Estados Unidos e Israel: quién maneja a quién
Las relaciones entre Washington y Tel Aviv son sólidas, estrechas y vienen de lejos. El apoyo político, diplomático, económico y militar que Estados Unidos aporta a Israel ha sido determinante desde hace décadas para que el Estado israelí pueda avanzar en su proyecto colonial de apartheid. Pero EEUU no lo ha entregado porque sí, sino porque ganaba con ello.
El fanfarroneo es una de las características de Donald Trump. Le gusta provocar. No oculta que quiere acceso a reservas de petróleo venezolano, construir un resort en Gaza, tomar el control del canal de Panamá, convertir Canadá en “el estado 51” de EEUU o apropiarse de Groenlandia. Pero es importante entender que también Trump esconde estrategias y disfraza objetivos cuando el precio a pagar por mostrarlos es demasiado alto. Y ese es el escenario actual en el que se encuentra, ante las consecuencias económicas —y en la opinión pública— de su guerra ilegal contra Irán.
Los intereses de EEUU
Por eso Trump y su equipo han endurecido su discurso hacia el Gobierno israelí. El aumento del precio del petróleo como consecuencia del cierre del estrecho de Ormuz y el rechazo mayoritario de la opinión pública estadounidense a la guerra contra Irán les obliga a escenificar enfados. Lo están haciendo con palabras y gestos, pero esto no se traduce, por el momento, en acciones que modifiquen su alianza preferencial con Tel Aviv. Es decir, no ha suspendido su protección política y diplomática a Israel ante los organismos internacionales ni ha congelado su ayuda militar, iniciada hace décadas.
Israel tiene unos diez millones de habitantes y un Producto Interior Bruto de 610.000 millones de dólares, mucho menor que el de Arabia Saudí. Estados Unidos es la primera potencia económica y militar del mundo. El Estado israelí no es más poderoso que Washington. Cuenta con importantes lobbies con capacidad de presión e influencia, pero EEUU tiene mucho más dinero y poder. Es importante recordar esto para analizar con rigor la relación entre ambos países. Israel representa una prolongación de los intereses estadounidenses en la región. Y si dejara de ser así, se acabaría la protección preferencial de Washington a Tel Aviv.
Oriente Próximo es una zona rica en gas y petróleo, clave como ruta de paso para transportar minerales críticos entre Asia y Europa y escenario de numerosas guerras por delegación, en las que potencias regionales e internacionales han combatido indirectamente por el control de recursos y áreas de influencia. Las potencias coloniales europeas primero, y Estados Unidos después, vieron en ella un filón para aumentar su poder y un tablero en el que frenar las posibilidades de expansión de sus adversarios.
La geopolítica
La continuidad territorial de Eurasia marca las decisiones geopolíticas de Washington. Si las naciones que componen Eurasia mantuvieran relaciones comerciales preferenciales, aprovechando la vecindad y esas condiciones geográficas, se convertirían en “el centro del poder mundial”. Así lo expuso hace más de un siglo el británico Halford Mackinder, a quien muchos consideran el padre de la geopolítica moderna.
Todo esto condiciona la toma de decisiones de EEUU desde hace décadas. Por eso Washington interviene en territorios como Oriente Próximo, a través de aliados regionales. La consolidación de relaciones comerciales preferenciales entre las naciones de Eurasia haría perder clientes, dinero y hegemonía a Estados Unidos, una potencia mundial que sigue resistiéndose a asumir un escenario de multipolaridad.
El ataque militar de EEUU contra Venezuela, sus amenazas contra Groenlandia o Cuba, su apoyo a Ucrania o sus tensiones crecientes con China forman parte de la misma estrategia que le lleva a seguir manteniendo sus alianzas con Israel. No son las prioridades de Israel las que condicionan a Washington, sino al revés. Lo que ocurre es que los intereses coloniales israelíes suelen ser útiles para los objetivos estadounidenses, y viceversa. Si dejaran de serlo, las relaciones preferenciales entre Estados Unidos e Israel llegarían a su fin. Washington mermaría su gigantesca ayuda militar y dejaría de protegerlo política y diplomáticamente.
Los intereses coloniales israelíes suelen ser útiles para los objetivos estadounidenses, y viceversa. Si dejaran de serlo, sus relaciones preferenciales llegarían a su fin
El ejemplo sudafricano
Así ocurrió con el régimen del apartheid de Sudáfrica, que actuó durante años como un elemento favorecedor de los intereses estadounidenses en la región, combatiendo contra movimientos de liberación en países como Angola, donde Washington y Moscú libraban una guerra por delegación. La resistencia interna negra sudafricana, con el levantamiento de Soweto, y la campaña internacional por el boicot y sanciones contra el régimen sudafricano fueron esenciales para minar su imagen ante la opinión pública y para debilitarlo económica y políticamente.
La derrota estratégica de Sudáfrica en Angola y la desintegración de la URSS cambiaron las prioridades de EEUU en la zona. Llegó un momento en el que el precio de seguir apoyando al régimen sudafricano era más alto que el de abandonarlo, y no tuvo problema en dejarlo caer.
¿Es esa la situación actual de Washington ante Israel? De momento, no. La importancia geoestratégica de Palestina en Asia Occidental sigue presente en los planes europeos y estadounidenses. El proyecto de Corredor Económico India-Oriente Medio-Europa —IMEC— es un ejemplo. Está diseñado para hacer uso del puerto israelí de Haifa como enlace entre India, el Golfo Pérsico y Europa, con el objetivo de aislar a Irán y contrarrestar la Iniciativa de la Franja y la Ruta de China.
El respaldo a Israel
En 1947 Estados Unidos ya concebía la creación de Israel como un medio para afianzar su influencia en la región. Israel nació como un Estado colonial dependiente del apoyo occidental. Al principio fue Francia el principal proveedor de armas a Israel, en la década de los cincuenta —cuando se asentaron las bases del reactor Dimona— mientras Washington se centraba en sus alianzas con Arabia Saudí, Irán y Egipto.
Pero con la intensificación de la Guerra Fría y ante el crecimiento del nacionalismo panárabe —que desestabilizaba el orden regional pro-occidental— EEUU comenzó a replantearse el valor estratégico de Israel y fue incrementando su apoyo.
A principios de los sesenta, el Gobierno de Kennedy impulsó los primeros lazos formales de seguridad con el Estado israelí y comenzó a suministrar misiles antiaéreos Hawk. Aun así, se opuso al programa nuclear israelí y exigió inspecciones del reactor Dimona, construido por Francia. Tras su asesinato, la presión en ese sentido menguó, y en 1968 la CIA concluyó que Israel ya tenía capacidad nuclear.
En esa década aumentó la cooperación encubierta entre EEUU y Tel Aviv. El Mossad actuó como un brazo externalizado para las operaciones de inteligencia estadounidenses en el extranjero. Ante la influencia de la URSS en Egipto, Siria e Irak, Estados Unidos recortó su ayuda económica a El Cairo y comenzó a suministrar a Israel misiles, tanques y aviones. En los años sesenta y setenta Israel apoyó a las fuerzas prooccidentales en Yemen, Etiopía, Marruecos e incluso en Sudáfrica y otras partes del África subsahariana.
El plan de EEUU para Gaza, disfrazado de un alto el fuego que no es real, ha servido de excusa para tranquilizar conciencias y rebajar exigencias a Israel
La relación preferencial
En 1967 Israel contó con el visto bueno de Estados Unidos para lanzar su ‘guerra preventiva’ contra Egipto, Siria y Jordania. Washington buscaba debilitar al Egipto de Nasser, aliado de la URSS. De ese modo el Estado israelí ocupó ilegalmente Gaza, Cisjordania, Jerusalén Este, los Altos del Golán sirios y el Sinaí egipcio. Todos ellos, excepto el Sinaí, siguen bajo ocupación ilegal israelí a día de hoy. Ya entonces Israel comenzó a establecer asentamientos coloniales en los territorios conquistados, en contra del derecho internacional.
Aquella operación militar ilegal debilitó profundamente a los gobiernos nacionalistas árabes que buscaban operar al margen de los intereses estadounidenses y europeos. También supuso la consolidación de la relación preferencial entre EEUU e Israel. Washington asumió que Tel Aviv era un aliado clave para lograr sus objetivos políticos y para frenar a Moscú en la región. Desde entonces la ayuda militar estadounidense a Israel fue creciendo y reforzándose, a cambio de seguir actuando como ejecutor de los intereses de Washington.
El triunfo de la Revolución Islámica en Irán en 1979 —con la caída del Sha— supuso para Washington la pérdida de un importante aliado regional, lo que aumentó aún más la importancia estratégica de Israel para EEUU. Y así, hasta hoy.
Israel es una prolongación de los intereses estadounidenses en la región. Y si dejara de serlo, se acabaría la protección preferencial de Washington a Tel Aviv.
La mayor ayuda militar fija
Estados Unidos entrega a Tel Aviv una ayuda militar fija de 3.800 millones de dólares anuales, la mayor que otorga a un país en el mundo. La segunda es la que envía a Egipto, país que comparte frontera con Gaza, Israel, Sudán y Libia. Desde la Segunda Guerra Mundial Washington ha proporcionado casi 318.000 millones de dólares a Tel Aviv, lo que convierte a Israel en el mayor receptor per cápita de asistencia estadounidense.
La mayor parte de la ayuda de EEUU a Israel se transfiere sin restricciones, directamente depositada en el tesoro israelí, a modo de subvención, no como préstamo. Esto permite a Tel Aviv desarrollar su industria armamentística nacional, sin tener que proporcionar información detallada sobre su uso.
Además de esas transferencias directas, Estados Unidos ofrece un tratamiento fiscal favorable para las donaciones privadas a Tel Aviv, ofrece garantías de préstamos y garantiza el suministro de petróleo en caso de crisis. A ello se suma la protección diplomática, con decenas de vetos a resoluciones críticas con Israel en Naciones Unidas.
Las tensiones
Eso no significa que no haya tensiones. Washington busca equilibrios entre sus alianzas con Tel Aviv y sus pactos con los países productores de petróleo árabes. Si las ambiciones expansionistas de Israel perjudican a sus intereses, EEUU tiene capacidad para pararle los pies. Así ocurrió ya en 1956, durante la crisis de Suez, cuando obligó a Israel a retirarse de Gaza y del Sinaí egipcio. También en 1973, con el embargo de petróleo desencadenado por la guerra del Yom Kippur, Estados Unidos presionó a Israel para que aceptara acuerdos de alto el fuego y se retirara de Egipto.
En 1981 EEUU criticó a Tel Aviv cuando destruyó el reactor de Osirak en Irak y en 1982 presionó al Gobierno israelí ante sus ataques contra Líbano y su papel en las masacres de Sabra y Shatila. Tras esas matanzas, Ronald Reagan llegó a amenazar con cortar el grifo de su ayuda militar a Israel, pero no lo hizo. El respaldo se mantuvo.
Otro de los episodios de mayor tensión entre ambos países fue el caso de espionaje de Jonathan Pollard, un analista de inteligencia de EEUU que entregó material clasificado a Israel. Aquel escándalo estalló en 1985 y fue un foco de tensión durante años, pero tampoco modificó las relaciones preferenciales. Un año después, en 1986, Joe Biden afirmó en el Senado que “si no existiera Israel, EEUU tendría que inventarlo para proteger sus intereses en la región”. En las últimas tres décadas la integración entre Washington y Tel Aviv se ha afianzado en todos los ámbitos de seguridad.
No habrá posibilidad de paz y estabilidad duraderas en la región si Palestina queda de nuevo olvidada.
La guerra contra Irán
La guerra contra Irán iniciada en marzo no fue solamente un capricho israelí. Netanyahu buscaba debilitar al Gobierno de Teherán y al propio Estado iraní, pero EEUU nunca habría impulsado esa guerra ilegal si no hubiera visto en ella una oportunidad para afianzar sus intereses en la región. Washington sigue trazando planes para reafirmar su control sobre recursos energéticos, rutas de transporte de materias primas, corredores comerciales y puntos estratégicos geopolíticos.
Su propia Estrategia de Seguridad para 2025 señalaba que “EEUU siempre tendrá un interés fundamental en garantizar que los suministros energéticos del Golfo no caigan en manos de un enemigo declarado y que el Estrecho de Ormuz permanezca abierto”. En ello Tel Aviv sirve a sus intereses, compartiendo ganancias. El problema es que no han ganado esta guerra ni en cuatro ni en seis semanas, tal y como Trump pretendía. El presidente estadounidense subestimó los riesgos y ahora se ve obligado a buscar unos acuerdos para paliar la subida del precio del combustible y para tranquilizar a su base de votantes, entre los que hay un importante sector contrario a la guerra. Por eso muestra enfado con Tel Aviv.
Israel, por su parte, seguirá violando el alto el fuego en Gaza y Líbano, como ha hecho hasta ahora, a no ser que EEUU modifique su posición con Tel Aviv. Por ello analizar las consecuencias de la guerra de Irán requiere poner el foco también en Palestina. La guerra de Trump y de Netanyahu contra Teherán ha logrado desviar la atención del genocidio israelí, y el plan de EEUU para Gaza –un proyecto colonial– ha servido de excusa para apaciguar conciencias y rebajar exigencias a Israel, mientras el Ejército israelí sigue asesinando a gente y oprimiendo a la población de la Franja.
Las imágenes que prueban la envergadura de los crímenes masivos, junto con la proliferación de información sobre la historia de Palestina, han contribuido a modificar la percepción del Estado israelí en el mundo. Israel ha perdido el relato, sí, pero el apoyo de Estados Unidos, Reino Unido y la UE le permiten seguir ganando en el terreno, con más anexión ilegal de territorio. Por eso conviene fijarse en los hechos y en las acciones, y no solo en las escenificaciones políticas. De lo contrario, se perderá el foco de lo importante y se acallarán las demandas necesarias para salvar vidas y detener un violento sistema de apartheid. No habrá posibilidad de paz y estabilidad duraderas en la región si Palestina queda de nuevo olvidada.
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