Dolor e incredulidad en el duelo tras la matanza de Uvalde: “No parece real”

Dani Anguiano

Uvalde, Texas —

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Las lágrimas precedieron a las palabras. En el interior de un edificio del condado de Uvalde, en el suroeste de Texas, en el que se suelen organizar rodeos, los niños y los padres lloran y se abrazan. Juntos, esperan a que un grupo de pastores comparta algunas palabras de consuelo por una pérdida que es indescriptible.

La semana había empezado con un ambiente de celebración. La ceremonia de graduación de la escuela secundaria se iba a celebrar el viernes. Se habían colocado grandes retratos de estudiantes de último año en el jardín del ayuntamiento.

Los niños y niñas más pequeños también estaban terminando el curso, con fiestas en las aulas y ceremonias de entrega de premios. Pero el martes, la vida en esta localidad mayoritariamente latina, situada cerca de la frontera con México, se vio alterada cuando un joven armado se atrincheró en el aula de una escuela primaria y asesinó a 19 niños y a dos profesores.

La matanza de Uvalde es la más mortífera ocurrida en una escuela estadounidense en casi 10 años. El ataque, el último de una larga lista de acciones violentas con armas de fuego en Estados Unidos, ha tenido lugar sólo 10 días después del mortal tiroteo de Buffalo y ha dejado a Uvalde y al país sumidos en una profunda conmoción.

Con las clases en todas las escuelas del distrito suspendidas hasta el próximo curso y la ciudad de luto por las víctimas de la matanza, cientos de personas acudieron el miércoles a una vigilia en el recinto ferial del condado de Uvalde. Allí, los pastores, sentados en un escenario de tierra normalmente reservado para los caballos, trataron de ofrecer consuelo a su comunidad.

“Recen por esos niños y niñas que vieron lo que les pasó a sus amigos... recen por cada uno de nosotros mientras los ayudamos”, indicó el pastor Tony Grubin, que no pudo ocultar su nerviosismo al dirigirse a la multitud de adultos y niños, muchos de ellos con camisetas escolares rojas: “El mal no ganará”.

Grubin y otros pastores han instado a la comunidad a encontrar consuelo en su fe y en buscar apoyo mutuo, animándoles a unirse en la oración. Mientras los pastores hablan, los asistentes en las gradas inclinan la cabeza, a veces se dan la mano y cantan o simplemente abrazan a sus seres queridos mientras lloran.

Grubin explica que la idea de la vigilia surgió el martes por la noche cuando él y otros pastores se sentaron con familias que estaban esperando a saber si sus seres queridos habían sobrevivido. “Pensamos que la vigilia tenía que ser tan sencilla, tan respetuosa y tan empática como fuera posible”, indica. durante el acto recitó varias oraciones ante la comunidad.

“Me da miedo dirigirme a tantas personas, pero las necesidades de la población son la prioridad”, añade. “Hemos querido dar un poco de ánimo y una expresión de amor”.

En el evento, Sophia Fulcher, de 15 años, se encuentra por primera vez desde la matanza con sus amigos, ya que la ciudad quedó paralizada tras el trágico suceso. “Fue emotivo, muchas emociones. No sé cómo sentirme”, explica: “Es repugnante que alguien sea capaz de llevar a cabo una acción tan violenta”.

En esta estrecha comunidad de 16.000 habitantes, el tiroteo ha afectado a casi todo el mundo, si no directamente, sí a través de familiares de amigos y compañeros de trabajo.

El miércoles por la tarde, en el centro de la ciudad, los coches tocaban el claxon y los transeúntes saludaban a un grupo que sostenía carteles de apoyo. Ravenn Vásquez y varios amigos pasaron la tarde en la calle principal agitando sus carteles con frases como “Uvalde fuerte”.

“No sabíamos qué hacer. No queremos estar pegados a nuestros teléfonos y solo estar de luto”, explicaba Vásquez, quien se graduó de secundaria en Uvalde en 2019. “Queremos estar ahí para la comunidad y que sepan que pueden contar con nosotros”.

“No he dormido”, dijo. “No pude dormir anoche. No podía deshacerme de esa sensación... se oye hablar de esto en otras ciudades. Es realmente triste que ahora nos haya pasado a nosotros”.

Las señales de lo sucedido esta semana están por todas partes, desde las docenas de mensajes que dicen “reza por Uvalde” y “Uvalde fuerte” en los negocios hasta el flujo interminable de furgonetas de los medios de comunicación en el centro cívico y la escuela primaria. Fuera del propio campus, decenas de flores blancas, amarillas y rojas rodean el cartel de la escuela primaria Robb, apenas visible entre las cámaras de televisión y los vehículos de la policía.

Vásquez explica que la localidad era conocida por los rodeos que celebra en Labour Day, por un festival de música y por ser el lugar de nacimiento del actor Matthew McConaughey. A partir de ahora será recordada por esta terrible matanza. Vásquez intenta no pensar en eso. En su lugar, trata de recordar los momentos felices que vivieron los estudiantes de la escuela primaria, como un evento el lunes en el que los alumnos de último año fueron a visitar a los más pequeños.

Desiree Vera estuvo en la escuela primaria Robb el lunes, donde ella y otros estudiantes de último año de la escuela secundaria, vestidos con sus gorras y togas rojas, pasaron por sus antiguas aulas y saludaron a los niños y niñas: “Fue muy emotivo ver la escuela y a todos los niños que algún día en el futuro iban a estar en nuestro lugar”.

Nadie espera que una tragedia así se produzca en su comunidad, comentaron varios residentes. Procesar lo ocurrido es difícil.

“Nunca piensas que algo así puede suceder en una localidad tan pequeña, pero uno no puede pensar que esto no le puede ocurrir, porque puede ocurrir y nos ha ocurrido a nosotros”, lamenta Desiree Vera, alumna del último curso del instituto de Uvalde.

Su hermana, Mónica, añade: “No parece real. ¿Realmente ha pasado algo así en nuestra comunidad?”. Mónica estaba en una clase de geometría en el instituto cuando comenzó la masacre, lo que hizo que su escuela se cerrara durante cuatro horas. “No creo que lo superemos. Estamos todos muy unidos, así que esta matanza nos ha afectado a todos”.

Traducido por Emma Reverter

Las lágrimas precedieron a las palabras. En el interior de un edificio del condado de Uvalde, en el suroeste de Texas, en el que se suelen organizar rodeos, los niños y los padres lloran y se abrazan. Juntos, esperan a que un grupo de pastores comparta algunas palabras de consuelo por una pérdida que es indescriptible.

La semana había empezado con un ambiente de celebración. La ceremonia de graduación de la escuela secundaria se iba a celebrar el viernes. Se habían colocado grandes retratos de estudiantes de último año en el jardín del ayuntamiento.

Los niños y niñas más pequeños también estaban terminando el curso, con fiestas en las aulas y ceremonias de entrega de premios. Pero el martes, la vida en esta localidad mayoritariamente latina, situada cerca de la frontera con México, se vio alterada cuando un joven armado se atrincheró en el aula de una escuela primaria y asesinó a 19 niños y a dos profesores.

La matanza de Uvalde es la más mortífera ocurrida en una escuela estadounidense en casi 10 años. El ataque, el último de una larga lista de acciones violentas con armas de fuego en Estados Unidos, ha tenido lugar sólo 10 días después del mortal tiroteo de Buffalo y ha dejado a Uvalde y al país sumidos en una profunda conmoción.

Con las clases en todas las escuelas del distrito suspendidas hasta el próximo curso y la ciudad de luto por las víctimas de la matanza, cientos de personas acudieron el miércoles a una vigilia en el recinto ferial del condado de Uvalde. Allí, los pastores, sentados en un escenario de tierra normalmente reservado para los caballos, trataron de ofrecer consuelo a su comunidad.

“Recen por esos niños y niñas que vieron lo que les pasó a sus amigos... recen por cada uno de nosotros mientras los ayudamos”, indicó el pastor Tony Grubin, que no pudo ocultar su nerviosismo al dirigirse a la multitud de adultos y niños, muchos de ellos con camisetas escolares rojas: “El mal no ganará”.

Grubin y otros pastores han instado a la comunidad a encontrar consuelo en su fe y en buscar apoyo mutuo, animándoles a unirse en la oración. Mientras los pastores hablan, los asistentes en las gradas inclinan la cabeza, a veces se dan la mano y cantan o simplemente abrazan a sus seres queridos mientras lloran.

Grubin explica que la idea de la vigilia surgió el martes por la noche cuando él y otros pastores se sentaron con familias que estaban esperando a saber si sus seres queridos habían sobrevivido. “Pensamos que la vigilia tenía que ser tan sencilla, tan respetuosa y tan empática como fuera posible”, indica. durante el acto recitó varias oraciones ante la comunidad.

“Me da miedo dirigirme a tantas personas, pero las necesidades de la población son la prioridad”, añade. “Hemos querido dar un poco de ánimo y una expresión de amor”.

En el evento, Sophia Fulcher, de 15 años, se encuentra por primera vez desde la matanza con sus amigos, ya que la ciudad quedó paralizada tras el trágico suceso. “Fue emotivo, muchas emociones. No sé cómo sentirme”, explica: “Es repugnante que alguien sea capaz de llevar a cabo una acción tan violenta”.

En esta estrecha comunidad de 16.000 habitantes, el tiroteo ha afectado a casi todo el mundo, si no directamente, sí a través de familiares de amigos y compañeros de trabajo.

El miércoles por la tarde, en el centro de la ciudad, los coches tocaban el claxon y los transeúntes saludaban a un grupo que sostenía carteles de apoyo. Ravenn Vásquez y varios amigos pasaron la tarde en la calle principal agitando sus carteles con frases como “Uvalde fuerte”.

“No sabíamos qué hacer. No queremos estar pegados a nuestros teléfonos y solo estar de luto”, explicaba Vásquez, quien se graduó de secundaria en Uvalde en 2019. “Queremos estar ahí para la comunidad y que sepan que pueden contar con nosotros”.

“No he dormido”, dijo. “No pude dormir anoche. No podía deshacerme de esa sensación... se oye hablar de esto en otras ciudades. Es realmente triste que ahora nos haya pasado a nosotros”.

Las señales de lo sucedido esta semana están por todas partes, desde las docenas de mensajes que dicen “reza por Uvalde” y “Uvalde fuerte” en los negocios hasta el flujo interminable de furgonetas de los medios de comunicación en el centro cívico y la escuela primaria. Fuera del propio campus, decenas de flores blancas, amarillas y rojas rodean el cartel de la escuela primaria Robb, apenas visible entre las cámaras de televisión y los vehículos de la policía.

Vásquez explica que la localidad era conocida por los rodeos que celebra en Labour Day, por un festival de música y por ser el lugar de nacimiento del actor Matthew McConaughey. A partir de ahora será recordada por esta terrible matanza. Vásquez intenta no pensar en eso. En su lugar, trata de recordar los momentos felices que vivieron los estudiantes de la escuela primaria, como un evento el lunes en el que los alumnos de último año fueron a visitar a los más pequeños.

Desiree Vera estuvo en la escuela primaria Robb el lunes, donde ella y otros estudiantes de último año de la escuela secundaria, vestidos con sus gorras y togas rojas, pasaron por sus antiguas aulas y saludaron a los niños y niñas: “Fue muy emotivo ver la escuela y a todos los niños que algún día en el futuro iban a estar en nuestro lugar”.

Nadie espera que una tragedia así se produzca en su comunidad, comentaron varios residentes. Procesar lo ocurrido es difícil.

“Nunca piensas que algo así puede suceder en una localidad tan pequeña, pero uno no puede pensar que esto no le puede ocurrir, porque puede ocurrir y nos ha ocurrido a nosotros”, lamenta Desiree Vera, alumna del último curso del instituto de Uvalde.

Su hermana, Mónica, añade: “No parece real. ¿Realmente ha pasado algo así en nuestra comunidad?”. Mónica estaba en una clase de geometría en el instituto cuando comenzó la masacre, lo que hizo que su escuela se cerrara durante cuatro horas. “No creo que lo superemos. Estamos todos muy unidos, así que esta matanza nos ha afectado a todos”.

Traducido por Emma Reverter

Las lágrimas precedieron a las palabras. En el interior de un edificio del condado de Uvalde, en el suroeste de Texas, en el que se suelen organizar rodeos, los niños y los padres lloran y se abrazan. Juntos, esperan a que un grupo de pastores comparta algunas palabras de consuelo por una pérdida que es indescriptible.

La semana había empezado con un ambiente de celebración. La ceremonia de graduación de la escuela secundaria se iba a celebrar el viernes. Se habían colocado grandes retratos de estudiantes de último año en el jardín del ayuntamiento.