad de coordinación son débiles. Su capacidad para dirigir una respuesta internacional a una epidemia que amenaza la vida es inexistente”, asegura en declaraciones a The Guardian. Tras el anuncio de Trump, que ha tachado de “crimen contra la humanidad” en Twitter, ha dicho que “cada científico, cada trabajador sanitario, cada ciudadano debe resistir y rebelarse contra esta espantosa traición a la solidaridad mundial”.

La Organización Mundial de la Salud fue constituida en 1948, tras la devastación causada por la Segunda Guerra Mundial, como el organismo de salud mundial de las Naciones Unidas. Su mandato explícito es que todas las personas “logren el nivel más alto posible de salud”. A grandes rasgos, está gobernada por un órgano que toma las decisiones -como nombrar al director general y aprobar el presupuesto-, la Asamblea Mundial de la Salud, a la que asisten las delegaciones de todos los Estados Miembros, que son 194 en total, y un consejo ejecutivo que hace cumplir estas decisiones.

El trabajo cotidiano, es decir, la labor técnica y operativa sobre salud pública, lo sacan adelante más de 7.000 personas de más de 150 países trabajan para la organización, incluidas las seis oficinas regionales y la sede en Ginebra. El personal se compone de médicos, especialistas en salud pública, científicos y epidemiólogos, además de expertos en estadística sanitaria, economía y asistencia en emergencias.

¿Qué puede hacer la OMS?

La OMS es un organismo de asesoramiento. Puede hacer recomendaciones a los países sobre qué hacer para mejorar la salud de sus ciudadanos y qué medidas tomar para prevenir el brote de enfermedades. Sin embargo, no puede hacer cumplir esas recomendaciones: no tiene la capacidad de obligar o sancionar a sus miembros. En la práctica, actúa como un centro de intercambio de información, investigación y recomendaciones técnicas, y también apoya la erradicación de enfermedades como la malaria y la poliomielitis, con una participación especialmente marcada en los países empobrecidos.

Cuando el director general declaró la emergencia pública internacional por el brote de coronavirus el pasado 30 de enero, la OMS dio varias recomendaciones. No eran consejos vinculantes, pero sí políticamente significativos. A aquellos países que pongan en marcha medidas sanitarias que vayan más allá de las recomendadas, la OMS les pide que expliquen sus motivos de salud pública para examinarlas. Preguntados por las medidas aplicadas por los diferentes Gobiernos, desde Ginebra insisten en que se limitan a proveer protocolos, recomendaciones y guías técnicas, pero los países son soberanos a la hora de ponerlos en marcha y decidir cómo actuar para proteger a sus ciudadanos.

Se trata de la sexta vez que la Organización Mundial de la Salud ha declarado este tipo de emergencia desde la entrada en vigor del Reglamento Sanitario Internacional (RSI) en 2005, actualizado tras el brote de SARS de 2002 y 2003, en el que la OMS fue elogiada por su respuesta. Aunque el reglamento es legalmente vinculante, no existen mecanismos de aplicación que la OMS pueda ejercer para que un país cumpla con los requisitos. Está suscrito por los Estados miembros, entre ellos EEUU. Esta normativa requiere que los países alerten a la comunidad internacional a través del organismo, cuando tienen brotes de enfermedades que podrían cruzar las fronteras. A cambio, según recuerda el medio especializado en salud STAT, el reglamento está destinado a proteger a los países de ser penalizados por su apertura.

La primera prueba para este reglamento fue la pandemia de gripe H1N1 en 2009. En esta ocasión, la OMS fue acusada de haber actuado demasiado rápido y de manera exagerada en un momento de crisis económica. Unos años más tarde, en 2014, la dirección de las críticas fue la contraria: se consideró que el organismo tardó en reconocer la magnitud del peligro cuando el ébola comenzó a transmitirse en África occidental. El brote se cobró más de 11.300 vidas y hubo destacados expertos que criticaron que la respuesta de la OMS a la epidemia fue un “fracaso atroz”.

En la actualidad, hay cierto consenso en que la gestión de la OMS en la respuesta al coronavirus ha sido mejor que la que llevó a cabo entonces. “He sido un crítico de larga trayectoria y he descrito su desempeño en el ébola como catastrófico. Pero creo que en general su desempeño en este brote no ha sido perfecto, pero sí bastante bueno. Han sido muy transparentes cuando han ido conociendo los datos. Han participado en llamadas diarias, han sido muy claros sobre la gravedad de esta enfermedad, y cómo tiene que responder la comunidad mundial”, ha afirmado Ashish Jha, profesor de salud pública de Harvard, en declaraciones a The Guardian.

La propia OMS ha reconocido que es probable que haya aspectos mejorables en su respuesta cuando esta se evalúe. Lo ha dicho el propio director general este miércoles, tras el anuncio de Trump. “Estamos comprometidos con servir a los ciudadanos del mundo y con rendir cuentas de los recursos que se nos confían”, ha dicho Tedros Adhanom Ghebreyesus.

El matiz que ha añadido es importante: la evaluación llegará “en su debido momento”, en línea con el proceso habitual establecido por los propios países. “Los Estados miembros de la OMS y los órganos independientes que se han creado para garantizar la transparencia y la rendición de cuentas examinarán la actuación de la OMS en la lucha contra esta pandemia. No cabe duda de que se determinarán las esferas en las que es preciso mejorar y de que habrá lecciones que todos podremos aprender”, ha dicho. Ahora, ha recalcado que su objetivo es detener el virus y salvar vidas.

El juego geopolítico con China

Gran parte de las críticas a la organización se han centrado en lo que se considera un elogio excesivo a las autoridades chinas en su respuesta al brote detectado por primera vez en la ciudad de Wuhan. Sin embargo, también es común escuchar matices que apuntan al equilibrio diplomático mantenido por la OMS para, precisamente, conocer cómo estaba respondiendo China al brote. La diplomacia, coinciden numerosos expertos, es la forma en la que el organismo trata de conseguir que los países se tomen en serio la epidemia. Además, durante el transcurso del actual brote, diferentes miembros de la OMS han respaldado públicamente las respuestas de otros países miembros, como Corea del Sur o España.

Trump enraíza varias de sus acusaciones en el apoyo a China, y ha llegado a decir que el organismo ha estado “demasiado centrado” en el gigante asiático, que durante semanas acumuló la gran mayoría de los casos en el mundo. También acusa a la OMS de un presunto “encubrimiento” que no está demostrado. Sin embargo, él mismo aplaudió la respuesta de Pekín a su epidemia el pasado enero. “China ha estado trabajando muy duro para contener el coronavirus. Estados Unidos aprecia mucho sus esfuerzos y su transparencia. Todo saldrá bien. En particular, en nombre del pueblo americano, quiero dar las gracias al Presidente Xi”, dijo en un tuit.

En una primera respuestas a las críticas vertidas contra la agencia, Tedros Adhanom Ghebreyesus pidió que, “por favor”, se pusiera “en cuarentena la politización de la COVID-19”. Recordó cómo EEUU y la Unión Soviética se unieron en la era de la Guerra Fría para trabajar en la erradicación de la viruela. “Y ahora Estados Unidos y China deben unirse y luchar contra este peligroso enemigo. Es como jugar con fuego. Cuando hay grietas a nivel nacional y global es cuando el virus tiene éxito. Por el amor de Dios, hemos perdido más de 60.000 ciudadanos del mundo”.

A lo largo de estas semanas, la crisis causada por el coronavirus se ha convertido en el último campo de batalla entre EEUU y China, y ha vuelto dejar en evidencia, a través del cruce de declaraciones polémicas, las tensiones entre ambas superpotencias. “Desde el principio, los comentarios en EEUU enmarcaron la epidemia en China en términos geopolíticos, la usaron para culpar a los líderes políticos y al sistema de China por la tragedia, y culparon a la OMS por complicidad con el engaño y la propaganda que se percibían”, indica David P. Fidler, investigador superior adjunto de seguridad cibernética y salud mundial del Consejo de Relaciones Exteriores, en este análisis.

“Esas críticas implican que las interacciones de la OMS con China deberían haber reflejado las perspectivas políticas de Estados Unidos en lugar de las de China. La falta de convergencia entre los intereses de EEUU y las acciones de la OMS dejó a esta última expuesta a ataques que se intensificaron a medida que Estados Unidos luchaba contra la COVID-19 una vez que llegó a las costas estadounidenses”, agrega el también profesor de la Facultad de Derecho de la Universidad de Washington.

Para el experto, el intercambio actual entre detractores y defensores de la actuación del organismo anticipa cómo será la disputa en una eventual reforma de la organización mundial, una vez la pandemia concluya. Su “politización con fines geopolíticos” es también, a su juicio, un mal augurio. “Los países más poderosos del mundo exigen a la OMS que siga sus respectivos intereses soberanos por razones que poco tienen que ver con la salud mundial. La OMS se encuentra en esta situación a pesar de que, en el último decenio, ha definido su liderazgo en materia de salud mundial más por sus capacidades científicas, médicas y de salud pública que por su autoridad para desafiar políticamente a los Estados en virtud del RSI”.

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