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El mito de la 'egalité': cómo se ha convertido Francia en una 'heredocracia'

Colas este lunes frente a la tienda Louis Vuitton en los Campos Elíseos, París.

Amado Herrero

París —
22 de enero de 2026 22:10 h

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En cierto sentido, Francia ha vuelto a los tiempos de Balzac y La comedia humana. El elevado nivel de desigualdad patrimon­ial y el peso de la riqueza heredada recuerda al de la Francia del siglo XIX. Las mayores fortunas del país están en gran medida reservadas a las personas procedentes de familias ricas; la ascensión social para alcanzar las posiciones patrimoniales más altas a través del mérito se ha convertido en casi imposible.

El 10% de los franceses más ricos posee hoy más de la mitad (54%) de la riqueza del país, según datos del Banco de Francia. El 50% más pobre, menos del 5%. Y la brecha entre las diferentes capas de la sociedad es cada vez más profunda: entre 1998 y 2021 el patrimonio medio del 10% de los franceses más pobres se redujo en un 54%, mientras que el del 10% más rico aumentó un 94%. “Nuestra sociedad contemporánea se parece más a la sociedad del siglo XIX que a la de los años 1950-1970, en el sentido de que cada vez es más difícil acumular un patrimonio solo con los ingresos del trabajo”, señala a elDiario.es Mélanie Plouviez, filósofa y profesora titular en la Universidad Côte d'Azur.

Plouviez también es autora de L'injustice en héritage. Repenser la transmission du patrimoine (La injusticia como herencia. Reconsiderar la transmisión del patrimonio), un libro en el que analiza este aumento exponencial de las desigualdades patrimoniales en Francia. Y en el que señala una de sus principales consecuencias, la creciente proporción de la fortuna heredada.

“La concentración está reforzada por la transmisión: la fortuna heredada representa hoy el 60% del patrimonio nacional, cuando a principios de la década de 1970 esta proporción era solo del 35%”, explica Plouviez, especialista en filosofía social y política del siglo XIX.

Nuestra sociedad contemporánea se parece más a la sociedad del siglo XIX que a la de los años 1950-1970, en el sentido de que cada vez es más difícil acumular un patrimonio solo con los ingresos del trabajo

Mélanie Plouviez filósofa y profesora titular en la Universidad Côte d'Azur

Si bien el contexto social no es el mismo que hace dos siglos —entonces no existía el Estado del bienestar que garantiza una protección para los más vulnerables— la concentración patrimonial es comparable a la de la Francia que Balzac describió en Papá Goriot: la de las grandes familias de la aristocracia y la alta burguesía y su vida en los hôtels particuliers de París.

En esa novela, el criminal Vautrin, que aparece en varias obras de La comedia humana, asegura al joven ambicioso Eugène de Rastignac que sus estudios de Derecho no le llevarán a donde quiere llegar: la ascensión social pasa por casarse con una heredera, como Victorine Taillefer. “Vos no chapotearéis mucho tiempo en estos pantanos, donde viven los sapos que nos rodean aquí. Vos os casaréis con una heredera”.

Evolución de las desigualdades

Mélanie Plouviez hace referencia en su libro a la evolución de las desigualdades documentada por Thomas Piketty en El capital en el siglo XXI. En 1914 las desigualdades alcanzan su punto álgido, pero las dos guerras mundiales cambiaron totalmente el paisaje económico y social. Las cartas se redistribuyen. En el periodo que sigue al fin de la Segunda Guerra Mundial la inflación merma las fortunas, mientras que los treinta años posteriores —conocidos en Francia como les trente glorieuses— están marcados por el ascenso de una clase trabajadora, numerosa y bien remunerada, gracias a un crecimiento económico sostenido.

En esas condiciones, el trabajo y el ahorro permiten acumular un capital importante. Y el ascenso, a través de la actividad profesional o la educación, es posible. Además, la construcción del Estado del bienestar y la implantación de un sistema de impuestos redistributivo limitan el peso de las transmisiones en la riqueza.

Punto de inflexión

“La crisis del petróleo en los 70 y las sucesivas recesiones marcan un punto de inflexión”, explica Plouviez. “La tendencia hacia la igualdad de rentas se erosiona y se invierte, en una curva en U”. El crecimiento se ralentiza, frenando los ingresos laborales. A la inversa, los grandes patrimonios se benefician del fuerte aumento del sector inmobiliario y de la bolsa.

Porque otra gran diferencia con los tiempos de Balzac es que el patrimonio en el siglo XIX estaba esencialmente ligado a la propiedad de tierras. Hoy es global y en gran medida financiero. Precisamente es en los activos financieros donde encontramos las mayores desigualdades hoy: en 2010, el 10% más rico poseía entre el 70% y el 80% las acciones, los bonos, los seguros de vida, etc.

La concentración está reforzada por la transmisión: la fortuna heredada representa hoy el 60% del patrimonio nacional, cuando a principios de la década de 1970 esta proporción era sólo del 35%

Mélanie Plouviez, filósofa y profesora titular en la Universidad Côte d'Azur filósofa y profesora titular en la Universidad Côte d'Azur

Desde la década de los 80, las sucesivas reformas han ido degradando la progresividad del sistema fiscal, esenciales para corregir la situación de desigualdad y de acumulación patrimonial. “Antes de impuestos y redistribución, Francia es uno de los países más desiguales entre todos los países ricos, justo después de Estados Unidos y Reino Unido”, afirma a elDiario.es Louis Maurin, director del Observatorio de las desigualdades en Francia. “Solo gracias a potentes mecanismos de solidaridad tras la redistribución, Francia termina justo en la mitad de la tabla”.

Pero a lo largo de los años, las exenciones y las reformas fiscales han ido limitando la capacidad redistributiva. Un Informe del Consejo de Impuestos Obligatorios (CPO), organismo oficial independiente, señalaba recientemente que la actual fiscalidad francesa no solo no corrige las desigualdades, sino que las agrava. El impuesto sobre el patrimonio es regresivo: cuánto más se tiene menos se paga.

Tendencia global

Una realidad común a muchos países occidentales, aunque a la vista de las estadísticas es especialmente patente en Francia. Si la palabra égalité forma parte de la divisa nacional, el mito de la igualdad de oportunidades cada vez se ajusta menos a la realidad. Hoy una persona situada en la parte inferior de la distribución de ingresos necesita más de seis generaciones para alcanzar la media de ingresos, según datos de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos.

Eso sitúa a Francia por encima de la media de la zona euro (cuatro y media) o que en España (cuatro) o incluso más que en Estados Unidos (cinco generaciones). “No dejamos de defender la igualdad, pero para los demás; la discrepancia entre los repetidos discursos de los poderes públicos sobre el tema y la realidad cotidiana de la población alimenta las tensiones, más aún que el nivel de desigualdad”, advierte Louis Maurin. “Alimenta un profundo rechazo, no hacia la política, sino hacia las políticas vigentes y favorece el avance de Agrupación Nacional”.

Aun así el problema no es exclusivamente francés. En febrero la revista británica The Economist dedicó una de sus portadas a la aparición de una heredocracia. Mismo diagnóstico para el Consejo de Análisis Económico (CAE), organismo oficial vinculado al primer ministro francés, que afirmaba en un informe que “la herencia vuelve a ser un factor determinante en la constitución del patrimonio de los países industrializados”.

La denuncia de The Economist, diario de corte liberal, se hace eco de las posibles consecuencias del aumento de la acumulación patrimonial. Una parte importante de la riqueza, que economistas y poderes públicos quieren movilizar para que se destine a inversión, se inmoviliza y queda al margen de la actividad económica. Por otro lado, la movilidad social se hace más difícil, acentuando las divisiones sociales y también erosionando la aceptación de los impuestos entre la población, que los percibe como injustos. 

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